Notas de lástima en el crepúsculo

Por Richard Jaimes

REC 9 Relatos

Nunca supe si estuve enfermo. Era la época de los albures cotidianos y de los infortunios callejeros con las tropas de amistad. El dolor que sentía traspasarme los huesos, las lágrimas involuntarias y su sudor frío, implacable señorío de la muerte al permitirme adolecer de todas sus tristezas; era el estímulo que me empujaba a abrir los ojos cada día y levantarme de la cama. Mi rutina, como toda rutina humana, se restringía a los tres actos de la adolescencia: beber, dormir y follar. Aunque precisamente las candorosas compañeras de universidad, después de ser pequeñas pruebas de valentía, se convertían en ritos desgastantes y malsanos cuando llegaba el verano. Vivía en un apartamento para una persona en el centro de la ciudad. Siempre preferí la soledad de las intimidades pasajeras; mis padres, abundante fuente de ingresos y reclamos en esos tiempos de negligencia y experiencias domésticas, por no decir que baratas y horadantes, destinaban sus esfuerzos a vestirme y a enviarme puntualmente, los recursos necesarios para mi educación. Nunca fui un mal estudiante, he de ser claro, cumplía mediocremente las tareas asignadas y dedicaba la última noche antes del examen a revisar entre mis notas las palabras más célebres del profesor. Por supuesto, dicho plan a veces no funcionaba, porque no tenía notas o porque las había abandonado en algún otro lugar. Cuando eso ocurría traicionaba mi rutina, me preparaba un café de cuncho con bastante jugo de limón, me dotaba de las lecturas programadas, me tiraba en un rincón a fumar y a leer parsimonioso las abstrusas teorías de la modernidad. No duraba mucho en esa posición, porque así no lo quisiera el dolor inevitablemente siempre regresaba.

Quiero hablarles del dolor, no de las cosas que hacía cuando no tenía que hacer nada, aparte de esperar las clases, las salidas a la calle o las rumbas que dichoso invitaba a la terraza. Podría también hablarles de ella, pero para qué, estoy harto de esas historias curiosas de parejas amancebadas en una trama ridícula, donde alguno de los dos, víctima o victimario, renuncia típicamente al amor. De ella, por traerla a colación, puedo decir en términos biográficos, que era mayor que yo. Nunca supe su verdadera edad, no recuerdo si fue porque nunca pregunté o porque ella nunca lo comentó. Para los propósitos de la lujuria lo menos importante, decía un poeta, era un nombre o una presentación cordial. Ahora que lo pienso, no puedo definir si fue poco antes, durante o poco después de que ella apareciera, cuando empecé a sentir los síntomas de mi enfermedad. Enfermedad aún no confirmada, y que es de mi impulso el combustible para retratar paso a paso, cicatriz a cicatriz, la verdadera historia de mi deterioro. A veces me da por pensar en la palabra detonador, el big bang del deseo o de la nostalgia cuando toco borracho el límite de la exaltación.

En las noches cuando empezaba a llover sobre la ciudad, las miserias llamaban inquietas a la ventana, y como una melodía de Wagner, precipitada y excitada, empezaba mi suplicio a recorrer los tejados. El dolor casi nunca se iba, el estómago vacío se retorcía como un gusano negro debajo de mi abdomen, respiraba profundo: la noche me hacía comprender lo lúbrica que era ella. Tengo veintitantos años, soy flaco y alto, mi tez es oscura; negra diría ella, aunque yo siempre piense lo contrario. Tengo los ojos abiertos como campanas, en su fondo se mueven tímidas las pupilas con ese aire fresco de los bragados. Mi boca tiene la forma natural de los desdichados cuando mi lengua se asoma en el espejo para escupir con la furia necesaria la sangre que me atragantaba en aquellos crepúsculos. El tiempo es para mí imágenes, susceptibilidades, malos entendidos, traiciones, besos y caricias; decisiones ineluctables del pasado que no vinculo a la memoria, para no dañar mi aparato reproductor.

El malestar comenzaba cerca de las ocho de la noche, lo sé con seguridad porque tomaba apuntes de lo que me ocurría; se desvanecía, o bueno eso creo yo, cuando estaba dormido. Nunca me ha gustado cerrar las cortinas. Disfrutaba en las noches de insomnio o de dolor, porque para mi no eran lo mismo, buscando la luna roja de Cerati entre las estrellas. Y no eran lo mismo, porque el estado era diferente, cuando tenía insomnio no me dolía nada; cuando nacía el temblor, me pesaban los párpados, pero la cuita que subía de los tobillos a la sien me inmovilizaba a tal punto que me fuera imposible dormir. Era ahí, entonces, donde advertía mi libertad clausurada, mi libertad condicional a la vejez de los días. En la madrugada permanecía una especie de levedad inconsciente que me ayudaba a soportar el sonido de los pájaros y el fulgor del sol al poniente. No tardaba en cansarme el peso de las sábanas y la caricia vulgar de la almohada. Daba vueltas en la cama como un chiquillo, las costillas se me aplastaban en cada movimiento y desestabilizaba mi zona lumbar con una serie de repeticiones angustiosas. No soportaba la franqueza y sencillez del dolor. Me levantaba aturdido, colocaba primero el pie derecho sobre el suelo como me enseñó mi madre desde pequeño, por solicitud expresa de mi abuela, fémina de no avanzada edad, que sugería orgullosa la suerte que proveía hacerlo. A veces me cuestionaba, idiota o malhumorado, si no estaba haciendo las cosas de otra manera, mal.

Una noche tocaron a la puerta: tenía pereza como de costumbre, mi primer pecado capital entre tantos a los que me ofrendo. También tenía hambre. Eran alrededor de las diez, estaba en la cocina buscando entre la alacena una lata de atún, alguna tajada de pan, una bolsita de té. Me arrepentí de haber discutido con mamá por sus visitas espontáneas y a deshoras que daban al traste con mi tranquilidad. Ella siempre había propendido por mantener en orden y bajo control mi vida llena de altibajos. Abrí la puerta con cierta clase de rabia infundada, porque ésta no era más que el fruto de la no oportunidad, de la no continuidad en las visitas. Ella, de la que no quiero hablar, me sonreía con un gesto particular del que tampoco me interesaría hablar al otro lado de la puerta. Esa noche se acercó lentamente y me besó la boca, cosa de por sí confusa, porque sus besos fueron siempre para mí una especie de virus lleno de abundantes silencios. Le dije: “pasa”, claro que siempre podía pasar, la palabra sobró, como tampoco hizo falta decirle “siéntate en el sofá”, “anda hasta mi alcoba”, “ventila la cocina”, “abre las ventanas y cierra las cortinas”. Ella detestaba la luna y lo sé porque en esa noche repleta de melancolía después de que hiciéramos el amor —después de esa tarde en que la llamara llorando sin saber por qué, y le dijera: ven hasta acá, te necesito, necesito tu compañía, trae alcohol y no te preocupes por el dinero, conoces el camino hacia el tocador; y ella respondiera sin sorpresa: en unas horas estoy allá— y ella quedará desnuda y sola sobre la cama con los ojos puestos hacia la ventana, y viera la luna llena que acechaba el cielo, como si mirara fuera de mí, con sus fábulas y tormentas, me dijo gimiendo: “tengo miedo, es tan triste vagar en esta ciudad olvidada, tan humilde y sórdido sólo poder verte y entregarme de noche, y yo apocara aquella inocencia sospechosa con una sonrisa imprevisible al pronunciar la grandilocuente frase tantas veces repetida ahora y siempre: “tú ya sabes cómo son las cosas”.

Me rehúso a creer que fue esa noche, esas palabras, esa historia, la que trajo consigo sin misericordia esa náusea continua, ese sudor frío, esas lágrimas involuntarias, ese dolor. Había pensado como causa justa y suficiente aquella investigación que adelanté por seis acuciosos meses, sobre la probabilidad de muerte en un varón entre los veinte y los veinticinco años al ingerir exorbitantes cantidades de alcohol en una noche. Debo admitir, dejando de lado mi modestia, que desde el comienzo tenía claro para mí, mas no para los participantes, que dicha investigación no iba a aportar absolutamente nada a la literatura científica, que además del entretenimiento sólo iba a encontrar algunas someras precauciones, incluso mediocres o innecesarias, cuando uno empezaba a decantarse por las presurosas y abundantes copas que se llenan, una tras otra, en las taciturnas fiestas clandestinas. De ello también hice grandes notas, diversos poemas y apliqué no sin fracaso, las demás formas literarias.

Nunca la amé, si he de ser sincero. Sentía cierta simpatía ante sus elocuentes y fascinantes discursos sobre el papel de las leyes en la vida de los hombres. Ella era abogada o por lo menos tuvo que haber cursado ciertos cursos avanzados por la forma como me hablaba, aunque también puedo estar equivocado; además, si bien mentía con cierta gracia conmigo, no podía, o bien porque yo nunca le creí nada o bien porque ella se daba cuenta de que lo menos importante para mí era detenerme siquiera un instante a pensar en la veracidad o falsedad de sus afirmaciones. Así que ella cambiaba su voz o hablaba con la suya, no lo sé, pero eso la hacia aún más encantadora. Yo me sentaba al frente suyo, le miraba el movimiento de sus labios, de vez en cuando sonreía y me quedaba entonces tonto con el movimiento de sus pestañas, y ella me decía: “deja de mirarme loco”, y yo giraba la cabeza, miraba hacia el parque o hacia el techo, mientras me dormía con el sonido de su voz. Ella me abrigaba dulce, no cabe duda de que me quería, sentimiento que yo siempre me negué y le negué, no por miedo a que ella se enamorara de mí, sino por el mío a enamorarme de ella. Entonces bebía y bebía, y tomaba notas, y hacía preguntas, y lloraba y lloraba y la llamaba, claro; y ella sufría y sufría, eso pensaba, y yo me ponía a divagar sobre el número de botellas, el número de mililitros consumidos, la próxima generación de envases y el color atípico de sus tapas.

Nunca supe si estuve enfermo. Creía fervientemente que la tristeza y el sufrimiento no eran contagiosos, que esa melancolía y ese castigo no me pertenecían; pero de pronto una noche, no podría decir cual, me empezó a doler el cuerpo, a triturar con toda su fuerza mis venas que clamaban desesperadas el alivio o una baja inmediata a la depresión que me embargaba. Y yo, en la soledad de mis pensamientos, tibio y sudoroso, débil y borracho, pensaba en ella. Un día, una tarde de mayo, cuando el sol se posa sobre la casa de Géminis, dejó una carta en el buzón; decía muchas cosas, me habló de sus sueños, de lo que quería hacer cuando terminara la universidad, de sus aspiraciones como mujer, del cariño enorme que había despertado hacía mí, nunca lo llamó amor, ni un “te quiero” y eso me dolió. Necesitaba ser amado. Nunca antes había pensando tanto en ella, como cuando releía, releía y releía esa única y última carta. Era como si en una ráfaga de segundos inconsistentes, en el choque contra un árbol o una roca, abandonara en mí la tensión del golpe y los espasmos de la muerte.

El loco Román, me decía, “estás enamorado, loco”; y yo le respondía: “no loco”, negro diría ella. Terminé por aceptar que fue una justa venganza, ella no recibió el amor que necesitaba y yo leí la carta que no merecía. De merecimientos es de lo que quiero hablarles ahora; según sus cortas alusiones al pasado. Durante algunos meses trabajó de noche en eventos culturales de la ciudad, buscaba trabajo con ansias, sus padres no podían responder por ella y su situación económica era cada vez más precaria. Yo no dudaba en ayudarla un poco, pero su orgullo irreversible hacía más difíciles las cosas. Ganaba poco en esos empleos temporales y se veía triste y engañada consigo misma por no alcanzar lo que deseaba. El cariño que nunca me atreví a entregarle, —más que por pudor, por precaución— no quería hacerle creer que no me importaba, que en mis no pocas argucias la conclusión siempre era que la estaba queriendo ínfimamente menos de lo que amaba a mis libros. Pero yo no podía querer a nadie y hubiera sido peor si lo hubiera hecho en medio de aquella investigación, que subía de nivel cada vez que probábamos las nuevas delicias alcohólicas que llegaban a la ciudad.

El dolor se exacerbaba cuando dejaba de tomar, era extraño. Me dolía menos cuando ella estaba, pero el dolor era el mismo, quizá el que cambiaba era yo, no mi situación, no ella, no nuestra relación, siempre en desconstrucción. No obstante, había llegado a varias conclusiones: 1) x kg de carne de res consumida máximo dos horas antes disminuía en casi un y% la probabilidad de morir con z litros de aguardiente, 2) el ayuno sostenido por tres días aumentaba en cerca del y% la probabilidad de morir con w botellas de ron, 3) cuando ella me acompañaba en el experimento, no había ni x, ni z, ni y, ni w, ni mucho menos alguna otra conclusión. Con la llegada íntegra y atroz de la emoción y la excitación, la depresión aumentaba y no quedaba más remedio que dejar para otro día lo que había de terminar en ese momento. Ella me miraba embriagarme con una tristeza desconsoladora, yo le decía: “no te preocupes, estoy cerca de demostrar algo”, y ella: “será demostrar tu estupidez”, y yo no contestaba, me servía otra copa y le decía a los otros con rabia: “es hora de irse, por favor tomen registro de las actividades de hoy”; ellos se reían como marionetas cómicas, ella no. Sinceramente, yo nunca pude saber por qué el dolor volvía en ese momento en forma de mirada inquisidora por parte de ella, con el golpe de la puerta y las carcajadas que se deslizaban roncas por la escalera.

Mi enfermedad se debía, entonces, a la huida de mis amigos o a la presencia de ella. A las botellas ni siquiera las nombraba, nunca las tuve en cuenta, aunque en la penumbra me decía: “debe ser el alcohol u hoy exageré un poco”. Cuando ella también se largaba quién sabe a dónde, porque nunca me lo decía y siempre que me ofrecía acompañarla hasta su casa, me decía: “déjame aquí, no hay problema”; y yo daba vuelta y me iba pensando cómo sería su casa, cómo sería su alcoba, su cama, su madre, su familia y el cielo se me venía encima, y sentía mareos o vértigos incesantes hasta hacerme correr un poco hasta la avenida más cercana para tomar un taxi y luego respirar profundo, esperar que el dolor se fuera, darme cuenta de que no estaba borracho, que la estaba queriendo. Cuando regresaba a mi apartamento, me servía otra copa, necesitaba detener la presión que subía como espuma entre los dedos, desentumecer las piernas, quitarme los zapatos y tirarme a la cama buscando el sueño. Por supuesto, esas noches nunca pude dormir, no era insomnio, era una idea que se me paseaba libre por el pensamiento, era como un presagio doloroso, una señal de algo que estaba por venir, situación que comprendí después cuando me internaron en el hospital por decisión de mi madre, luego de verme echado sobre el sofá con los ojos para dentro, como esos muertos que enseñan en los noticieros sin precaución, con el monitoreo asiduo y continuo de las máquinas que fabrican tenebrosas esa melodía que se escucha en las iglesias cuando alguien se va a casar o es un funeral, aunque no lo puedo recordar muy bien.

Las charlas con el médico me dejaban inequívocamente el ánimo por el piso. Estaba intoxicado. De alcohol claro está, yo me creía que era de amor. A ella la entendí después, no podía creerse enamorada de un idiota que además de borracho era petulante, grosero y un badajo. Nadie fue a visitarme, es triste cuando sólo enfermeras te saludan, y yo decía: “hola, ¿quién está de presidente ahora?, y ellas se reían como tontas, y entonces yo me sentía como una basura y cerraba la boca mientras me inyectaban un poco de suero, porque estaba deshidratado y desnutrido; y les pedía antes de irse que me leyeran un cuento o un poema. Les decía que me gustaban los poemas que hablaban de cosas misteriosas, los que hablaban de guerras, de viajes misteriosos entre la selva, de suicidas empedernidos. Los de amor, dada mi condición de enamorado intoxicado, pues el loco Román tenía razón, me hacían llorar y las enfermeras me abrazaban, y abrazar es un decir, porque sólo me arreglaban las sábanas y me decían: “tranquilo, duerme, mañana será otro día”. Claro, mañana siempre es otro día, como ayer también fue otro. No hubiera pensado nunca que una auxiliar de enfermería podría llegar a ser tan abusiva con un esqueleto.

Nunca supe si estuve enfermo por intoxicación o desamor. Sé que me había prohibido hablar de tópicos románticos, pero cómo negar las causas y consecuencias que se dispersan sobre un cuerpo como un río desbocado cuando llega el invierno. Dejé de asistir a mi universidad por un semestre, ella se retiró y regresó a su tierra natal, esto lo sé porque una amiga me lo contó sucinta y cortésmente una noche en la que la llame. Me dijo que a veces hablaba de mí, que alguna vez se le pasó por la cabeza creer que yo podía cambiar, que ella sinceramente me quería cambiar. Particularmente, yo nunca habría podido imaginar eso, cambiarla a ella, por lo menos. Nuestra amiga en común tampoco guardó para otros algunos secretos que hubiera preferido no escuchar. Pero la verdad duele, es cruel, insondable y premonitoria. No deja rastros más allá que los del deterioro. El lamento volvió esa noche, quise colgar y salir corriendo a buscar mis antiguos lugares, mis viejas aventuras, mi destino. No lo hice. Sabía que no quería volver a ese hospital, odio a las enfermeras al igual que a todas las almohadas, el olor a muerto, el sabor de su gelatina blanda y sin azúcar. Esa misma noche la náusea desapareció, sólo necesité definir, ya con todo claro, aunque no hubiera nada claro para mí ni para ella, el siguiente paso para no repetir de pie. La única salida posible era olvidarme de ella, tal y como ella lo había hecho sin remordimientos, ni merecimientos, ni dolores.

Lo que me contó su amiga —porque después de aquella conversación dejé de llamarla amiga por consideración a mí mismo— en pocas palabras se puede resumir en que ella, mi negra, aunque era de tez blanca, enormes ojos almendrados, sonrisa cavilosa, manos dóciles y a la vez rapaces y fervorosas, como lo advertí después, no era abogada ni estudiante, como alguna vez lo sospeche, quizá sí leía bastante, aunque yo nunca la vi con un libro encima, sino cómplice de una tarea más cómica y que, interpretada de lejos, daba para escribir una historieta muy casual, o como dirían los críticos, un lugar común de la época. Una madre contrata a una joven bella para seducir a su hijo, con el propósito de convertirlo en algo “mejor”. Nada más patético, vulgar y sin sentido posible, que mi madre, la mujer que me pedía sinceridad, respeto, tolerancia y madurez, terminara siendo objeto de tan viles acciones. Lo que sabía mi madre, y que luego confirmó ella, fue que yo era un caso perdido, un vagabundo con buenos trajes, modales y un poco de lucidez. Ya se podrán imaginar la cara de mi madre cuando la increpé un día que acepté sin premura ni altivez una invitación a almorzar. Llegué media hora retrasado, mi padre no estaba en casa como de costumbre, y mi madre me esperaba con un plato de verduras frías y espagueti. El saludo fue tan normal que hasta yo me sorprendí sobremanera con mi forma de actuar. Con eso vienen los años, pensé. “No me puedo demorar”, dije yo; “no empieces”, replicó la voz.

Una vez servidos los platos, me pregunté en silencio cómo puede ser una madre tan cínica y hablar con tanta naturalidad cuando un hijo sabe lo que ella ha hecho con él, lo que no hizo y lo que no hará. Me pareció insoportable dicha situación. Dije: “basta madre”. Es suficiente, mutatis mutandis. Ella me miró sorprendida y dijo: “lo siento”. No sabía que más hacer contigo, sé que te iba bien en la universidad, que tenías aspiraciones, veía en ti una representación perfecta del papel de buen hijo y, entonces, empiezas a trabajar en esa loca investigación sobre los efectos del alcohol en el cuerpo humano, pero dicha investigación era para mí más bien un escape, una cueva que tú abrías para meterte allí y nunca más volver a salir. Por eso hice lo que hice, por eso le pague a esa joven, para que te sedujera, para que no te dejara beber más. Nada funcionó. Un día tocó a la puerta y me dijo, “él está muy mal, ni el amor puede salvarlo”. Lo mejor es dejar hasta aquí los hechos, no quiero tener que sufrir por alguien que no sabe amar (el dolor ya no podía tocarme). “¿Sabe señora?, me gusta mucho su hijo –me dijo–, lo estimo, lo quiero, por eso no deseo estar más acá. Es tiempo de dejarlo intoxicar (el dolor, sí, el dolor ya no podía tocarme), de que recapacite por su propia cuenta, hasta cuándo piensa usted, tener bajo control una vida que no quiere estar bajo control”.

Mi madre alzó la cara, me miró triste y avergonzada, pedía perdón a gritos, pensé que me decía: “eres libre, haz lo que tú quieras pero perdóname”. Pero no dijo nada y se sumió en su gazmoñería. Nunca más volví a verla. Pobrecita mi madre, siempre creyó que yo iba a ser un trasunto perdedor como mi padre. También a ella la comprendí, a la otra quiero decir, gimiendo bajo la luna, diciendo “tengo miedo”. Debía tener miedo de sí misma, de su ambición, de su ridícula tarea. Qué equivocado estaba al pensar que se podía calcular la probabilidad de que una madre hiciera tantas tonterías en un solo año, la probabilidad de que una mujer se enamorara de mí, la probabilidad de que yo descubriera entre tantos errores, el primer error. No voy a decir aquí, que fue la primera borrachera de la universidad, ni cuando perdí la virginidad con una de octavo, una gordita, de sonrisa estrecha y nalgas relucientes. No voy a decir aquí nada, porque es del dolor de lo que iba a hablarles, no de ella; pero, como todo colombiano, terminé hablándoles hasta de mi madre. Aunque nada de ello tenga algo de malo, a mí me parece un acto irresponsable de intimidación hacia quien por algún motivo se acerque a este relato y me vea en la calle, cansado, flaco y alto, el negro, y me pregunte como un idiota: “¿cuándo te enfermaste?”