Merlet

Por Laura Imery Almario

REC 7 Cuentos

Sentado en el borde de su balcón, construido en piedras antiguas, como lo hacía una vez a la semana, supo de pronto que algo especial y extraordinario había cambiado; la certeza de este acontecimiento lo golpeó arriba del ombligo, como si de pronto en su interior algo se despertara de un sueño profundo. El viento pasaba moldeándole la cara, haciéndose partícipe del suceso. Merlet, así se llamaba el hombre, miró hacia abajo dejándose poseer por esa sensación embriagadora, ese vértigo que produce estar en un piso trece, sentado al borde del vacío.

Extasiado por su reciente descubrimiento observó, desde su posición privilegiada, los carros azules, rojos, blancos, pero sobre todo grises como ese día en que la lluvia parecía un mar compacto cayendo sobre la ciudad recién comprendida. Merlet, empapado y desnudo pero sin frío, entendió por fin su desprecio infinito hacia los automóviles, hacia cualquier medio que de alguna manera aislara, encerrara y apartara. Esas pequeñas cápsulas que guardaban, bajo un metal caliente, personitas trabajadoras, tristes o felices, pero en cualquier caso ignorantes. Nadie en el mundo conocía lo que él acababa de entender. Lo había sospechado desde sus primeros años, cuando vivía con la abuela en la granja, solitaria y amable, donde pasó hermosos años con olor a heno, a leche fresca, a trigo. En esa granja acogedora dio tembloroso los primeros pasos; no los de su vida, sino los primeros hacia donde se encontraba ahora, hacia ese descubrimiento único. Fue allí, muy pequeño, poco después de la muerte de sus padres, cuando en su interior apareció la certeza de que algo estaba mal con el tiempo. Lo sintió una tarde que llovió fuertemente. Sentado en un sofá, miraba el reloj y no podía creer que hubiera transcurrido tan poco desde que estaba allí esperando que escampara. Decidió entonces hacer que las horas, los minutos y los segundos se dieran prisa pero por más que saltó, gritó, rezó y adelantó el reloj, todo seguía transcurriendo con la misma asombrosa lentitud.

Durante los años siguientes se dedicó a estudiar el tiempo de todas las maneras posibles. Alguna vez, siendo joven, elaboró una teoría, era sencilla y para él infalible. Esta le surgió después de una observación exhaustiva con la cual pudo concluir que el tiempo transcurría sobre los lugares u objetos cuando nuestros ojos dejaban de enfocarlos, por eso cuando volvía a una ciudad abandonada la encontraba tan deteriorada. Se propuso pues, mirar durante tres días con sus noches respectivas un único objeto inmóvil en su cuarto: una manzana. Esta, al final del experimento, debía permanecer intacta pues los ojos no habían dejado de enfocarla. Sucedió, sin embargo, una serie de problemas; el ojo necesitaba parpadear al menos una fracción de segundo, en la cual el tiempo, el implacable, podía pasar sin ser visto. Descartando triste este intento, se desvió por otros caminos; quiso descifrar el tiempo pintándolo, retratándolo, lo quiso saltar, saborear, tocar, ahogar. Su vida entera fue dedicada a ese único fin.

Llegó un momento en que pensó comprender que el tiempo era una música que de tanto sonar ya no se escuchaba, marcando a tres cuartos y compás a compás las horas, los días y los años de cada ser. Sin embargo, tras una revisión más exhaustiva, llegó a la verdadera respuesta. Concluyó que el tiempo era un olor, un aroma exquisito y puro que cambiaba con el día, con las situaciones, el calor o el frío, como aquella vez en la granja de sus recuerdos. Así, cuando llovía, el tiempo se detenía un poco, pues su olor no podía pasar entre las gotas. Por este hecho odiaba los carros, porque su contaminación agredía el olor del tiempo, lo profanaba y transformaba, estos gases lo impulsaban y lo hacían mover más rápido, por eso en la ciudad todo era prisa.

Tras toda una vida de experimentos, teorías y pruebas, finalmente Merlet lo entendió, y desnudo decidió mostrar al mundo que el tiempo era más lento cuando una lluvia monzónica impedía su paso, encapsulando su olor. Contento por su hallazgo final, se lanzó al vacío sabiendo que el tiempo lo dejaría descender suavemente.