Polvo de hadas

Por Diego Argüello

REC 2 Cuentos

Eran las tres de la tarde; llevaba más de dos horas esperando a que me atendieran. Ya había ojeado todas las revistas de farándula y había leído un par de artículos de una solitaria National Geographic que había en la mesa al frente del sofá en el que estaba sentado; ya me había levantado a ver el pobre panorama de un parqueadero que me ofrecía la ventana que tenía cerca; ya había sacado varias veces mi libreta y mi bolígrafo para intentar escribir algo que pudiera mostrarle a mi editor, con poco éxito; ya no sabía qué hacer para pasar el tiempo. Mis manos sudaban, mi pierna izquierda se bamboleaba inconscientemente y me empezaba a doler la cabeza. La única persona que había visto desde que llegué era la recepcionista, la cual me mandó a sentar mientras esperaba. No debía tener más de veinte años; tenía las piernas largas y los ojos algo separados. Cuando mis nervios no pudieron más, y me dirigí hacia la puerta, ella se asomó y me dijo que podía pasar a la oficina del fondo.

La oficina era más grande de lo que esperaba. Había un par de plantas de hojas rojizas, reproducciones de cuadros de Miró colgados en paredes de colores variados, una alfombra que podría pasar por persa y una ventana grande con una vista notablemente mejor que la de la sala de espera. Detrás de un elegante escritorio de madera oscura estaba sentada una mujer de piel blanca y ojos negros que me miraba fijamente. Por un instante vi cómo inclinaba la cabeza de lado y me sentí como una lombriz que está siendo examinada por un pájaro. El sudor en mis manos aumentó considerablemente y sin darme cuenta empecé a frotarlas contra los costados de mi pantalón. Después de una breve presentación la Señora me pidió que me sentara y lo hice inmediatamente; era hora de hablar de negocios.

“Tengo entendido” dijo ella, “que está interesado en nuestro trata- miento.” Su voz era aguda y cortante, lo que jugaba con el ángulo de su rostro.

“Sí, desde que haga lo que ustedes prometen.”

Nunca pensé que ir fuera una buena idea, pero mis dudas aumentaron al entrar. La sala de espera y la oficina de esa mujer no parecían el tipo de lugar que pudiera darme el tratamiento que necesitaba; obvia- mente estaba equivocado.

“Siempre y cuando usted firme el contrato y pague el precio, nuestro tratamiento hará todo lo demás.” Ella abrió un cajón de su escritorio y sacó el contrato que debía firmar. Por lo que pude ver constaba de entre quince y veinte páginas de letra bastante pequeña. Acto seguido empezó a leerlo en voz alta.

Cuando desperté ella estaba terminando ya el último párrafo del contrato. Sólo podía recordar unas frases sueltas: “ obligación a mantener en total secreto todo lo que se vea “, “ se le perseguirá por un plazo no mayor a una vida“, “ apresado por la fuerza“ y “ cien y un días“ Cuando me pasó el contrato para firmarlo constaba de tan solo una página, donde estaba más o menos lo que yo recordaba de la lectura.

“Es regla de la compañía que el contrato contenga sólo las cosas respecto a las que nuestro cliente esté al tanto,” dijo a modo explicativo.

Firmé el contrato sin pensarlo dos veces, tal vez sin pensarlo una; la desesperación me había llevado a creer que esta gente me podía ayudar; ya no había marcha atrás. La señora se levantó y me llevó a un cuarto contiguo a la oficina en que estábamos. El cuarto estaba completamente vacío con excepción de una silla plástica en la mitad. Me dijo que me sentara y me dio una pequeña bolsa de lona cerrada con un nudo.

“Cuando salga del cuarto abra la bolsa y consuma su contenido”, dijo ella.

“¿Me lo como?” Mi confusión ya no conocía límites.

“Como prefiera”, respondió y se fué.

Abrí la bolsa y había un puñado de polvo en su interior. En ese momento no me hubiera sorprendido que fuera un polvo que bri- llara o cambiara de color; es más, creo que eso era lo que esperaba; pero este polvo era del que se acumula en los estantes, en los libros que no se leen y debajo de las camas. Tratando de olvidar que el polvo es en gran medida piel humana —dato por el cual maldigo a la revista de la National Geographic— cerré los ojos y vacié la bolsa en mi boca. Sabía a polvo.

No sé cuánto tiempo después abrieron la puerta del cuarto. Yo no me había movido de la silla en ningún momento, y no lo hice hasta que la Señora me lo ordenó. Ahora que la veía bien sus ojos eran realmente negros. No me refiero a sus pupilas, sino a todo su globo ocular. Me recordaban a un cuervo, uno de esos que por creencia popular es malo criar. Me llevó a su oficina. Las plantas, la alfombra, el escritorio: todo estaba organizado de una forma bastante peculiar. Su oficina parecía un nido hecho con retazos de distintas cosas, entrelazados entre sí por un pico bastante habilidoso.

“Mi parte del negocio está cumplida,” dijo irguiéndose orgullosa; “ideas para escribir no le van a volver a faltar.”

No dudé en ningún momento de su palabra; aun no lo hago. Salí de su oficina después de darle un cheque por la cifra acordada y vi por última vez a la recepcionista, la cual irremediablemente me recordó a un sapo. En el taxi de camino a casa ya se estaba formando la idea para un cuento en mi cabeza; el que le debía a mi editor. Al sentarme frente a mi libreta no me salieron más palabras que estas; no había otra historia más importante que lo sucedido en esa oficina. Sé que me perseguirán —y atraparán— cuando el cuento se publique y cuente lo que me pasó, pero valdrá la pena. Tal vez es en esos “cien y un días” de cautiverio consiga muchas más historias para contar.