Los sesos de Cézanne

Por Laura Moreno

REC 8

—Se ha levantado la sesión de los sesos —dijo el Juez Seso—. Al lugar —gritaba casi payando—.

—Es: ha lugar —respondieron todos en coro—. Y él respondió:

—Objeción su señoría, no sé nada de abogacía. Juez Seso debería tener alguna idea de lo que hablaba, pero todos se habían dado cuenta que no, sobre todo porque era un gran fanático de los contenedores de sesos de Cézanne, que mucha gente llama cráneos, pero nos gusta llamarlos por su función.

El juez Seso tenía un cervato que había cesado de servir cetona en sus envases y ahora sólo se dedicaba a viajar por Ceuta y a escuchar las cesuras de los cetáceos, que aunque eran sesgados, sus payas coincidían con lo que sentían; nadie sabía que estaba pasando pero todos lloraban al ver a las ballenas y a los delfines cantando y payando tremendas canciones y tremendas payas, que conmovían los hilos y las fibras de cada uno de los sesos presentes.

Luego de esto, todos salían a pintar con colores cetrinos en el Mediterráneo los paisajes que Cézanne y sus paisanos alguna vez pintaron. Mientras que en el nuevo continente había un juicio de sesos, donde la sesión se había terminado por completo y el juez juzgador era el juez Seso que extrañaba tanto a su cervato y se bebía una cerveza.