Paloma

Por Gabriela Eslava

REC 8

Aturdida por el polvo del tejado tras el desprendimiento de sus alas, sus ojos sanguíneos le nublan la mirada y el vértigo capitalino se apropia de ella. Empieza su vuelo, no sabe a dónde se dirige, está sola. Transcurren pocos segundos antes de que se dé cuenta de que no ve, que mueve las alas de memoria, que planea entre los edificios por inercia. El súbito choque en la calle que baja hacia el eje ambiental produce una reacción caótica en su cuerpo ciego. La memoria ya no le sirve, las alas ya no responden, colapsa su oscuro cuerpo contra la ventana del Au 311 y sólo queda de ella el corazón, ígneo.

Juan contempla con terror la paloma, según él, son un mal augurio. Andrés, estudiante de Biología, sólo espera el momento del receso para poder palpar la paloma, meterá sus dedos entre las arterias húmedas, mientras arranca las plumas mojadas, tratando de encontrar su alma. Simón cree que el choque inminente de una paloma contra la ventana sólo es apreciado en una clase donde la gran mayoría estudian literatura. Seguramente, alguno de los que se sienta a su lado, a los que conoce de nombre y que desde hace ocho días reconoce de cara en la universidad, ya está anotando en su tormentosa libreta una idea para hacer un cuento sobre una paloma. Tal vez lo escriba él.

Mientras tanto, Ana guarda silencio de pie junto al tablero, la paloma ha acallado su cuento. Llegó a la tercera línea del cuento más conmovedor jamás escrito. Nunca lo sabrá. Nunca nadie lo oirá. Quedará guardado en su maleta de estudiante de cuarto semestre. El ruido de las voces incoherentes crece con el paso de los minutos. Nadie sabe qué hacer con el cadáver de la paloma; algunos intentan golpear la ventana con sus libros, para que caiga y sea problema de los del primer piso. Se asoman por la ventana brazos con cuentos en la mano que tratan de coger la paloma para contemplar el cadáver en el interior de la clase. Sus intentos son fallidos.

Carolina los mira a todos. Guarda silencio, sabe lo que pasa. Juan Jacobo abre la puerta de forma intempestiva, acompañado por un empleado de mantenimiento de la universidad, se abre camino entre los estudiantes y le señala la paloma muerta. El empleado ríe, un silencio asfixiante invade la clase, nadie entiende qué causa gracia al empleado.

—¿De qué paloma habla, joven? Si el vidrio está limpio…