Muerte Por Chocolate

Por Juan Santiago Vieco

REC 10 Cuentos

El reporte oficial del forense declaraba que la muerte del joven Elías había sido provocada por una sobredosis de chocolate. Ahora recuerdo que alguna vez le oí decir “yo quiero una muerte por chocolate”, en ese momento no lo entendí y creo que todavía sigo sin entenderlo del todo. Las circunstancias de su muerte siguen siendo un misterio. Llevaba varios días encerrado en su habitación ubicada en el cuarto piso del edificio Cosmos cuando lo encontraron. Un portero me dice que lo vio salir un martes en la mañana; dos semanas después fue encontrado bocabajo en el suelo junto a su cama, rodeado de miles de envolturas de chocolates. Laura, la chica con quien salía pero a quien nunca presentó como su novia, fue quien lo encontró. Ella había ido a buscarlo al no saber de él durante la semana. Dice que habían pasado el fin de semana juntos en la cabaña de los padres de Elías fuera de la ciudad. Según la declaración de Laura “Elías había actuado normal durante el fin de semana, alegre como de costumbre, sólo me pareció raro que hablara constantemente de un antojo de chocolate y sonriera cada vez que lo hacía. La última vez que lo vi fue el domingo en la noche cuando nos despedimos; mencionó que iba a parar en el supermercado a comprar chocolates y luego iría a casa”. Ninguno de los porteros que tuvieron turnos esa semana lo vio regresar al edificio.

Nadie cercano, además de Laura, lo vio durante esas dos semanas desde que salió del Cosmos. Encontraron un recibo del supermercado en el pantalón que llevaba puesto. La fecha en el recibo coincidía con el viernes horas antes de encontrarse con Laura y registraba la compra de una cantidad vulgar de chocolates. Al investigar, la policía encontró a la cajera que había registrado la compra, pero al interrogarla no encontró información útil. La mujer ya lo había atendido varias veces; comentó que le parecía extraño que alguien comprara tantos chocolates “desde hace unos dos meses lo hacía cada semana, pero parecía un muchacho normal”.

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Cuando fui a su apartamento, a recoger algunos libros que le había prestado hace unos meses, tuve el atrevimiento de esculcar su biblioteca. Tomé una pequeña libreta púrpura que me llamó mucho la atención por ser el único libro que intentaba pasar desapercibido debido a su sencillez entre aquel estante estrafalario. Al abrir la libreta me estrellé contra una caligrafía críptica, similar a la de una receta médica, a la cual me tomó tiempo acostumbrarme. Había varias notas, ecuaciones y dibujos de modelos quánticas; ninguna de ellas me decía nada excepto una entrada cerca del final: 6 de mayo té no funcionó, tal vez chocolate sirva. Luego de eso había varias ecuaciones que relacionaban variables de espacio, tiempo, materia y energía.

Llevé una copia al Profesor Abad, director de investigaciones quánticas del instituto internacional de física, para que me explicara el significado de esa pequeña frase. El doctor Abad no fue capaz de descifrar en su totalidad el codex de Elías, pero logró darme una idea sobre de qué se trataba. Elías se encontraba trabajando en la formulación de una teoría: “a partir de la degradación de una molécula X se liberan partículas de antimateria, o antipartículas, que pueden generar una inversión en la tela del espacio-tiempo. Al liberarse estas antipartículas, causando una deformidad en el espacio-tiempo, hacen que el universo se comporte de manera errática: permitiendo el acontecimiento de eventos infinitamente improbables como la tele-transportación y los saltos temporales. Todo, siempre y cuando la cantidad correcta de antipartículas sea liberada de la molécula apropiada en el momento y lugar adecuados”o al menos eso fue lo que le entendí al profesor Abad. Era tan sólo una teoría, una serie de hipótesis producto de una inmensa imaginación. Lo que planteaba rayaba con lo fantástico, los viajes en el tiempo y la tele-transportación sólo eran posibilidades matemáticas; pero las aplicaciones reales que tendrían esas formulaciones generarían toda una nueva revolución científica. Al volver a mi apartamento, luego de mi visita a la facultad, me senté al borde de la cama. Pensé en él. Pensé que tal vez algún día volvería a ver a mi amigo.

Recuerdo a Elías como alguien sumamente divertido, no hablaba mucho y era bastante tranquilo, pero siempre que hacía una observación me hacía reír (aunque no mucha gente entendía sus chistes). Era un poco excéntrico, tenía ciertas manías, las mismas que caracterizan a los genios. Le gustaba hablar de paraguas y de cómo mejorar su diseño para mantener al usuario más seco. También cargaba con dos relojes, uno de pulsera con la fecha y hora exacta, y otro de bolsillo atrasado 5 minutos, decía que era “para tener siempre 5 minutos más en el bolsillo”. Pero lo que más recuerdo es que detrás de su mirada había cierta malicia: cómo si estuviera a punto de realizar el truco de magia más sorprendente que la humanidad hubiera visto jamás, y sólo él supiera el secreto detrás del gran misterio.

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Unas semanas después del incidente, revisando los libros que le había prestado, encontré resaltado el siguiente extracto: “El principio de generar una pequeña cantidad de improbabilidad finita al conectar los circuitos lógicos de un procesador a un graficador vectorial atómico suspendido en un generador de movimiento browniano fuerte (digamos una agradable taza de té), es una imposibilidad virtual…Construir una máquina que pueda generar un campo de improbabilidad infinita suficiente para saltar distancias estelares es una imposibilidad virtual…Si tal maquina es una imposibilidad virtual entonces es lógico que sea una improbabilidad finita”. Esto era de una novela de ciencia ficción en donde se narra la invención del motor de improbabilidad infinita. Este motor permite pasar por todos los puntos del universo en un mismo instante y detenerse en las coordenadas insertadas en el sistema de navegación en tan sólo unos instantes.

El detective Milana, encargado de la investigación, cerró el caso tres meses después de iniciado. En su declaración final dijo que se trataba de un desafortunado accidente y era lamentable la pérdida de una persona tan prometedora a tan corta edad. Este es el reporte:

El cuerpo del joven Elías Bragg fue encontrado sin vida el día sábado 14 de julio en su domicilio particular ubicado en el número 1526 de la calle 42, habitación 420. El reporte oficial indica que la causa de muerte fue una falla cardiaca ocasionada por una hiper-glicemia originada por consumo excesivo de chocolate. La prueba de temperatura del hígado reveló que llevaba más de 3 días muerto cuando fue encontrado. La investigación reveló que el chocolate fue comprado el viernes 6 de julio en el supermercado ubicado en el 1020 de la calle 42, y no presentaba alteraciones fisicoquímicas ni biológicas. El joven fue visto por última vez por la srta. Laura Espinel, con quien pasó el fin de semana del 7 al 8 de julio en la cabaña “Trinidad” en las afueras de la ciudad, una semana antes del siniestro. Se presume que el joven entró a escondidas al edificio el día domingo 8 de julio cerca de la media noche, momento en el cual el señor Tiberio Rodríguez (portero de turno) se encontraba fuera de su puesto. Permaneció el día

lunes encerrado y en algún momento entre el lunes y el martes consumió una cantidad aproximada de 1.32 kgs de chocolate. Entre las pertenencias que fueron halladas en el cuerpo se encontraban: un recibo de supermercado que indicaba la compra del chocolate en la fecha previamente anotada, una cadena de plata, y un reloj de pulsera descompuesto que marcaba las 10:45 del 17 de julio”.