Too dumb to steal, too ugly to prostitute

Por Ana María Mustafá

REC 7 Relatos

Hace uno años viví en Montreal un mes largo, me acuerdo que cuando me iba a ir, alguien me dijo que Canadá era uno de los países con mejor calidad de vida. Al llegar allá comprobé que el Gobierno da un generosísimo subsidio a la gente desempleada logrando que la falta de trabajo no sea equivalente a vivir en la pobreza. De cualquier forma, puedo asegurar que la pobreza está muy bien camuflada y en gran medida amparada por el Gobierno.

Pero entonces, ¿por qué veía en cada esquina de St. Katherine’s —la calle principal de Montreal— personas pidiendo limosna? ¿Acaso ese no es el fenómeno al que se llega en una situación de pobreza absoluta y la falta total de oportunidades? No solo eso era lo que me parecía insólito, también noté un factor que se repetía en casi todas las personas; no se pedía dinero a voz, se usaba el recurso que tanto vemos acá en los semáforos: usaban carteles. Pero en lugar de narrar su situación de desplazados por la violencia contenían mensajes divertidos.

Una vez vi a un hombre con los dos brazos estirados hacía arriba, revelando pequeños punticos rojos en el revés de los codos y con un letrero colgado que decía: “don’t hate me, just pay me”.

También recuerdo otro cartel sujetado por un joven que fumaba marihuana y oía música en su ipod, decía: “Cat doesn’t taste like chicken”.

Pero el recuerdo que tengo más presente, que luego se convirtió en una anécdota que oscila entre lo chistoso y lo absurdo, fue un día en el que me quedé varios minutos en la misma esquina, esperando a que una amiga hablara con su mamá desde una cabina telefónica. Justo al frente había un grupo de tres personas sentadas sobre un mantel en pleno andén, que mientras almorzaban sánduches, ensaladas y tomaban cerveza, exhibían un pedazo de cartón en el que se leía: “Too dumb to steal, too ugly to prostitute, please help”.

Le mostré el cartel a otra amiga con la que esperábamos y observamos cómo la mayoría de la gente que les pasaba al lado, se reía de aquella “vagancia honesta” y les daba plata. Después de un rato mi amiga sacó su cámara desechable amarilla y dijo “esto está de foto”; se acercó al trío de limosneros cool y les pidió permiso para fotografiarlos. Aceptaron y posaron contentos.

La conversación de mi otra amiga se prolongaba y nosotras seguíamos ahí, esperándola…cuando por fin salió de la cabina y nos disponíamos a seguir caminando, uno de los tres mendigos se nos acercó con una cámara digital plateada y en perfecto estado y nos dijo: “¿Les podemos tomar una foto?”.