Mi nombre es Florence

Por Lao Crisantemo

REC 9 Cuentos

1

No hace nada por evitar las lágrimas que caen hasta las hojas del libro que reposa abierto sobre su pecho. Al principio ruedan con fuerza, pero después se van quedando a medio camino en las mejillas. La luz de la lámpara proyecta la silueta de un hombre viejo y cansado, rodeado de bestias que bailan al ritmo de un violín solitario en una ceremonia de agonía que se extiende hacia un horizonte desdibujado por la mala memoria de las ansias. Se levanta al baño por un vaso de agua; cuando regresa se toma una pastilla, repite el nombre de ella y baja el interruptor. El libro queda en el suelo, de donde lo recogerá a la mañana siguiente antes de salir a trabajar.

2

León María era un hombre tranquilo que vestía de oscuro y tomaba leche fría en las tardes. Había heredado un almacén de artículos inútiles cuya ubicación en pleno centro de la ciudad lo convertía en punto de referencia para nativos y turistas. “Se venden recuerdos y nostalgias”, rezaba el aviso en letras azules que colgaba sobre la puerta. Adentro todo estaba en un desorden equilibrado que le permitía a León María encontrar el escudito o la muñeca de ojos acuosos, sin perturbar la calma de los otros objetos que se reproducían sin conmiseración pero que siempre encontraban el lugar preciso para su naturaleza de papel, metal, tela, porcelana, o alguna extraña combinación de materiales, y que casi siempre yacían bajo una capa de polvo que aumentaba su valor sentimental y comercial; los compradores solían confundir mugre con historia.

Una mañana la campanita del almacén sonó. León María estaba al fondo del almacén examinando una vajilla que había rescatado de las manos de unos parientes lejanos que usaban la ensaladera como bañadero para las palomas, y organizaban un festival el último viernes de cada mes, en el que se jugaba disco con los platos grandes y se bailaba flamenco al ritmo de castañuelas improvisadas con los platos pequeños; así que no escuchó los primeros pasos de una mujer que avanzaba con cautela mirando con curiosidad las enormes cantidades de basura que escondían pequeños tesoros: cajitas talladas en cuernos de unicornio, cucharitas del servicio de un Papa muerto por envenenamiento, animalitos de vidrios de colores, y hasta joyas de alguna aristócrata venida a menos. La mujer se detuvo frente a un tubo de cobre que terminaba con dos espejuelos hechos en vitral y que descansaba sobre unas patas que le daban el aspecto de un insecto al asecho, y carraspeó para llamar la atención de León María.

— Quisiera saber qué es esto.

León María terminó con la pieza que tenía en las manos y se levantó con la parsimonia de quien administra memorias ajenas, se retiró las gafas y caminó hacia la mujer.

— Caleidoscopio. Mediados de siglo. Cartucho de bala de la Guerra Negra. Vitrales de Venecia.

Sin dar tiempo a más, regresó al escritorio y siguió concentrado en su trabajo, pero antes de que pudiera descifrar la referencia del pocillo, la mujer volvió a carraspear y con una sonrisa le pidió que lo envolviera en papel de protección. Sólo cuando el paquete estuvo asegurado, León María alzó la mirada y lo entregó con orgullo.

— Se lleva usted mi favorito.

La mujer volvió a sonreír, y por primera vez León María pudo contemplarla detenidamente: el mundo se le redujo a la belleza de un rostro pálido y delgado.

— Yo soy León María, ésta es mi tarjeta.

La mujer recibió la tarjeta, y la gracia de su movimiento inundó la estancia. Estiró el cuello para ver lo que había tras una puerta mal ajustada y, después de un par de rodeos, se encaminó a la calle. Al salir hizo sonar de nuevo la campanita:

— Mi nombre es Florence.

A partir de entonces el tiempo perdió la forma, y los colores de las horas se revolvieron para León María. Los paisajes abandonaron sus días habituales: de pronto un árbol lluvioso de martes se plantaba en medio de un miércoles, o millones de flores como mariposas con tallo crecían un jueves en lugar del lunes. Pronto León María llegó a la conclusión de que el reloj y el calendario habían dejado de ser útiles; para entonces el tiempo lo medía la ausencia de Florence. Cada vez que sonaba la campanita del almacén, nacían la esperanza y el miedo; y la soledad caía con todo su peso sobre la vida de un hombre que comenzaba a perder la tranquilidad. Pero bastaba una compra ordinaria o un pedido extraordinario de una llamada local desde el teléfono del almacén para devolverle el sentido a la realidad.

3

Se encontraron por segunda vez cuando León María estaba poniendo el candado en el cerrojo de la ventana que servía de vitrina exterior al almacén, y Florence llegó apurada y le pidió que la dejara pasar.

— Está cerrado, vuelva mañana.

Florence no se movió y antes de que abriera de nuevo la boca, León María estaba deshaciendo sus movimientos. Era tarde y el almacén estaba más oscuro que de costumbre. León María subió un interruptor y, para sorpresa de Florence, una serie de farolitos distribuidos a diferentes alturas se encendieron y alumbraron con intermitencia.

— Es un sistema extraño y poco útil, como la mayoría de cosas en este lugar —dijo León María.

— Es hermoso —respondió Florence con una voz suave, como si viniera de muy lejos.

4

Después de una larga ausencia, Florence volvió a aparecer en el almacén y al igual que la última vez, salió con un regalo. Así fue como su nombre comenzó a atarse al paisaje de la memoria de León María, quien desde la venta del caleidoscopio había decidido renovar el muestrario para satisfacer los deseos mudos de Florence.

No importaba si se veían en un café o en la banca de un callejón estrecho y empedrado, siempre terminaban en el almacén. Nunca usaron el teléfono, fue como si en silencio se hubieran prometido no reemplazar el sonido metálico de la campanita o el llamado hueco y prehistórico de los nudillos golpeando la madera. Una noche el interruptor de los farolitos no funcionó y tuvieron que entrar al cuarto de reparación de cajas de música y cucús. Florence le preguntó por qué los tenía guardados y no los exhibía. León María le contó la historia de su pasión por esos objetos y concluyó, tajante, que ninguno de ellos estaba a la venta. Durmieron juntos. A la mañana siguiente, León María se despertó temprano y salió a comprar el desayuno, mientras Florence seguía descansando en la incomodidad del suelo. A su regreso, sólo encontró el caleidoscopio con una nota que decía nuestro favorito.

5

Cansado de estar a la espera del sonido cada vez menos confiable de la campanita, León María aprovechó la siguiente visita de Florence, y antes de saludarla, le preguntó dónde la podía encontrar. Florence sonrió con tristeza y no respondió hasta el final de la tarde, cuando dejó a León María inventariando una colección de guerreros de yeso pintado.

A pesar de la placa que compró León María para anunciar los cambios en el horario de atención del almacén, el tiempo no recuperó la forma. Una amnesia callada se instaló lentamente en sus manos y fue ocupándole todo el cuerpo hasta derrotarlo. Sólo se salvó el nombre de una mujer, un nombre atado a miles de pequeños objetos que saltaban de un lugar a otro para componer una y otra vez el paisaje de la memoria de un hombre que perdió definitivamente la tranquilidad y encontró en el sueño el último resquicio de paz.