¿Murió el autor en el arte?

Por Liliana Merizalde

REC 1 Ensayos

La muerte del autor de Roland Barthes ha sido uno de los textos más controversiales, desde su origen, 1967, hasta hoy en día. No sólo contribuyó a cambiar radicalmente la concepción que se tenía de la literatura basada en una figura con características de dios creador, llamada autor, quien no sólo era el gran responsable del texto, sino que de alguna manera dio una pauta para acabar con la individualidad de la literatura. Sin embargo, hoy, muchos años después de que la muerte del autor en la literatura se ha asimilado cada vez más, después de que el texto ha adquirido autonomía, y la figura del autor ha sido fuertemente relegada en algunos casos, da la ligera impresión de que en el arte no siempre se ha asimilado de la misma manera.

Barthes describe en su texto al autor como un personaje moderno, resumen y resultado de la ideología capitalista, que tiene la función de dar centro a la literatura. Es decir, cuando existe el autor, existe una tiranía, una persona, una historia propia, unos gustos particulares de esa persona, unas determinadas pasiones, etc. Por esto, al eliminar esta figura, se retorna a una escritura neutra, en donde se destruye toda voz y todo origen, en donde se pierde toda identidad, en donde el que habla es el lenguaje y no el autor. Inmediatamente la figura del lector en este proceso adquiere gran importancia y se lleva todo el crédito. La obra aparece estática, justificada y valorada sólo en cuanto a sí misma, y el lector tiene la “libertad” por decirlo así, (aunque éste término sea peligroso) de entenderla personalmente, todo esto con base a las pautas que la misma obra brinda, es decir, a sus características intrínsecas. Al aplicar esto al mundo del arte, de alguna manera cuesta más trabajo, porque a través de los años la obra de arte se ha concebido de la mano del creador, figura que no sólo justifica y explica la obra de arte sino que al mismo tiempo da una pauta para su valoración. A través de toda la historia del arte nos encontramos con que la mayoría de las veces los cuadros son valorados por su creador. A veces se valora un Picasso porque es un Picasso o un Miró porque es un Miró más que por el cuadro en sí. Aunque esto no quiere decir que nunca se valoren la técnica y la calidad.

Es decir, Miguel Ángel, Rafael y Leonardo Da Vinci entre otros, llegaron a ser estas grandes figuras en la historia del arte a causa de su gran calidad y talento que los instauró en una posición de verdaderos maestros. Inclusive, no hay que olvidar que si se valora un Picasso por ser un Picasso se debe en una primera instancia a sus grandes cualidades como artista que revolucionaron la pintura. Sin embargo, la obra de arte no se ha soltado del todo de la mano del artista. No ha llegado a ser neutra. Un determinado cuadro de Picasso por bueno que sea, sigue siendo valorado bajo la lupa de talvez el artista más importante del siglo XX y no ha perdido la identidad (en términos de Barthes). Lo que nos habla entonces no es sólo el lenguaje, no son sólo las pinceladas, la forma, el color, etc; es Picasso, es el gran artista que de alguna manera hace que ese cuadro valga cientos de miles de dólares.

La obra de arte, no se ha desligado entonces de un referente temporal anterior. Todavía existe ese tiempo pasado, del que habla Barthes cuando afirma que cuando se cree en el autor, éste se concibe siempre en el pasado de su propia obra, y así se conciben la obra y el autor en una línea temporal en dónde se recurre al autor para nutrir a la obra. Todavía no se ha llegado del todo en el arte, al nacimiento simultáneo del artista y la obra. Sin embargo, al aplicar la definición de Barthes de que el texto (en este caso sería la obra de arte en general) es un espacio de múltiples dimensiones en el que se concuerdan y contrastan diversas escrituras, y que ninguna de estas es original, vemos que la actual concepción de arte no se encuentra tan alejada de esto. Hoy en día el concepto de originalidad se encuentra basado en el cómo y no en el qué. Se tiene muy claro, y a la hora de crear se da por sentado, que no existe tema que nunca se haya tocado, material que nunca se haya utilizado, concepto que nunca se haya trabajado. La originalidad de su obra se basa es en la manera cómo éste artista tome, mezcle y apropie todos estos elementos en la creación de una obra única y personal. Es aquí donde se podría decir que la figura del autor o creador desaparece en el arte, en cuanto a que no crea, sólo retoma (por decirlo así). Y hasta se podría afirmar que ha habido varios intentos artísticos para desacralizar esta figura de artista creador o por lo menos ir dejándola de lado. Los colectivos y las creaciones en grupo son una muestra de esto, ya que se pierde la figura del creador único como referente. Ya no sabemos quién creó la obra, ni cuántos años tiene, ni bajo qué condiciones. Sólo sabemos que la obra es un producto de varios artistas escudados bajo un nombre y que aparece como obra única que sólo puede ser juzgada en cuanto a sí misma. Inclusive, existe el caso en el cual ya no se sabe si realmente el colectivo sí es un colectivo, como hizo Walid Raad al crear el Atlas Group, un “colectivo” que en realidad estaba sólo constituido por él. De esta manera el autor se escuda bajo la obra, se esconde, dando lugar a que el espectador (Barthes habla de lector), sea quien “…mantenga unidas en un mismo campo todas las huellas que constituyen el escrito” (Barthes: 71), en este caso, obra de arte.

Sin embargo, son relativamente pocas las veces en que la obra de arte ha sido valorada en cuanto a sí misma. Todavía falta mucho para que se mate realmente al artista. No más hay que mirar la noción actual de artista, en la cual éste ya no sólo es un referente de la obra, quien la justifica y quien le da valor, sino que inclusive en varias ocasiones se encuentra dentro de la obra misma. Este es el caso de los artistas que viajan con su obra dando conferencias, que no sólo la explican y la justifican, sino también la completan. Y es también el caso de algunos performances en donde el artista no sólo es quien tiene la idea y la desarrolla, sino que a veces él es parte de su misma obra. Esto lo vemos, por ejemplo, en el performance que Pierre Pinnocelli realizó en Cali en el 2002 en dónde la obra se constituye del mismo artista, (y en este caso es más extremo aún), del mismo cuerpo del artista. Me atrevo a decir que Barthes se enfurecería al saber que la importancia del autor-creador ha llegado a tal punto en que la figura del artista se ha convertido, muchas veces, en la obra misma.

 

Bibliografía

  • BARTHES, Roland. “La muerte del autor”. De la obra al texto.