Porque trazo mis letras

Por Juan Camilo Brigard

REC 8 Ensayos

De cualquier manera, cuando un tema es sumamente controversial, uno no puede esperar decir la verdad.

Virginia Woolf

Siempre radical nunca consistente.

Walter Benjamin

 
 

Acomoda y como todo lo que acomoda, después de un rato emboba. La comodidad por un lado aísla y por otro lleva a quien disfruta de ella más cerca de la mecanización. La tecnología además de sus evidentes, rimbombantes y pirotécnicos deslumbres con los que a diario nos hipnotiza —no con menos sutiliza que un psiquiatra narcotiza el presente de un sujeto en un sanatorio—, nos embota, nos acostumbra subrepticiamente a un brutal cambio de hábitos. Tiene la costumbre de encandilar a la luz de sus fuegos artificiales, hasta el trágico extremo de suspender —convencer­— todo juicio acerca de sí. Me dirijo en contra de lo que privo a mi lector, lo que fue un error para este texto, lo que lo hizo ser lo que es. La censura digital, el disimulo de la facilidad técnica, lo que compromete escribir mediado por un teclado y su infinita cadena causal que no podemos trazar consecuentemente.

La pantalla contra el papel. Una pantalla que, por excelencia, como su homonimia lo revela (véase: pantallero, pantalla de lámpara, pantalla de computador), está diseñada para ocultar, dividir y eclipsar —manipular— una luz. La que más me importa en este contexto es la de un aparato que media, proyectando todo y nada a la vez; que tiene la habilidad de pasar de cuentas bancarias a pornografía en un breve teclear. Todo pasa por ella y nada se mantiene en ella, un clic da un salto abismal. Para escribir palpita un cursor que como escribe borra, elimina y suprime impasible, sin manchar lo considerado conscientemente error; transforma sin dejar cicatrices.

Un papel se piensa en blanco. Es posibilidad para dibujar palabras y escribir imágenes. Escribir, dibujar y manchar un papel, a diferencia de hacerlo en el mar desmemoriado, configurador de la pantalla LCD, es violentar físicamente, con cambios irreversibles —incluso cuando se escribe/dibuja suavemente con un lápiz y se borra, se marca y se desgasta— un objeto: es no volarse la muy valiosa etapa que escribir a computador suprime, que distancia el producto final de lo escrito del proceso de escritura mismo. En el caso extremo de querer eliminar, DELETE o SUPRIMIR, un trasto de éstos no tiene el valor erótico que tendría hacer pedazos, rasgar y romper lo roto, o en el mejor de los casos quemar, comerse, mascar y tragar o escupir una carta, un papel…

Borrar errores es otro cuento. Pues Word tiene la virtud de travestir nuestras falencias —pues nunca las enmienda cabalmente—, nos coacciona a corregir, ¡hipócrita eufemismo! Si no sabemos poner tildes, corrige las fáciles. Sin embargo ante todo error elaborado, profundo y significativo —todo lo que admite una ambigüedad— es inútil (¿quién tendría la enferma idea de revisar una ortografía o una gramática a cambio de hacerle caso a la revisión ortográfica y gramática de una de estas maravillas?). Maquilla los problemas de nuestra escritura, no los encara en su patética desnudez, ni propone una solución; sino se esmera en hacerlos pasar desapercibidos, nos seda y nos los banaliza en pro de enmascarar nuestra mediocridad y de domesticarnos a tolerarla, o mejor aún, a olvidarla. Las enmiendas ortográficas chantajean nuestra “buena educación”, hacen de ella un objeto más de nuestra ética moderna, ética de transacción, una educación de retribución monetaria.

Pero es útil, pero es práctico; a mí qué un error, incluso del que me arrepiento, el que me avergüenza visibilizar, del que estoy feliz de hacer invisible —me digo—. Pero me replico: qué ingenuidad ante los errores, qué desprecio por lo que tanto ignoramos. ¡Cómo lo práctico y lo eficaz pierde proporcionalmente en detalle en su efectividad por enmendar!

¿Qué importa la ortografía [y las gramáticas, y las reglas]? Las buenas ideas no son limpias, ni mucho menos fijas, no siempre se escriben bien acentuadas y su esplendor se da en el resplandor del choque con su tradición.Una cosa es entenderla(s) y promoverla(s), otra es conocerla(s) y estar en contra de ella(s), otra, muy distinta, es escoger voluntariamente ignorarla(s).

Word, teclados inteligentes hacen de un instrumento ley, de una posibilidad, perpetua. Como nos obligan por medio de su encantadora comodidad, como se nos imponen con el efecto sorpresa —la inmediatez de esta facilidad que se pone en bandeja de plata—, es necesario cuestionarlos, porque aunque quisiéramos ser voluntariamente apáticos frente a ellos, tenemos la certeza de que por más que no nos preocupemos por ellos, ellos no dejarán de preocuparse por nosotros. Nos recuerdan la terrible y certera paradoja de ser pasivo, de ese olvido cómodo pero vergonzoso: que no hacer nada es hacer algo. La abstención en el juego es decisiva.

Lo escrito en un teclado por excelencia es un desprecio de la escritura misma —escribir es jugar: hacer una diferencia en cuanto a una igualdad, variar dentro de unas constantes, comprometer las constantes a partir de la violencia de sus variantes—. Lo que importa para mí empieza “a mano” (así el lector se burle de la paradoja de mi expresión y al mismo tiempo sepa precisamente a qué me refiero).

Las facilidades técnicas nos poseen más de lo que nosotros creemos poseerlas. Nosotros no empuñamos un teclado como se empuña un lápiz o una espada, nosotros nos sometemos a su lógica. La mayor desgracia de estos aparatos/programas es la inviabilidad práctica de no poder dejar de usarlos. Asimismo la claridad de su “deber ser”: lo que no entra dentro de su sistema en el mejor de los casos lo subraya, en el peor lo transforma sin consulta (ortografías antiguas, neologismos, provincialismos, errores…), hace alarde de su sentido común, de su afán por cristalizar la llama palpitante del lenguaje. Simplifica, reduce lo que una caligrafía dibujada con la mano —por errática y ambigua que sea— nos sugeriría. La tipograficación desprovee del contexto que plasma el delineamiento de la mano, una buena idea escrita en la violenta arritmia de un bus bogotano o en vuelo en turbulencia no marca la idea en su forma de escritura. La tipografía no representa el estado mental de su escritor como lo hace la caligrafía —sin que muchas veces éste se dé cuenta—, la cual retrata la letra alta jekylliana y su variación en pendiente hydeana.

Nos atiborra el sinsentido común, el más común de los sentidos. Nos posee y nos blande como fantoches cada vez que nos hinchamos insistentemente del peor defecto de nuestra ciencia: el cómodo letargo en el que nos sumerge. La bruta comodidad, que nos alimenta y nos controla, interviene, se infiltra resbaladizamente, da su golpe de estado y nos rige. Solapada dictadora.

¿Para qué escribir a mano si una máquina imprime más eficazmente y hace más legible lo ininteligible? Para no olvidar la entropía, la pérdida de la energía en un sistema, de un sistema del que difícilmente nos podemos librar; la transformación en pérdida. ¿Qué ganamos al perder? El énfasis en el contenido que nos subraya la escritura mediada por un teclado es una pérdida por omisión de la forma, pues desparticulariza, desprovee de toda marca visual, nos ayuda a olvidar cómo decir las cosas recostándonos desproporcionalmente, gráficamente, en qué decir —en su babélica lógica—. Nuestros sentidos se adormecen, se sedan y son sometidos a una sinestesia inducida.

La escritura digital es libre de ser —de registrar— una víctima de las circunstancias. Un documento digital no puede ser vomitado por el teclado como sí lo puede ser un papel por una pluma. La memoria digital es como, no sin razón, lo que han llamado una nube, vaporosa, etérea, destinada a ser liquidable y en el mejor de los casos una potencial tormenta. Su fácil reproducción y edición encarnan su feliz maldición, ganar a costa de perder… ¿Perder qué?

Ganarse un alzhéimerpor sobre estimulación al olvido. La vida útil de la tecnología hace cada vez más desechable una “memoria”, un disco y el laberíntico acceso a las nubes que en su privacidad no tendrán más vida y más filtro que el de un individuo. Un cuaderno, el papel bien conservado puede durar cientos de años y pasar por muchas manos. Pensar en la catástrofe de que un virus borre toda la información de su computador, que se roben su tableta o que la valiosísima información depositada en Dropbox, mail, Facebook, se haga inaccesible por la muerte de un individuo, es otra pregunta que vale la pena hacerse. Es tan catastrófico como que a un poeta decimonónico en el regreso de un largo viaje le naufragara su barco y con él un baúl con todos sus escritos.

Wittgenstein no se equivocó cuando dijo que “sentimos que aun cuando todas las posibles cuestiones técnicas hayan recibido respuesta, nuestros problemas vitales todavía no se han rozado en lo más mínimo”. Escribir en un computador, en una tableta o como al lector le provoque llamar mi proteico objeto de crítica —identifíquelo con lo que lo identifique—, no nos dará una respuesta a nuestros problemas vitales, como tampoco lo hará escribir blandiendo un lápiz sobre una hoja. Sin embargo creo que esta última es un retrato más elaborado del desasosiego que traza la escritura.

Alguien pensará que estoy peleando hasta con la imprenta. No, peleo con que el hábito de escribir a mano [risas] se pierda por el de escribir en un teclado.