Los Gatos de Atabá

Por Christopher Tibble Lloreda

REC 10 Cuentos

Los gatos empezaron a llegar a medianoche. Bajaron de la montaña, salieron del río, entraron por los musgosos rieles del tren. Algunos aparecieron debajo del puente, otros en las azoteas, uno que otro entre las ramas de un árbol. A las cinco y media de la mañana, hacia los primeros destellos del sol, había cientos de gatos, gatas, gaticos y gaticas merodeando por el poblado de Atabá. Había siameses, persas, siberianos, somalís, híbridos, conchosos, manchados, pulgosos, enanos, montañeses: toda la plétora de posibilidades. Unos se infiltraron en las casas, escurriéndose por las ventanas en busca de comida, otros se quedaron revolcándose en el pasto. Varios habitantes abrieron los ojos para encontrarse con gatos entre las sábanas o sobre el mesón de la cocina. Otros se despertaron oyendo un leve y constante gemido, recordándoles del quejido del antiguo tren que hace años no escuchaban. Suponiéndose un caso aislado, ninguno reaccionó con asombro frente a la ofensiva felina y fue sólo cuando salieron de sus casas a trabajar que quedaron patitiesos.

Un incontable número de gatos vagaban por las calles. Los vecinos se miraban entre ellos, se rascaban el pelo. Doña Florinda se encerró en su casa, cerró con candado, prendió unas velas en frente del retrato de su difunto esposo y arrodillándose se puso a rezar. Gimiendo desconsoladamente alzaba las manos al cielo. Con fervor repetía sus rezos, apretaba su rosario, mirando de vez en cuando las ventanas, aterrada. Su hija, María, encerrada en su cuarto por ordenes de su madre, observaba desde la ventana la procesión gatuna con taciturna dicha. Veía como los gatos se revolvían sin afán, montándose unos encima de otros, como criaturas ciegas divagando al azar. Algunos se rasguñaban tiernamente, algunos afilaban sus garritas contra los arbustos de los jardines. Ocasionalmente los sollozos de su madre se filtraban por debajo de la puerta deshaciendo su tranquila estupefacción.

En la casa de enfrente, Don Eusebio estaba tremendamente agitado. Su primera reacción cuando iba a salir a trabajar fue sacar su escopeta y empezar a bolear plomo. Justo antes, en las horas de la madrugada, lo había levantado los estornudos de su niñita de dos años. Cuando entró al cuarto de la bebe encontró un gatito negro ronroneando dentro de su cuna. Lo agarró de la nuca y lo arrojó por el balcón, sólo para encontrar la calle repleta de gatos. Al ver el peludo reflujo de colores, patitas y maullidos fue en seguida a su closet para cargar su arma de fuego. Sin embargo, su esposa, que estaba igual o aun más conmocionada que él, se le arrojó a los pies para suplicarle que considerara sus acciones. Le dijo que esto era la voluntad del señor, que era un milagro. Le pidió que se calmara, que se tomara alguito y esperara a ver que pasaba. Después de un largo altercado Don Eusebio cedió: le entregó el arma a su mujer y se sentó en el comedor renegando.

A unas cuadras de dicha casa, la gente para colmo, escuchaba aterrada la siniestra risa que provenía de la carcomida mansión de quien en antaño fue uno de los hombres más poderosos del pueblo. Se trataba de Don Jacinto de la Cruz, un ávido empresario que logró acumular una considerable suma de dinero arrendándole bueyes de trabajo a la gente del poblado. Pero el paso del tiempo le fue arrebatando a los miembros de su familia hasta desembocarlo en las turbias aguas del alcoholismo, donde permaneció estancado. Ahora, a sus setenta años, un borracho Don Jacinto no podía dejar de carcajear. Su estruendosa risa levantaba hasta la mirada de los insulsos felinos. “¡Mierda!” gritaba, “¡Les dije que esto iba a pasar! ¡Mierda, les dije!” su afable alegría retumbaba entre los muros de su casa.

Así fue como el pueblo de Atabá fue sometido a un episodio sin precedentes. Las calles fueron remplazadas por un tapete de pelo vivo, el chirrido de los pájaros por un insoportable maullido. Los perros se escondieron en sus guacales y los pocos gatos domésticos se unieron a sus compañeros. Los residentes sellaron sus ventanas con tablones de madera. A los niños los mandaron a dormir. Los padres se quedaron contemplando como podían comunicarse entre ellos. Por varias horas la confusión se contuvo en cada residencia hasta que un vecino de Don Jacinto, un adolecente llamado Edwin, subió a su azotea empuñando un montón de piedras. Harto de la insolencia felina y del desmesurado carcajeo de Don Jacinto, Edwin empezó a tirarle piedras a los gatos. Para su sorpresa, su ofensiva no dio frutos. Los gatos parecían no sentir el impacto de sus proyectiles. Si acaso lo miraban. La mayoría ni reaccionó.

Edwin no sabía que hacer. Estaba estupefacto. Con cada piedra que lanzaba su rabia incrementaba. Empezó a gritarles. Se volteó, bajo las escaleras corriendo, salió por la puerta de su casa y en un frenesí arrancó a patear los gatos. En vez de salir volando los gatos se le adhirieron a sus zapatos con las garritas. Parecían ser inmunes a sus golpes. Edwin no se detuvo. Desquiciado seguía arrojando sus piernas y gritando frenéticamente. Poco a poco, los gatitos empezaron a trepar por su pantalón. Con insípidos maullidos, los gatos lo miraban, rodeándolo cada vez más. Edwin gritaba, “!Ayuda, ayuda¡”, consciente de que ya no se podía mover. Sus rodillas aflojaron y entre sollozos Edwin cayó arrodillado en medio del tumulto felino. Los perezosos gatos, con despreocupada curiosidad, envolvieron el cuerpo de Edwin hasta cubrirlo en su totalidad. Varios vecinos, algunos llorando, vieron el incidente desde sus ventanas.

Los gatos amotinaron Atabá. Era un hecho. Mediante aviones de papel toda la población se enteró de lo que le ocurrió a Edwin. Decidieron que lo mejor era quedarse quietos y aguantar la marea felina con estoica parquedad. A pesar de los incesantes gemidos, de las olas de finos pelos que levantaba la brisa y de la reciente tragedia, los habitantes de Atabá no movieron ni un dedo. El tiempo transcurría con lentitud, al ritmo del constante y tranquilo revolver felino. Los minutos se convirtieron en horas y estas en días. La comida empezó a escasear. Varios niños se enfermaron por el abundante pelo suelto de los gatos. Muchos dejaron de hablar y se resignaron al silencio. Otros se dedicaron a tomar y unos pocos a rezar.

Finalmente al alcalde se le ocurrió una idea. A pesar de la catástrofe había logrado mantenerse de buenos espíritus pues sus conocidas aspiraciones poéticas lo habían forzado a contemplar el evento con cierto romanticismo. Le pidió a sus vecinos inmediatos que se pasaran a su casa a través del tejado para explicarles el plan. Su plan era lo siguiente: reunir todos los muebles y objetos de madera y llevar los artefactos en los bueyes a la plaza central para hacer una pira, aprovechando que las pesebreras quedaban al lado de su casa. Su argumento era que quizá el fuego atraería a los gatos, de no ser así por lo menos existía la posibilidad de que un viajero viera la columna de humo en la distancia. La idea fue recibida con algo de escepticismo pero decidieron llevarla a cabo. Aguardaron que fuera de noche para ejecutar el plan. Observaron el final del atardecer desde el balcón del alcalde y bajaron por los bueyes.

Con taciturna eficacia amarraron los objetos a los animales de carga y salieron a confrontar la plaga felina. El alcalde lideró la caravana de ocho bueyes. Los frívolos gatos comenzaron a treparse por las piernas de estos, arañándoles los muslos y haciéndolos gemir. Pero ya se habían percatado de esta posibilidad y cada miembro de la tropa contaba con una antorcha para repeler los gatos. Al cabo de seis viajes el alcalde concluyó que la pira ya era lo suficientemente grande como para prenderla. Roció la madera con gasolina, arrojó el tanque vacío, prendió un fosforo y lo tiró. El fuego brotó inmediatamente, deslizándose como una serpiente entre los artefactos hasta consumirlos en una brillante y eufórica llama.

El plan funcionó. Los ociosos felinos empezaron a proceder absortos hacía la llamarada. El resplandor del fuego se coló en las casas, animando a sus aturdidos habitantes. Aprovechando el movimiento de los gatos los padres despertaron a sus hijos, les dijeron a sus esposas que empacaran y arroparan a los ancianos. Se iban de Atabá.

Unos meses después un llanero le contó a sus amigos que hace unos semanas, en un viaje de negocios, había pasado por Atabá. Les dijo que el pueblo estaba abandonado. Que cuando llegó las ventanas de las casas estaban tapadas con tablas de madera carcomida, los arbustos rasguñados, la plaza central cubierta en hollín y que los remolinos del río estaban cubiertos de pelo. Les dijo, además, que cuando ya estaba de salida escuchó una atronadora risa seguida por una voz que decía, “¡Mierda, que delicia esta soledad!”.