Un Milagro Inesperado

Por María Camila Palacio

REC 9 Cuentos

Él dijo que era un milagro inesperado; ella pensó que sólo era una llamada telefónica. Ella lo llamó a la misma hora de todos los días, y con el mismo tono de voz dijo “hola”; y sin embargo para él no sólo fue un milagro, sino que también fue un hecho totalmente insospechado. Para ella desde el día anterior no había cambiado nada entre ellos, no había nada milagroso en hacer la llamada rutinaria que, por cierto, llevaba realizando todos los días menos los jueves (pues habían acordado que era mejor tomar un descanso el uno del otro en la mitad de la semana) desde hacía cuatro años. No eran novios, tampoco una pareja como tal; sin embargo, había sido la relación más larga que habían tenido en sus vidas. Ella (a quien por motivos narrativos llamaremos Juana), al escuchar que su llamada había sido catalogada por él (a quien llamaremos Diego, por los motivos anteriormente mencionados) como un “milagro inesperado”, le fue imposible continuar con la conversación; ¿A qué podía estarse refiriendo Diego cuando dijo eso? Por esta razón Juana decidió colgar el teléfono, rompiendo repentinamente (o tal vez de una manera milagrosamente inesperada) con la rutina que llevaban cumpliendo desde hacía exactamente 1244 días. La razón por la cual Diego había dicho esas palabras se había convertido en un verdadero misterio para Juana: sólo debía conocerla el narrador omnisciente de ésta historia.

 

Es curioso eso de los narradores omniscientes; se supone que sabemos todo acerca de la historia y sus personajes, pero realmente en este momento se me hace imposible saber qué pensamientos pasaban por la cabeza de Diego cuando dijo aquella frase que tanto impactó a Juana. Realmente en este momento dudo de mi omnipotencia; no es que antes hubiese creído que estaba en mis manos decidir es destino de estos dos personajes; tampoco pretendí jamás saber todo acerca de la vida de Diego y Juana. De hecho en ocasiones era bastante incómodo intentar vivir mi vida cuando tengo otros dos destinos en mi cabeza. Sin embargo, me duele el hecho de no poder saber el motivo de la reacción de nuestro personaje masculino: por primera vez en mi vida me siento impotente. No sé en qué estaba pensando cuando acepté el trabajo de narrador omnisciente de ésta historia: tal vez fue por pura curiosidad pues la paga es mínima. Sólo recibí una llamada telefónica en la que un sujeto se ponía a sí mismo el nombre de “Doble ego” y me proponía convertirme en el narrador de una historia. Al principio me pareció absurda la existencia de un trabajo como éste, pero poco a poco “Doble ego” fue explicándome en qué consistía el trabajo, y el poco esfuerzo que tendría que aportar a ésta causa. Me explicó que los narradores omniscientes jamás se inventan las historias, su único trabajo es recibir la información de la historia que el escritor implanta en su cabeza cada vez que se le ocurre una idea o giro nuevo para ésta. “Doble ego” también me contó que de hecho era un trabajo tan sencillo que muchas personas lo toman como oficio de tiempo completo y se dedican a narrar múltiples historias al mismo tiempo, aunque él prefería no contratar a esta clase de personas pues en ocasiones confundían las historias haciéndolas más difíciles de comprender y por ende haciendo su trabajo creativo aún más complicado. Finalmente, después de escuchar muy atentamente toda esta información, acepté. No tuve que firmar ningún contrato, simplemente al día siguiente al despertar empezó a llegar la información de la historia en largos pergaminos que yo leía en mi cabeza. Me sentía como recibiendo un fax en mi mente. Sin embargo, no entiendo qué pudo haber salido mal: no, el motivo por el cual la información del por qué de la frase “es un milagro inesperado” no ha llegado a mi cabeza, aunque supongo que es posible que se haya perdido en la red de faxes para narradores omniscientes. Sólo me queda esperar a que el escritor enmiende este error pues yo, como ya lo he explicado, no puedo hacer nada en este momento.

 

Juana se sentó en un sillón y se puso a pensar en Diego, y todo lo que había sucedido en su relación en esos cuatro años. Pensó en la forma extraña en la que se habían conocido, sus largas conversaciones telefónicas, su manera de hablar y de pensar, pero sobretodo en su profesión. Recordó que lo había visto por primera vez en un café muy popular de la ciudad; no se hablaron, sólo tuvieron que compartir una mesa pues ninguno de los dos pudo conseguir una individual. Juana se sentó muy callada, abrió su carpeta de papeles y empezó a leer un largo informe de su última reunión de negocios mientras que se tomaba el café. Diego por otro lado, simplemente se sentó en la mesa, cogió una servilleta, y mientras se tomaba su café empezó a hacer garabatos incomprensibles en ella. Finalmente, cuando Juana se iba a levantar con afán de la mesa, Diego le pasó la misma servilleta en la que había pasado garabateando cosas durante una hora, pero antes escribió en la esquina su número telefónico. Juana lo recibió y salió corriendo. Aunque este hombre le había parecido absolutamente extraño, decidió leer lo que decía en el papel. Éste estaba lleno de frases inconexas y dibujos hermosos, y en la parte superior decía Diego: 3458825. Sin saber por qué, Juana marcó el número de teléfono escrito en el papel, y mientras esperaba a que Diego contestara el teléfono pensó que era muy raro que ella actuara de esta manera tan poco metódica. Finalmente, Diego contestó; ella le explicó que era la mujer del café; que la servilleta estaba llena de palabras increíbles y que simplemente había llamado para matar la curiosidad. Él le dijo que ya sabía que ella lo llamaría, pero que esto le producía una profunda alegría. Hablaron durante dos horas; Diego le pidió que le llamara todos los días a la misma hora menos los jueves, y Juana accedió a esta petición. Sin embargo antes de colgar el teléfono a Juana le dio por preguntarle a Diego cuál era su profesión. Éste, después de unos segundos de meditación contestó: “Siempre me ha gustado decidir por mi vida, me hace sentir poderoso. Desde pequeño odié a los narradores omniscientes pues me pareció que su trabajo era muy simple, y aunque tradicionalmente se les cataloga como los poderosos de la historia para mí siempre fueron un personaje más. Es por esto que desde pequeño decidí convertirme en escritor. Pero ahora tengo que colgar, tal vez un día de estos te muestre mis historias, o quién sabe, puede que haga una historia basada en un personaje como tú. Todo depende de cómo se desarrollen los hechos. Espero mañana tu llamada”. Después de esto los dos colgaron el teléfono. Después de recordar esta conversación Juana y yo (el narrador omnisciente de esta historia) entendimos finalmente que no existen sucesos como los milagros inesperados. 35656