Un elogio

Por Nicolás Samper Serrano

REC 9 Ensayos

Hoy hablo de lo que me gusta, de una prenda que forma deformando, que oculta con la única intención de revelar, que sostiene con el motivo de dejar caer y que tanta dicha ha brindado a mis ojos y a mis manos. El brassière. Uso el galicado porque el español es horrible y deteriora la belleza que esta prenda deja admirar. Las bellezas, perdón. Porque como dice un Luthier, famoso fabricante de instrumentos para la risa, esta prenda nos ha enseñado que las cosas bellas nunca vienen solas, no: “vienen de a pares”.

Comenzando dije que el brassière deforma formando. ¿Y quién puede negarlo? Si desde que apareció su antepasado, el estrangulador corsé, las glándulas mamarias que alimentan al recién nacido, como si esto fuera suficiente excusa por haberlo concebido, se transforman en obras de arte. Esas que entre copas se esconden, y después de las copas salen. Muchas pintadas, filmadas, dibujadas, descritas y otras simplemente admiradas. Copas que Ida Rosenthal, la rusa, se encargó de deformar para cada una de las formas, con su compañía Maidenform, que fundó en 1928.

Y no se equivoquen, que desnudas también me encantan. O miren a la Maja de Goya que se ve tan bien vestida y al contrario; no afirmen que esta es una vindicación machista en una generación a la que todo le parece la verga; ni tampoco es la manifestación de un complejo de Edipo, pues mis complejos son de otro tipo, lo que ocurre es que no sé cómo se llama.

Es más bien un elogio. Un elogio a la capacidad de ocultar y exhibir al mismo tiempo. Como en cualquier representación en la que un sujeto escoge lo que muestra de las hermosas, redondas, ovaladas, torcidas y, a veces, caídas, pero jamás operadas realidades. Aunque en este caso no convenga decir sujeto, sino sujetador (otra palabra enferma, que para mí define más a un bozal que sujeta, si es usted bestia, su jeta).

Para sujetar, para reemplazar se inventó. O al menos así se lo atribuyen a Hermine Cadolle, “que se dio a la tarea de diseñar prendas íntimas con las que soñaba” en 1889, mientras se ahogaba dentro de su corsé. Pero ella no patentó el brassière. Fue una gringuita apodada Polly a la que se le ocurrió hacer los trámites y vender su idea a la Warner Brothers Corset Company, como el Backless Brassière. El aplauso de las féminas encorsetadas no esperó y atendieron el llamado del gobierno gringo para que donaran sus estranguladores, pues se avecinaba una guerra: la primera mundial y el metal debía ser utilizado para la producción de armas (de acuerdo, no todas las cosas bellas vienen de a pares). Pero también se inventó para dejar soltar, para darnos, ojalá no contra el piso, pero sí contra las realidades.

Y hoy los hay metálicos, de nylon, en todos los colores y telas imaginables; cómodos e incómodos; para reducir y para aumentar; para abrir por delante, al costado o por detrás; y fabricados por todas las marcas. No hablo de los rellenos, que ya son una mentira exagerada. Tanto, que las modifican como si hubieran sufrido una cirugía plástica.

Dije que esto era un elogio. Pero también es una invitación a que me oculten, a que me seduzcan para poder admirar con celo lo que tanto placer da a mis ojos y a mis manos; y a los de tantos otros hermanos.

Hermanos de Marte y, hoy, también de Lesbos.