Variaciones alrededor del dolor de oído

Por Felipe Arango Orrego

REC 9 Relatos

Empieza como una presencia gaseosa en el centro del oído. Un gas muy denso y mudo. Gesticula oes perezosas que dibujan curvas centrípetas que no estallan ni se desinflan, sino que se fugan hacia un espacio que se multiplica sin fin en un juego de espejos cóncavos. Pero pronto cambia de estado y se hace líquido. A veces puede quedarse en su etapa inicial hasta el final. Gaseoso hasta el final. Pero el dolor de oído es sobre todo un dolor líquido. Un dolor líquido y caliente. Más parecido al caldo de pollo que a la sopa de auyama. Porque es un líquido delgado con burbujas de aceite en la superficie. Pero sin cuadrados de papa ni tiras de cebolla blanda y descolorida, restos de naufragio. Ciego. El dolor de oído es un dolor que no ve nada. Puede ser de varios colores, pero sólo de uno a la vez. Amarillo. Se pasea por la paleta de colores cálidos, pero rara vez alcanza el rojo. El amarillo es su estado natural. Un amarillo más cercano al blanco que al ocre. Más cercano a un algodón que a un sólido mineral. Sin puntas. Sin filos. Sin centro ni reposo. Desordenado. Anarquista. Nunca toca los colores fríos. Cuando alcanza el color rojo, se recoge en un charquito miserable y se desliza por las paredes internas del oído en una pesada sucesión de gotas que dejan un rastro casi imperceptible. Aunque es raro, ocurre también que el dolor de oído se hace sangre negra en ese caso es más preciso hablar de Síndrome de Gong en cadena. Este es un dolor especialmente desgraciado, lúgubre. Se siente como un pájaro de plumas remotas que quisiera agarrar vuelo y fuera sujetado de la cola. El dolor de oído es enteramente calvo de pelos. No importa si es amarillo o rojo. No tiene un sólo pelo en todo el cuerpo. Pero tiene plumas. O puede tenerlas.

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Llegará al centro del oído como un helado de mandarina que ha comenzado a derretirse. Se secará en las paredes internas de la bolsa, mientras el centro se conservará en una tibia humedad salivosa. Aunque por muchos años se sostuvo que no tenía ningún sabor, ahora se sabe que vendrá con uno a café sobre porcelana blanca. Se instalará a sus anchas sin pedir permiso y comenzará su juego de intermitencia. Como luces navideñas. Luces navideñas que apenas brillan a través de bombillos empolvados. Lentamente le saldrán plumas. Se creerá que se trata de líquenes podridos. Luego se verá que son plumas. Flacas y ahogadas primero. Gordas y frescas después. Lentamente se hará carne. Pequeñas bolas de lomo de salmón noruego. Dos semanas oidales después, lo que en tiempo humano equivale a veintisiete minutos, plumas y carne respirarán, y el dolor será un pájaro. Este pájaro no podrá volar, al igual que el pájaro de plumas remotas del Síndrome de Gong en cadena. Pero tampoco deseará volar. Nacerá agonizando y así vivirá. Respirando pesadamente. Dando tirones con su pata derecha. Un casi cadáver de pájaro. Como cáscaras de piña arrojadas al jardín. El dolor no impedirá que el oído siga funcionando. Será un dolor mudo. No será un dolor de oído. Será un dolor en el oído. En algún lugar después de pasar el hueco de la oreja. Un dolor en el vacío. Como si después del hueco de la oreja hubiera una bolsa llena de partes del oído, que se retiran temporalmente cuando llega el dolor. El dolor no tocará ninguna parte en especial. Sólo estará adentro. Indeterminado. Llenador. Un dolor usurpador de las partes del oído. Dolor de oído hecho pájaro hecho oído.

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Cuatro alazos. Eco de Gong. Se oye con el dolor, no con el oído.

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El dolor de / en / desde / hasta el oído, no llegó de afuera ni salió hacia afuera. Nació y murió adentro. Fue palpitante a ratos. Presentó picos y depresiones, pero casi siempre se mantuvo en el medio. Difícil de manipular. Sin embargo, si se apoyaba un dedo con fuerza en el hueco de la oreja, se podía avivarlo.

Sin color.

Sin sabor.

Sin olor.

Agua.

Fue como un dolor de agua en el oído.

Animal. Invertebrado. Alado. Una avispa hecha de agua que ocupó todo el espacio disponible dentro del oído. No podía trasladarse pero nunca paró de mover las alas, desesperada. Al final, entre aleteo y aleteo, fue perdiendo cuerpo hasta desaparecer.

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Vegetal. No como un carbonero o un laurel. Un fríjol apenas germinando. Como una varilla de hierro oxidado. La oreja no se entera del dolor.

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Una invasión del vacío que serpentea en el laberinto de pulpa y piedra que conforma un tubo a media luz.