Meditaciones en un bus

Por Sebastián Murgueitio

REC 8

Ahora que miro al piso del bus —pero sólo en estos momentos cortos en los que miro cosas como el piso para no mirar nada— me doy cuenta de lo raro que es dedicarse a actividades como escribir ensayos filosóficos. De lo extraño que es decidir tener que pasar horas, noches y semanas pensando en problemas como la tesis representativa del lenguaje o las descripciones definidas o el ser-ahí. Es mucho más raro que yo mismo sufra la presión de tener que escribir un buen ensayo, que me angustie algo como el poder explicar la interpretación de lo que son leyes abstractas desde el positivismo lógico, mientras que la vida real (sí, la real) no se parece en nada a esto. Y en ningún sentido se parece; ni en este bus jamás encontraré algo que tenga que ver con estas cuestiones filosóficas, ni tampoco cambiaría alguna cosa si yo no hubiera aprendido algo de ellas. Lo raro es que hay toda clase de sufrimientos, sufrimientos de hambre, de dolor, de soledad y todo tipo de preocupaciones; qué hacer con ella, cómo contarle a mis padres, cómo guardar una mentira. ¡Y yo preocupado por escribir un ensa-

yo sobre algo tan irreal y lejano! Pero no me siento mal ni culpable, de hecho, me gusta poder jugar a cosas ficticias y lejanas, así tenga que aceptar que este bus, que es tan real, no se parece ni a las letras ni a los pensamientos, como no se parece tampoco ninguna otra cosa en el mundo. Y pese a lo extraño y abstracto que es el lenguaje —en particular el escrito—, es muy raro que yo pueda hacerle ver ya el dedo pulgar de la mano derecha que debe estar a la derecha de estas palabras. Es muy raro que yo lo obligue a mover sus ojos y sus dedos y que usted se mire en este momento la posición del dedo índice de la mano izquierda. Mírelo. Sé que me hizo caso, y si no, es más raro que intente resistirse a una inerte, muda e involuntaria conjunción de pequeñas figuras. Es raro que usted mueva sus dedos porque necesita pasar de página, porque necesita continuar unos símbolos. Es muy raro que yo vaya en este bus, que esté escribiendo en este momento y que usted esté leyendo. Se me ocurre que así como en la física uno debe tener en cuenta el tiempo que tarda en llegar la información de un fenómeno a otro, así quien escribe debería tener en cuenta las diferencias de tiempo. En vez de usar el presente, deberíamos usar el pasado, para que sea más literal, más real, más coherente con el que lee. Es que hablar en presente es estúpido porque mi presente como el que escribe será siempre el pasado de su lectura. Yo debería entender eso. Para qué confundirlo con una multiplicidad de tiempos incompatibles. Lo único presente ahora es el recorrido de sus ojos por estas letras. En cualquier otro momento salvo en éste en el que usted lee, no tiene sentido pensar un presente.