Volúmenes de vida

Por Luisa Fernanda Támara

REC 7

La arquitectura es espacio, es materia sensibilizada… Permite que esa dimensión, carente en sí de materialidad, se convierta en algo concreto, perceptible, comprensible.
Alberto Saldarriaga

 

Desde siempre, el hombre ha creado arquitectura. Los grupos humanos, como dice Alberto Saldarriaga en su libro La arquitectura como experiencia: espacio, cuerpo y sensibilidad, han descubierto la forma de crearla, al reflexionar sobre sus necesidades y la fragilidad que representa estar inmersos en la naturaleza. De esta forma, usando refugios como cavernas y claros en medio de los bosques, en el principio de los tiempos, el concepto habitar se materializa produciendo espacios de permanencia que brindan comodidad. En la actualidad, esta forma de vida que representa una posesión del espacio, puede ser ejemplificada para el análisis pensando en algo como lo siguiente. Imaginemos el comportamiento de un grupo de personas en la playa. Todos se sitúan en ella manteniendo una distancia de los que pertenecen a otro grupo y esta distancia, mayor o menor, representa, respectivamente y de forma cuantitativa, el espacio que se quiere ocupar. Otros individuos encuentran un muro contra el que pueden descansar la espalda como forma de apoyo, mostrando así el deseo de sentir el espacio como su propiedad y para su satisfacción1. Así, y con la determinación de espacios propios, el hombre sitúa su cuerpo en coordenadas precisas para cumplir cualquier función: desde dormir y ducharse, hasta amar y reflexionar. De esta forma, el espacio se convierte en una construcción dedicada a la satisfacción de las necesidades del ser humano, pero vale la pena aclarar que la arquitectura, más que proveer la conformación de simples volúmenes sin sentido, es relevante por la profundidad de sus significados.

Dice Le Corbusier que “la arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz”, pero dicha concepción es realmente pobre frente a los alcances de las intervenciones en nuestras ciudades. Estas son, ciertamente, como la descripción de una persona: “el carácter y la esencia se ocultan tras lo externo, y sin embargo, no hay nada externo que no permita sacar conclusiones acerca de aquello que alberga”2. Pensemos en las construcciones románicas. Su fachada era robusta y poseía muy pocas ventanas que permitiesen la entrada de luz, y las murallas, además, rodeaban las ciudades. Esto supone en sí una ideología de seguridad por mera interpretación visual. Pero más allá de eso, el hecho de que fuesen pensadas verticalmente extensas nos dice que, a un nivel más profundo, en el plano espiritual, estas fortalezas eran, a su vez, concebidas como puertas de entrada al cielo. Entonces, nosotros creamos sentido en la arquitectura y le damos significación pura, funcional, pero también “filosófica” al lugar en el cual decidimos vivir o producir actividades. Por esto, nuestra casa, más que eso, es hogar, y las ciudades, más que áreas ocupadas por edificios, son un conjunto de relaciones interpersonales, de usos y dinámicas de la población que entretejen sociedad dándole importancia a la vida, en un plano más elevado al físico, en el que el cono- cimiento, el amor, el respeto, la humanidad y la naturaleza, se unen para formar cultura e identidad.

Es por esto que “al igual que el arte y la creación artística, la arquitectura es ante todo, una forma de pensamiento; un proceso mental de organización de ideas y conceptos para aproximarse a un problema; un método para trazar la meta hacia la solución y disponer de manera progresiva y prospectiva los medios y recursos necesarios para su desarrollo y realización”3, como expone Arias Serna Saravia. Pero mi opinión difiere con la de este autor, en cuanto asegura: “Además de los valores estéticos, artísticos, sociales, económicos y culturales, ésta (la arquitectura) debe satisfacer requerimientos de funcionamiento y utilidad”4. Y es aquí donde me pregunto: ¿es el valor social, cultural y espiritual un agregado a la funcionalidad de las construcciones? ¿O nacen estas de una ideología inicial que permite la creación pura y el mismo descubrimiento de los espacios adecuados? En mi opinión, la idea es lo más fuerte, aquella que, tras su origen, es prácticamente indestructible. A partir de ella surgen los demás aspectos, y es por esto que antes de que el arquitecto comience a hacer planos se pregunte: ¿qué quiero expresar? Pensemos en un centro cultural. Es el espacio propuesto para la reunión del público y la generación de muestras culturales. Debe, por supuesto, crear unas relaciones de disfrute e identidad entre los ciudadanos. Una vez concebido esto, el edificio que se debe construir para realizar la idea debe corresponder de manera propicia con el funcionamiento de las actividades y, secundariamente, se propone la distribución de áreas específicas, que en algún momento pareciesen crearse solas con el trazo del lápiz en mano del arquitecto. De esta forma, la idea se concibe primero y detrás de ella surge la materialización del proyecto.

Por otra parte, la arquitectura en muchos casos se convierte en el vago símbolo de estatus o de presentación propia ante los mismos vecinos, convirtiéndose, de esta forma, en un objeto más de autopublicidad, posiblemente mítica, que, como expone Carlos Lomas en su obra El masaje de los mensajes publicitaros: la seducción de los objetos y la identidad de los sujetos, tiene un toque de sentido y del placer íntimo que produce uso y ostentación. Pero aunque sea esto algo desafortunado, se vuelve interesante ya que, al ser la arquitectura una representación de lo que llamamos alma en nosotros, la exposición de la materialización de nuestros deseos y alcances crea una nueva forma de comunicación no verbal entre las personas, así como la ropa que usamos, el teléfono celular que tenemos o la cadena que llevamos puesta. Así, y más que una moda pasajera que necesita suicidarse para resucitar mejorada, la arquitectura es identidad y legado que, construido correctamente, se mantendrá por mucho tiempo en pie, tal como nuestra alma, expresando y suscitando la verdad. Es publicidad mítica que se transforma en deseos que podemos realizar al crear mundos nosotros mismos, y tener la posibilidad de traer la utopía al mundo real.

La arquitectura, al ser parte de la experiencia humana, conforma nuestras memorias y emociones produciendo “una respuesta frente a nuestra imagen del mundo”5, que contiene sentido, sensibilidad y motivos de la existencia. Como dice Saldarriaga, conforma un mundo perfectamente encaminado a ser un álter ego de la humanidad.

Con el fin de recopilar lo dicho, he encontrado una cita perfecta de Marguerite Yourcenar que hace justicia plena a mis pensamientos: “Construir es colaborar con la tierra, imprimir una marca humana en un paisaje que se modificará así para siempre; es también contribuir a ese lento cambio que constituye la vida de las ciudades”. Y es así, precisamente, que con la evolución misma del hombre se va produciendo la fascinante evolución de las ciudades. La grandeza, la capacidad de plasmar incluso el pensamiento mismo, entre columnas y cornisas, eso es lo que hace a la arquitectura tan importante e intrigante.

En conclusión, el carácter funcional, acompañado del sentido personal y la ideología que cimenta la estructura, hacen que la labor de la arquitectura cobre un papel fundamental en nuestro mundo. La destinación de espacios para el desarrollo de ciertas actividades, de relaciones sociales de identidad y pensamientos trascendentes conforma lo destacable e indispensable de esta disciplina, la cual tendremos siempre la posibilidad de apreciar, para terminar finalmente, alucinadamente enamorados.

  • Néstor Támara

    Muy buena descripción de la Arquitectura, lleno de sensibilidad y amor.

    Néstor José Támara De La Ossa