Sobre encuentros y corazones rotos

Por María Alejandra Estrada

REC 1 Relatos

Después de que mi avión aterrizó cerraron el aeropuerto. Según escuché decir a algunos pasajeros, estábamos pisando tierra firme gracias a un acto de rebeldía del piloto en turno. Le recomendaron no aterrizar por la neblina, hizo caso omiso y ahí estábamos todos esperando a que la maleta pasara bailando para poder escapar de ese lugar. Invierno en Buenos Aires, Junio del 2007.

Llegué un Jueves por la mañana después de un vuelo absolutamente insoportable, no pude dormir. Fui a participar del Sexto Encuentro del Instituto Hemisférico de Performance y Política: Corpolíticas/Body Politics en Las Américas. El encuentro empezaba el viernes y las personas que venían en vuelos posteriores al mío no pudieron llegar a tiempo: el aeropuerto estuvo cerrado un par de días, todos los aviones eran desviados y los demás participantes llegaban al hotel muchas horas después de lo previsto, ojerosos y deshidratados. Yo estaba como lechuga el día de la inauguración, pero mis compañeros de trabajo se atrasaron y llegamos tarde.

Cuando las actividades arrancaron fue muy agradable, había tanta gente que era absolutamente imposible conocerlos a todos, pero bueno eso pasa en este tipo de eventos: el ruido termina silenciando muchas cosas. A cada uno le daban una escarapela con el nombre, la calidad de participante que era y el grupo con el cual trabajaba en caso de ser necesario, junto con el catálogo y el programa de las actividades. Muchos autores, muchos nombres. Coco Fusco engrosaba la lista. Exactamente una semana después de mi llegada a Buenos Aires esta artista mostraba su trabajo: era una charla en horas de la mañana, en una sala bastante fría, cómoda, pequeña. Era Coco Fusco, LA Coco Fusco quien iba a hablar y yo me fui a escucharla acompañada de todos los achaques que el invierno me había echado encima. La muestra era un vídeo que registraba un trabajo realizado dos años antes. Se llama Operation Atropos y consiste en un taller que Fusco toma junto con otras seis mujeres, en el cual son torturadas e interrogadas por exmilitares estadounidenses. Para poder asistir tienen que llenar unos formularios donde especifican hasta donde pueden llegar las torturas, establecen límites. Fusco señalaba que estos talleres pueden ser tomados por cualquier persona que quiera aprender técnicas de interrogación y tortura para obtener información pero, evidentemente, si se tiene el dinero para pagarlo no importa mucho si lo que se quiere es aprender o vivir la experiencia.

En el caso específico de Operation Atropos el objetivo era, según dijo Fusco, observar el comportamiento de las mujeres jóvenes al encontrarse en situaciones extremas. Aún así todas sabían no sólo que en el momento en que decidieran no seguir formando parte del experimento podían salirse, sino también que su cautiverio no era indefinido, que saldrían vivas del lugar. Algo que las hacía mantenerse ahí, según indicó la artista, era saber la suma de dinero que le tocó pagar a Fusco para poder poner en marcha el proyecto: irse al campamento de tortura no era nada barato y ella había sacado todo de su bolsillo.
Coco por su parte no se preocupaba mucho, como lo dijo a lo largo de la charla, ella es una mujer madura que en algunos casos le doblaba la edad a sus conejillos de Indias y podía ejercer pleno control de sus emociones gracias a su trabajo como performer y su formación en teatro. Indicó que ella estuvo todo el tiempo observando a sus compañeras y que en realidad la experiencia no la había perturbado tanto. Me pregunto qué le hubiese pasado a un prisionero real si se hubiese reído frente a uno de sus victimarios mientras recibía una orden. Fusco lo hace, pero seguramente en el contrato especificó que no podían pegarle, acosarla sexualmente, meterle la
cabeza en el inodoro, cortarle el pelo, ¡qué sé yo!
Luego de ser víctimas, estas mujeres pasaban a ser victimarios. Según la experiencia vivida les correspondía hacer lo mismo
con sus captores. Esta era la etapa de aprendizaje donde se supone, debían perfeccionar la técnica. Esta segunda parte tenía lugar en lo que parecía ser un edificio de oficinas. Fue divertido, ninguna lograba someter a su prisionero. Éstos —todos eran hombres— les volteaban la arepa fácilmente.

Para mí fue absolutamente decepcionante ver, conocer y escuchar hablar a Coco Fusco. Tal vez sobra decirlo pero no importa, yo lo repito: fue decepcionante. No sé qué esperaba encontrar, pero me parecía estúpido todo el planteamiento: la empresa diciéndo “Venga y disfruté de una experiencia de tortura similar a la de un prisionero de guerra, nosotros trabajamos ahí antes.” mientras Coco piensa “Qué delicia invitar a las amigas y ver qué les pasa…”. Sin embargo, fue gratificante no escuchar hablar a la Fusco de hace 20 años, corroborar que independientemente de si me gustaba o no, su trabajo apuntaba a otros lados. Saber que no se había convencido de si misma, del nombre, y que había seguido explorando. Yo fui a escuchar hablar a un personaje imaginario, ignorando las variables de tiempo y espacio que evidentemente, aunque no me atrevo a decir afortunadamente, habían afectado su vida y su trabajo.

Me dejé llevar por el autor y por lo mucho que me gustan algunos de sus trabajos y jamás pensé que ella podía estar interesada en otras cosas que para mí no son medianamente interesantes. Creo que la palabra que usé en ese momento al comentar con mi compañera de
cuarto fue: ingenuo. “Este es un trabajo ingenuo”. Pero no tienen por qué estar de acuerdo, soy muy joven, candorosa y además es Coco Fusco de quien estoy hablando.
A pesar del frío, la gripa y de lo incómoda que se volvía la sala a medida que Fusco hablaba me quedé ahí hasta que su monólogo terminó. Me pareció una mujer de carácter fuerte que estuvo todo el tiempo intentando hacerlo evidente. Era un autor y eso validaba cualquier cosa que ella quisiera hacer. No sé qué pasaría si su trabajo fuese expuesto bajo el anonimato, en un lugar en el que no se supiese qué personaje lúcido decide hacer qué. Me encantaría saber si podría sostener su propio peso o si la falta de un respaldo de trayectoria haría lo propio… pero esto no sucede en la vida real. Quizá es un ejercicio que cada espectador debe hacer: restarle importancia al nombre y dejar de depositar expectativas en lo que se supone que éste debe encerrar, aproximarse a la obra o al texto que hace X o Y autor y tener la capacidad como espectador-lector de entender que sujeto no es garantía de objeto; el tiempo hace que las cosas cambien, creo que por eso se habla de los diferentes períodos de un mismo autor. Un trabajo específico no tiene porque corresponder con nuestra idea de quien lo hace, pero al parecer ésta es la manera como hemos aprendido a entender la relación.