Post tenebras lux de Carlos Reygadas (2012)

Por Jose Sarmiento

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Una niña de tres años corre detrás de los perros, detrás de las vacas. Los llama por lo que son, perro, vaca. Los perros persiguen a las vacas y vuelven a la niña, son pitbulls, rottweilers, y juegan con ella. Están rodeados de montañas y de un bosque espeso. Los perros también juegan con las vacas, persiguiéndolas y son casi tan grandes como ellas. El ambiente es húmedo, frio; verde es el plano de los seres vivos y el cielo, que forma la otra mitad del paisaje en la pantalla, es púrpura y celeste, imponente y pesado, pero también distante y etéreo, su existencia es pura presencia. Algo desde el aire, la luz de pronto, rodea a los elementos como una placenta.

Desde el comienzo Reygadas ensambla su película por oposición y contraste. En cada escena cada uno de los elementos es una presencia vibrante en oposición a otras, pasivas y activas. En el transcurso de esta película cada escena sigue a la siguiente, no a través de la ilación consecuente y lineal de una narración, sino mediante la oposición de sus formas que también son sus contenidos apretados en el tiempo que les dedica.

Natalia y Juan, junto a sus hijos en una gran reunión familiar. Todos los primos, los abuelos, los sobrinos, los nietos, aparecen bien vestidos, intentado compartir, ver a la familia que los comenta y les pregunta; conversan de Tolstoi y Dostoievski siendo formales y frívolos; la abuela da sobres con dólares a los nietos que hacen fila y después uno de los mas chicos los regala. Los cuerpos son monótonos, sin carne, sin emociones, sin expectativas. En esa escena todos parecen saberse alrededor del círculo familiar, pero sólo son cuerpos bien vestidos, formas que han perdido la emoción, bultos de los que no podemos saber nada más.

En la siguiente escena, aparece el sonido de una relación sexual violenta entre muchos, pero no se ve a los que emiten los sonidos (el sonido siempre es en plural, nunca uno solo, armado de partículas que se juntan individualmente) sino a un grupo de gente desnuda en un baño turco en donde la luz es celeste casi toda y roja, rosada en los bordes desde donde viene el sonido. Las caras no tienen expresión, pero si los cuerpos que sudan, cuerpos con arrugas, con barriga, con tetas caídas. Natalia y Juan buscan una habitación que se llama Duchamp en donde hay menos gente y en donde a ella se la folla otro hombre, mientras su cabeza reposa sobre las piernas de una gran mujer. Juan la ha entregado a otro para verla. Para ella parece un sacrificio hacer lo que hace, pero aunque asumimos como espectadores que Juan continúa en la sala, la concentración del plano sobre la cara de Natalia y de unas manos largas que la acarician y acompañan, hacen que Juan desaparezca. Los cuerpos existen, sufren y están expectantes pero no se saben separados de una conciencia que es moral, aunque en ese baño no se emitan juicios. La contención de los cuerpos aquí se extiende a un voluntad ominosa que podría ser la de la naturaleza. Otra vez la presencia de una placenta que lo recubre todo, el color que da la luz y la emoción más instintiva.

Digo que parece, porque esta película abucheada por el público en Cannes aunque ganadora del premio a mejor director en el mismo festival, es fragmentaria y su naturaleza es al mismo tiempo la de la realidad y la del sueño, la de una voluntad finita e incapaz y la de una voluntad infinita y precisa. Entonces, uno se pregunta por sus intenciones, por un argumento al cual seguirle el rastro. Por un lado, está Juan que ha ido a vivir al campo con su familia y a su lado, permeándolo todo; la naturaleza que es los arboles, los perros, los niños a punto de dejar de serlo, el agua, las nubes, el mar, las piedras, la lluvia que arrastra en el aire la sangre del final, los caballos, las vacas, el diablo. La película no se trata de, sino que trata a sus elementos mostrándolos, moviéndose alrededor de ellos. Como si en la película el protagonista fuera la cámara que los filma, con nitidez en el centro y con borrosidad a los lados, simulando una mirada y esa mirada es el útero en el que se guarda la placenta, el espectador invisible que la guarda siendo mudo.

Post tenebras lux es un cuerpo abstracto que se extiende al interior de sus limites, El formato de la película no es rectangular, sino cuadrado., y esa abstracción fragmentaria es su perfección. Trata la naturaleza paradójica y compleja de algunos adultos al oponer su presencia y sus breves diálogos y problemas, al misterio sin voluntad de la naturaleza. Hay en ella un poder que se extiende sobre todo, es esa cámara que mira con voluntad pero que da tiempo a las formas que captura para que se extiendan sin prisa. Ha dado tanto tiempo y posibilidad a sus propias existencias, pues sabe que el cine es un montaje, una sucesión de fragmentos en donde la mentira puede caer fácilmente en lo inverosímil. Y sin embargo, al ser inverosímil de frente, se vuelve verdad. Sólo necesita del tiempo y Reygadas sabe que el tiempo de su película es otro. Hay un diablo rojo que es una forma tridimensional sin piel ni músculos y que es un solo color rojo que brilla. Otro hombre, aquel que siendo niño vio al diablo cargando una caja, se arranca la cabeza con sus manos.

El cuerpo de está película esta protegido, es hermético y místico. La cámara que mira es el protagonista y aquél que la expone y la guarda. La cámara cinematográfica es un objeto que selecciona, que mutila las partes. Está manera de ser del aparato del cine es la manera de ser de ésta película. Los fragmentos de unos personajes en un tiempo sin clímax. Unos personajes recubiertos por una placenta que es el color de la luz.

Antes del final de la película se caen unos árboles muy grandes.