Voz en off

Por Miguel Tejada

REC 2 Relatos

Voz al teléfono: Si pudiera mover un dedo. Digo, moverlo metafóricamente; poner a producir este cuerpo, darle algo a la humanidad, pero no, heme aquí, postrado, en el anonimato.

Es el problema de todos los aspirantes —resumió Antonia.

Ah, si pudiera entender los principios cuánticos, los sistemas fuera de equilibrio1, el desplazamiento de las partículas, su temperatura, su coeficiente de fricción, etc. Mientras eso llega, estoy pegado a una especie de cama. Aquí decidí dormir y meditar; opinar sobre el arte contemporáneo y leer mi horóscopo. Nadie me cree, pero me muero de deseos por cambiar el mundo.

¿Qué ocurre entretanto? Antonia llamó al servicio de emergencias. Dieron dos golpecitos en la puerta. Fueron muy educados, hay que decirlo. Yo contuve la respiración, como cuando era niño y algo me desagradaba. Creía que aplicándome un castigo de semejante guisa podría suprimir las cosas del mundo que tanto me fastidiaban. Un día se me fue la mano y terminé en un hospital. Tenía una máscara de oxígeno sobre mi rostro y una pulsera de papel en mi muñeca. Doce años, decía. No había nombre.

Ha pasado un mes, pero no sé en relación a qué; si cierro los ojos, puedo percibir a mi izquierda un espacio que se extiende en un conteo negativo. A la derecha sería entonces un conteo progresivo, hacia adelante. Este es mi problema: ha pasado un mes, pero no puedo relacionar el acontecimiento con alguna de estas dos dimensiones, no sé si debo preocuparme porque me acerco al futuro o me alejo del pasado.

Antonia llamó a los servicios de inteligencia del Estado. Fueron muy amables; derribaron la puerta y me preguntaron cosas como si estuviésemos en un concurso de televisión. Dijeron que no les interesaba mi problema, pero tenían que trabajar, indistintamente. Les dije que no sabía por dónde empezar. Esto les parecía normal. Hay que empezar por algún lado, sugirió uno de los detectives. Otro agregó con amabilidad que me ocupara de mi novia, la pobre, porque parecía bastante… (hasta para el detective fue difícil encontrar una palabra)

Mamá llamó esta mañana. Quería saber cómo me iba con la temporada de declaraciones de renta.

Muy mal —Le dije— No tengo nada que declarar. Esta fábrica ha cerrado.

Busqué una explicación, como siempre. Ellos saben por dónde empezar: haces un inventario de tus ingresos y luego piensas en tus gastos,
pero esto no es tan sencillo como parece: verás que empiezan a surgir tirillas de cajeros electrónicos, luego tiquetes de almacenes y parqueaderos. Es una trama, mamá…Y claro, se va complicando, sobre todo si estás casado. Mamá aprovecha para preguntarme por Antonia. Por supuesto, en este momento me desvanezco como un gas intestinal y la voz de mamá se oye cada vez más lejos.

No voy a durar mucho tiempo así, lo sé. Por eso quiero dejar todo registrado. Las baterías de mis aparatos se están agotando. Hago intentos desesperados, como acercarlos a mi entrepierna con la esperanza de que el calor los ponga de nuevo a vivir; inútil. Ipod, teléfono móvil, un cosa negra cuya utilidad no recuerdo en este momento… todos están muriendo. Recuerdo que hace un tiempo leí la historia de una chica de Estados Unidos que no podía parar de enviar mensajes de texto. Sus padres explicaron todo con normalidad: Estábamos en el matrimonio 59 de su tía y no levantó la cabeza ni un instante…no podía dejar de mirar la pantalla del móvil. Su madre era una gorda bonachona con cara de muffin. Dijo que en parte se sentía culpable, porque ella misma superaba a veces el tope de mensajes por mes, aunque claro, eso no le llegaba ni a los tobillos a la última factura del consumo de su hija. Empezamos aceptando que esto es un problema de todos, y que con ayuda profesional Alice podrá tener una vida normal…

Sí, eso dijo, una vida normal. No todos los norteamericanos son idiotas. No pienses eso.

El último mensaje de texto que recibí fue una amenaza de muerte. Era de mi mejor amigo. Apagué el teléfono y pensé que iba a llorar o a hacer algo exagerado, algo dramático, pero decidí acostarme aquí. Abandoné las comunidades virtuales y cancelé las suscripciones a los
servicios de páginas porno. Dejé el ordenador encendido, sintonizando una emisora en internet: música de cámara.

Lienzos en blanco, artículos que nunca escribiré, ruedas de prensa que nunca daré, autógrafos que nunca firmaré, mujeres con las que no
jugaré. No sé que estoy esperando para arrojarme al paso de un tren. Aunque los trenes de este país difícilmente podrán matarme. Basta verlos atravesar pastizales a velocidades tan lentas que no podrían quebrar un maldito huevo.

Era mi mejor amigo quien amenazaba con matarse en ése mensaje de texto. Aún no sabía cómo. Eso era un asunto que valía la pena pensar con calma. El chiste, definitivamente, no salió. Por supuesto, lo primero que pensé fue en lo pobre que sería su funeral. Poca gente, un cura aburrido y frustrado, su madre, sus hermanos, su padre, totalmente ajeno a todo, algunas ex novias y yo, por supuesto, fastidiado por el calor y las palabras del cura.

Pasa más tiempo. Si me saliera barba, tendría la cara cubierta. He adelgazado 10 kilos y mi piel luce verdosa. Me gusta.

Antonia teme que termine igual que mi amigo y por eso ha llamado a los servicios religiosos. Han sido muy amables. En la mesa han dejado pan recién horneado. Se preocupan por mí, como todos. Les juré que no quería morir. Al contrario: tengo pensado vivir más de cien años. Es que, verán, hay tantas cosas que quisiera hacer… Obviamente estuvieron hablando Dios. Preguntaron con bastante discreción si yo creía en “eso”. Dios, les dije. Dios es la inspiración. Uno de los religiosos adivinó la dirección de mis pensamientos. Bueno hijo, de eso se trata la fe… es algo (cómo decirlo) poco evidente; invisible, si se quiere, pero…Lo interrumpí. Estaba alentando mis ganas de ir al baño. Sí, he oído algo sobre la inspiración, no hace falta que intente explicármela…

Ciertamente es esquiva, en eso pudimos estar de acuerdo. Dios es esquivo, y el hombre que recibe a Dios bien puede darse por bien servido. Todos nos miramos, en silencio. Creo que pensábamos en lo mismo.

El pan estaba delicioso. Podría escribir un ensayo sobre eso, en el acto.

  1. Esto no me cuesta demasiado a la hora de fingir que sé algo más sobre el mundo, cuando intento parecer alguien interesante. Basta que menciones palabras como vector, cartesianismo, enfisema, partícula, quantum, etc. Ya está, la gente guarda silencio; eres raro, pero interesante. Claro, reza para que no te topes con alguien que te pueda desenmascarar, porque ése será tu final. Estarás acabado.