Vida en rosa

Por Ana Salazar

REC 10 Cuentos

Mírenla, es patético. Allá, lejos, casi fuera de mi campo de visión, veía su pelo dorado mientras la rondaban como hienas. Y ahora se acercará a Adelaida con sus secuaces y hará lo mismo de siempre, le dirá lo mismo de siempre y ella no hará nada, como siempre. Su única compañía son los libros, me da pena. Me volteé y vi que sus ojos estaban llenos de lágrimas, como lo habían estado tantas veces antes. No lo pude soportar más y en menos de un minuto estuve ahí, entre ellas y Adelaida. Córrete para que me pueda sentar, mi amor.

Déjenla en paz. Pero el fuego dentro de sus ojos sólo se avivó. Nos miró y el veneno volvió, inundando sus palabras. Miren, ahí está la novia. No le pegues, no le pegues, calma, respira. Las risas, el sonido de sus tacones contra el piso. Nos rodeaban. Ella se apoyó en la mesa para mirarla a los ojos. Corazón, sin esas gafas; las gafas de Adelaida ya estaban en su mano y, con una buena dieta, sus dedos se alargaban para tocar la cara de Adelaida; tal vez te podrías conseguir algo mejor, de pronto hasta alguno de los amigos de Andrés te podría invitar a salir, o no. Risa de las secuaces. La segunda al mando puso su mano en el hombro de la mona. “No le des falsas expectativas, ella no es como nosotras, nunca va a estar con alguien ni remotamente parecido a Andrés: no tiene el pelo, ni la cara, ni el cuerpo”. El pelo dorado volvió a colgar cerca de la cara de Adelaida. Si no haces algo vas a terminar sola con tus libros, o peor, tal vez hasta termines con esta. Su dedo se incrustó en mi esternón.

Pero, mamá, no es el fin del mundo, yo sigo siendo la misma. El dedo en mi esternón. Su voz resonaba en mi cabeza. Pobrecita, a ella le tocó conformarse con las mujeres, no le alcanzó para conseguirse a un macho. No llores, no llores, no por ella. Mi mirada estaba en el piso, la fuerza se había escapado de mi cuerpo sin que yo me diera cuenta. ¿Puedes creerlo, mi vida? Ese era su efecto sobre mí, eso era lo que ellas provocaban en mí, pero sobre todo la de pelo mono; sus palabras eran siempre hirientes.

No me importa lo que creas, yo no voy a dejar que mi hija haga estupideces decía. Sus ojos ardían de ira, su voz era agresiva. Debe ser que le gusta Adelaida, por eso todo el escándalo.

Claro cantaba el coro detrás de su cabellera. Me miraba, podía sentir sus ojos sobre mí aunque los míos estaban en el piso. Si me hubieras dejado ayudarte de pronto no hubieras tenido que cambiar de equipo. Te vamos a conseguir un novio; no mamá, no quiero un novio. Si sólo hubieras dejado que te ayudáramos a ser como nosotras.

Ajá. No le vas a decir a nadie de esta estupidez, vamos a conseguirte ayuda.Las palabras eran golpes y yo no podía hacer nada, ¿te imaginas, mi amor? Nada. Sentía el rastro frío de las lágrimas que se habían escurrido por mi cara. Ay, pero yo pensaba que las lesbianas no lloraban, ni hombre ni niña, ¿qué es? Tu eres una señorita, punto. No vas a seguir con esta estupidez de ser lesbiana, carajo. De repente mis ojos se encontraron con los de Adelaida y las puñaladas a mi corazón se detuvieron. Marimacha, ya no importa. Su novia, ella estaba conmigo, la que no lo logró, estábamos juntas y yo lo iba a lograr. Mi amor, cámbiate de lado que se me durmió el brazo. Entonces la fuerza surgió dentro de mí.

Ya sé lo que voy a hacer. La mano de la mona estaba en mi hombro, ay, no llores que tu novia te está mirando, y la mano de Adelaida apareció de repente, sostenía la mía.

Ay, tan lindas decían. Alcé la mirada y encontré la hermosa cara de la mona a centímetros de la mía. Me había dicho:

Que patético, carajo, si vas a escoger esa vida adelante… pero ya no eres mi hija, ¡eso no es normal, no es natural, es una abominación!Resonaba en mi cabeza. Respira, respira, tú puedes, la tienes, no más. Ese fue el punto, mi amor, ahí fue cuando todo cambió.

¿Ah, sí? ¿Me tienes mucha lástima? ¿Te parezco muy patética? Pues a tu novio no le parecía tan patética cuando se daba besos conmigo—. Ahí viene la cachetada, ahí viene la cachetada. Los ojos se abrían como ventanas y yo los veía, se abrían como se abrían las bocas de las dos del coro. ¿Qué es eso en mi mano? La mano de Adelaida aprieta la mía. Las palabras seguían saliendo de mi boca.

Pues sí, como te parece, eres la segunda opción de tu macho, y la primera es una lesbiana. Sí, una lesbiana—. Imagínate mi amor, imagínate lo que fue eso, imagínate sus caras. Ahí estaba la mona, con los ojos bien abiertos. Mentirosa, eso sólo son celos, celos de que nunca vas a tener a un macho como yo lo tengo. Me acerqué a ella. Ve y pregúntale. Los ojos de Adelaida y los míos se encontraron, ella me sonrió y ya era mi amiga. Y eso fue todo mi amor, eso fue lo que pasó ese día. ¿Quieres café?