Los destructores (1954)

Por Graham Greene

REC 7 Cuentos

Traducción de Juan Camilo Brigard
Tomado de la versión de Collected Short Stories, Penguin Books,1986.

 

1

Fue en la víspera del Feriado Bancario de agosto cuando el último recluta de la pandilla común de Wormsley se convirtió en el líder. Nadie estaba sorprendido a excepción de Mike, pero a Mike a sus nueve años todo lo sorprendía. “Si no cierras la boca”, alguien le dijo una vez, “un sapo se te meterá por ella”. Después de eso Mike apretaba con fuerza sus dientes a excepción de cuando la sorpresa era demasiado grande.

El nuevo recluta había estado en la pandilla desde principios de las vacaciones de verano y todos reconocían las posibilidades que había en su ensimismado silencio. Él nunca desperdiciaba una palabra ni siquiera para decir su nombre, hasta eso requerían de él las reglas. Cuando decía “Trevor” era una sentencia de hecho, no una sentencia vergonzosa o de desafío, como habría sido de cualquiera de los otros. Ni nadie se reía, excepto Mike, que al encontrarse sin apoyo y frente a la sombría mirada del recién llegado, abría la boca y callaba otra vez. Existían todo tipo de razones por las que “T”, como después fue llamado, debió haber sido objeto de burlas; estaba su nombre (y lo habían substituido por su inicial porque de otra forma ellos no habrían tenido excusa para no burlarse de él), el hecho de que su padre, un antiguo arquitecto y presente clérigo, había “descendido socialmente” y que su madre se consideraba mejor que sus vecinos. ¿Qué, si no una cualidad dispar de peligro, de lo impredecible, lo incluyó dentro de la pandilla sin la común e innoble ceremonia de iniciación?

La pandilla se reunía todas las mañanas en un parqueadero improvisado, el lugar en el que había caído la última bomba del primer bombardeo. El líder, que era conocido como Blackie, decía haberla oído caer, y nadie era lo suficientemente preciso en sus fechas para señalar que él habría tenido un año y habría estado profundamente dormido en la plataforma baja de la estación subterránea de Wormsley. En un lado del parqueadero estaba la primera casa ocupada, la número 3, de la destrozada Northwood Terrace: literalmente prestada, porque había sufrido la última bomba y las paredes de los lados estaban apoyadas en tornapuntas de madera. Una bomba más pequeña y explosivos habían caído más allá de ella, tanto que la casa estaba erigida como un diente filudo y llevaba en su pared más lejana las reliquias del barrio, un guarda escobas y los residuos de una chimenea. Las palabras de T, que se limitaba a votar “sí” o “no” para los planes de operaciones que Blackie proponía cada día, una vez sorprendieron a toda la pandilla al decir melancólicamente:

—Papá dice que Wren construyó esa casa.

—¿Quién es Wren?

—El hombre que construyó la catedral de St. Paul’s.

—¿A quién le importa?, —dijo Blackie— es solamente la casa del viejo Miseria.

El viejo Miseria —su nombre real era Thomas— una vez había sido constructor y decorador. Vivía por sí, solo, en la ruinosa casa; una vez a la semana lo podías ver volver del pueblo con pan y verduras, y una vez mientras los muchachos jugaban en el parqueadero puso su cabeza sobre el muro destrozado de su jardín y los miró.

“Estaba en el baño”. Dijo uno de los muchachos, pues era un saber común que desde que habían caído las bombas, algo le había pasado a las tuberías de la casa y que el viejo Miseria era demasiado tacaño para gastar dinero en su propiedad. Él mismo podía volver a hacer la decoración a precio de costo, pero nunca aprendió a hacer plomería. El baño era una cabaña de madera al fondo del jardín, con una puerta que tenía un hueco en forma de estrella, esta había escapado de la explosión que había arrasado con la casa de al lado y arrancado los marcos de la número 3.

La próxima vez que la pandilla le prestó atención al señor Thomas fue más sorprendente. Blackie, Mike y un chico delgado y amarillento, que por alguna razón lo llamaban por su apellido, Summers, se lo encontraron cuando volvía del mercado. El Señor Thomas los paró. Dijo con desánimo:

—¿Ustedes son los del montón que juega en el parqueadero?

Mike estuvo a punto de responderle cuando Blackie lo detuvo. Como líder tenía responsabilidades.

—¿Y qué pasa si somos? —dijo ambiguamente—.

—Tengo unos chocolates —dijo el señor Thomas—. A mí no me gustan. Acá los tienen. No son muchos, no lo creo. Nunca son suficientes. Añadió con una sombría convicción. Les entregó tres paquetes de Smarties.

La pandilla estaba confundida y perturbada por esa acción y trataron de explicarla.

—Apuesto a que a alguien se le cayeron y él los recogió —alguien sugirió—.

—Los pinchó y les metió alguna porquería —otro pensó en voz alta—.

—Es un soborno —dijo Summers—, quiere que paremos de rebotar balones en su pared.

—Le demostraremos que nosotros no aceptamos sobornos.

Dijo Blackie, y sacrificaron toda la mañana al juego de rebotar el balón, el que solo Mike tenía la edad para disfrutar. No hubo señal del señor Thomas.

Al otro día T los sorprendió a todos. Llegó tarde a la reunión y la votación para la explotación del día se llevó a cabo sin él. De acuerdo con la sugerencia de Blackie, la pandilla debía dispersarse en parejas, tomar buses aleatoriamente y así ver cuántos viajes gratis podían arrebatar de los conductores desprevenidos (la operación debía ser llevada a cabo en parejas para que nadie hiciera trampa). Estaban dibujando lotes para sus compañeros cuando T llegó.

—¿T, dónde estabas? —le dijo Blackie—. Ya no puedes votar. Conoces las reglas.

—Estuve allá. —Dijo T—. Miró al piso, como si tuviera pensamientos para esconder.

—¿Dónde?

—En donde el viejo Miseria. La boca de Mike se abrió y rápidamente se cerró con un clic. Se acordó del sapo.

—¿En donde el viejo Miseria? —Blackie le dijo—. No había nada en las reglas en contra, pero él tenía la sensación de que T estaba pisando un terreno peligroso.

—¿Te metiste? —Le preguntó esperanzado—.

—No. Toqué el timbre.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije que quería ver la casa.

—¿Y qué hizo?

—Me la mostró.

—¿Trajiste algo?

—No.

—¿Entonces para qué lo hiciste?

La pandilla hizo un círculo, era como si una corte improvisada estuviese a punto de formarse y fuera a tratar un caso de desviación. T dijo: “es una casa muy bonita”, y seguía mirando el piso, sin mirar a nadie a los ojos, se lamió los labios primero de un lado y después del otro.

—¿A qué te refieres con una casa muy bonita? —Blackie le preguntó con desprecio—.

—Tiene una escalera de doscientos años que parece un sacacorchos. Nada la sostiene.

—¿A qué te refieres con que nada la sostiene? ¿Acaso flota?

—Según el viejo Miseria, tiene que ver con fuerzas opuestas.

—¿Qué más?

—Hay paneles.

—¿Como en el Blue Boar?

—Tiene doscientos años.

—¿El viejo Miseria tiene doscientos años?

Mike de repente se rió y luego se volvió a callar. La reunión tenía un humor serio. Por primera vez desde que T había caminado dentro del parqueadero el primer día de vacaciones, su posición estaba en peligro. Solo necesitaban el simple uso de su verdadero nombre y la pandilla estaría pisándole los talones.

—¿Por qué lo hiciste? —Blackie le preguntó—.

Él era justo, no tenía envidia, estaba ansioso por mantener a T en la pandilla mientras pudiera. Fue la palabra bonito la que lo preocupó, pertenecía a una clase de mundo que todavía podía verse parodiada en el Wormsley Common Empire por un hombre con acento señorial y que usa un sombrero de copa y un monóculo. Estuvo tentado a decir: “Mi querido Trevor, viejo amigo” y darles rienda suelta a sus perros endiablados.

—Si te hubieras metido sin permiso —dijo tristemente—, eso habría sido una hazaña digna de la pandilla.

—Esto estuvo mejor —dijo T—. Encontré cosas.

Y mantuvo la mirada en sus pies, sin cruzar miradas con nadie, como si estuviese absorbido en un sueño que él no estaba dispuesto, o avergonzado, de compartir.

—¿Qué cosas?

—El viejo Miseria va a estar por fuera mañana y todo el festivo.

—¿Quieres decir que nos podemos meter? –Blackie dijo con alivio.

—¿Y robarnos algo?, —alguien preguntó—.

Blackie dijo: “Nadie se va a robar nada. ¿Meternos no es suficiente? No queremos ninguna cosa que nos lleve a la corte”.

—Yo no quiero robarme nada, —dijo T—. Tengo una mejor idea.

—¿Cuál?

T levantó sus ojos, tan grises y perturbados como un día sombrío de agosto.

—La tumbaremos, —dijo—. La destruiremos.

Blackie lanzó una carcajada y después, como Mike, calló, aterrado por la seria e implacable mirada.

—¿Qué estaría haciendo la policía todo el tiempo?, —dijo Summers—.

—Nunca se enterarían. Lo haríamos desde adentro. Encontré una entrada, —luego dijo con intensidad—, seríamos como gusanos en una manzana, ¿no ven? Una vez saliéramos no quedaría nada, ni escalera, ni paneles, nada más que las paredes, y después haríamos —de alguna forma— que las paredes cayeran.

—Iríamos a improvisar, —dijo Blackie.

—¿Quién lo probaría? Y de cualquier forma nosotros no robaríamos nada. Añadió sin el menor titubeo de deleite.

—No habría nada que robar una vez acabáramos.

—Nunca he oído de ir a la cárcel por romper cosas —dijo Summers.

—No habría tiempo, —dijo Blackie—. He visto ladrones de casas trabajando.

—Nosotros somos doce, —dijo T—. Nos organizaríamos.

—Ninguno de nosotros sabe cómo…

—Yo sé, —dijo T y miró al otro lado a Blackie—. ¿Tienes un mejor plan?

—Hoy —dijo Mike sin tacto—, vamos a robar montadas gratis en bus….

—Montadas gratis —dijo T—. Cosa de niños. Blackie, puedes estar en desacuerdo, si prefieres…

—La pandilla tiene que votar.

—Entonces proponlo.

Blackie dijo con dificultad:

—Se propone que mañana y el lunes destruyamos la casa del viejo Miseria.

—Acá, acá —dijo un chico gordo llamado Joe—.

—¿Quién está a favor?

—Se lleva a cabo, —dijo T—.

—¿Cómo empezamos?, —preguntó Summers—.

—Él les dirá —dijo Blackie—.

Había sido el fin de su liderazgo. Se fue a la parte trasera del parqueadero y empezó a patear una piedra de un lado para otro. Solo había un viejo Morris porque en el parqueadero quedaban pocos carros, solo había camiones, sin un cuidandero no había seguridad. Le pegó una patada voladora al carro y raspó un poco de pintura de la parte de atrás del guardabarros. Más allá, poniéndole tanta atención a él como a un extraño, la pandilla rodeó a T; Blackie tuvo una pobre noción de falta de aprobación. Pensó en irse a casa, en nunca volver, en dejarlos a todos descubrir la vanidad del liderazgo de T, pero después supuso que lo que T había propuesto era posible —nada como eso había sido hecho antes—. La fama de la pandilla del parqueadero Wormsley Common seguramente llegaría a los alrededores de Londres. Habría titulares en los periódicos. Hasta las pandillas de los mayores que corrían las apuestas en la lucha de jugársela todo y los chicos del túmulo oirían con respeto cómo la casa del viejo Miseria había sido destruida. Llevado por la pura, simple y altruista ambición de fama para la pandilla, Blackie volvió a donde T, parado a la sombra del muro del viejo Miseria. T daba sus órdenes con decisión, era como si este plan hubiese estado dentro de él toda su vida, pensado durante las estaciones y ahora a sus quince años, cristalizado en el dolor de la pubertad.

—Tú —le dijo a Mike—, trae las puntillas, las más grandes que puedas encontrar y un martillo. Todos los que puedan, traigan un martillo y un destornillador. Vamos a necesitar muchos. También cinceles. Nunca tendremos demasiados cinceles. ¿Quién puede traer un serrucho?

—Yo puedo, —dijo Mike—.

—Pero no un serrucho para niños, —dijo T—. Un verdadero serrucho.

Blackie se dio cuenta de que había alzado la mano como cualquier otro, como un ordinario miembro de la pandilla.

—Está bien, trae uno, Blackie. Pero ahora tenemos un problema. Necesitamos una segueta.

—¿Qué es una segueta?, —alguien preguntó—.

—Las pueden conseguir en Woolworth, —dijo Summers—.

El chico gordo llamado Joe dijo en un tono pesimista:

—Sabía que iba a acabar en una colección.

—Yo mismo voy a conseguir una, —dijo T—. No quiero su dinero. Pero no puedo comprar un mazo.

Blackie dijo:

—Están trabajando en la número 15. Yo sé donde van a dejar sus cosas durante el festivo.

—Entonces eso es todo, —dijo T—. Nos vemos acá a las nueve en punto.

—Tengo que ir a misa, —dijo Mike—.

—Asómate por encima del muro y chifla. Te dejaremos entrar.

 

2

El domingo en la mañana todos fueron puntuales menos Blackie, incluso Mike. Mike tuvo un golpe de suerte. Su madre se sintió enferma, su padre estaba cansado después de la noche del sábado, y le habían dicho que fuera a la iglesia solo, con muchas advertencias de lo que pasaría si se desviaba. Blackie tuvo problemas contrabandeándose la segueta, y encontrando el mazo detrás de la número 15. Se acercó a la casa por un sendero en la parte trasera del jardín, por miedo a la presencia de la policía en la carretera principal. Las cansadas hojas perennes mantenían alejado un sol tormentoso, otro húmedo festivo se preparaba sobre el Atlántico, al empezar en remolinos de polvo bajo los vientos. Blackie escaló la pared hacia el jardín del viejo Miseria.

No había señal de nadie en ningún lado. El lavabo se erigía como una tumba en un cementerio abandonado. Las cortinas estaban corridas. La casa dormía. Blackie se acercaba con la segueta y el mazo. De pronto nadie se había aparecido, el plan había sido una invención salvaje: habrían amanecido más sabios. Pero cuando se acercó a la puerta trasera, pudo oír la confusión de sonidos, casi más fuerte que el revoloteo de un panal. Un triquitraque, un bang bang, un chirrido, un crujido, un repentino y doloroso crepitar. Pensó: es verdad y chifló.

Le abrieron la puerta de atrás y entró. En ese instante tuvo la impresión de orden, muy distinta a las viejas formas de su liderazgo en las que lofeliz-iba-a-la suerte. Por un rato estuvo rondando de arriba para abajo buscando a T. Nadie le dirigió la palabra, todo tenía un sentido de gran urgencia y ya podía empezar a ver el plan. El interior de la casa —sin tocar las paredes— estaba siendo cuidadosamente demolido. Summers con un martillo y un cincel rompía los frisos del piso del comedor y ya había deshecho los paneles de la pared. En el mismo cuarto Joe estaba levantando los bloques del parqué, exponiendo las figuras de madera suave sobre el sótano. Tiras de alambres salían de los frisos dañados y Mike estaba feliz sentado en el piso cortando los alambres.

En la escalera curva estaban dos pandilleros que trabajaban duro en los pasamanos con una inadecuada segueta para niños, cuando vieron la segueta de Blackie, la señalaron sin palabras. Cuando los volvió a ver, una cuarta parte de los pasamanos ya había caído en el hall. Finalmente encontró a T en el baño, estaba sentado con un aire taciturno en el cuarto menos importante de la casa, oía subir los sonidos de abajo.

—De verdad lo hiciste —Blackie dijo intimidado—. ¿Qué va pasar?

—Hasta ahora empezamos —dijo T—. Miró el mazo y dio sus instrucciones.

—Quédate acá y rompe el baño y el lavamanos. No te preocupes por los tubos. Ya vendrán más tarde.

Mike apareció en la puerta.

—T, acabé con los cables.

—Bien. Ahora solo tienes que rondar por ahí. La cocina es en el sótano. Vuelve añicos toda vajilla china, vidrio y botella a la que tengas alcance. No abras las llaves, no queremos una inundación, todavía. Después ve a todos los cuartos y saca todos los cajones. Si están cerrados con seguro, ve y busca a otra persona para que te ayude a romperlos. Rasga todos los papeles que encuentres y estrella todos los ornamentos. Llévate un cuchillo de la cocina. El cuarto principal es el del frente. Abre las almohadas y rasga las sábanas. Eso es suficiente por ahora. Y tú, Blackie, cuando hayas acabado acá, rompe el yeso en el pasaje con el mazo.

—¿Y tú qué vas a hacer? –Preguntó Blackie.

—Estoy buscando algo especial—respondióT.

Estaba cerca la hora del almuerzo antes de que Blackie acabara y fue en busca de T. El caos había progresado. La cocina era un desaliño de vidrios rotos y porcelana desportillada. El comedor estaba desnudo de todo parqué, todos los rodapiés salidos, la puerta había sido arrancada de sus bisagras, y los destructores habían subido un piso. Rayos de luz entraban por las contraventanas donde trabajaban con la seriedad de creadores —y después de todo la destrucción es una forma de creación. La imaginación había previsto esta casa como en lo que ahora se había convertido.

—Tengo que ir a comer a mi casa, —dijo Mike—.

—¿Quién más? —T preguntó—, pero todos los demás con una u otra excusa habían traído provisiones.

Se acuclillaron en las ruinas del cuarto y trocaron los sándwiches indeseados. Media hora de almuerzo y ya estaban trabajando otra vez. A la hora que Mike volvió ya estaban en el último piso y para las seis de la tarde todo el daño superficial estaba hecho. Todas las puertas habían sido arrancadas, todos los rodapiés subidos, todos los muebles apilados y rasgados y destrozados, nadie habría podido dormir en la casa sino en una cama de porcelana rota. T dio sus órdenes —a las ocho de la mañana del día siguiente—, y para no llamar la atención, escalaron por separado el muro del jardín hacia el parqueadero. Solo quedaron Blackie y T, la luz estaba a punto de irse y cuando obturaron el interruptor de la luz, nada servía —Mike había hecho su trabajo con cuidado—.

—¿Encontraste algo especial? —Blackie preguntó—.

T asintió con la cabeza.

—Ven —dijo— y miras. Sacó de los dos bolsillos un fajo de libras esterlinas.

—Los ahorros del viejo Miseria, —dijo—. Mike rasgo el colchón, pero se le pasaron.

—¿Qué vas a hacer? ¿Compartirlos?

—Nosotros no somos ladrones, —dijo T—. Nadie se va a robar nada de esta casa. Los guardé para ti y para mí, para celebrar.

Se agachó y los contó en el piso —en total había setenta—.

—Los vamos a quemar —dijo, uno a uno—.

Y turnándose, uno sostenía el billete hacia arriba y el otro encendía una de las esquinas de arriba, para que la llama quemara lentamente hacia sus dedos. La grisácea ceniza flotaba sobre ellos y caía en su cabeza como la edad.

—Me gustaría verle la cara al Viejo Miseria cuando terminemos —dijo T—.

—Obviamente no lo odio —dijo T—. No sería divertido si yo lo odiara.

El último billete ardiente iluminó su ancha cara.

—Todo eso del odio y el amor —dijo—, es blando, son bobadas. Solo hay cosas Blackie.

Y miró alrededor del cuarto poblado por las extrañas sombras de cosas a medias, cosas rotas, cosas en otros tiempos.

—Blackie, te echo una carrera a casa —dijo—.

 

3

A la mañana siguiente comenzó la destrucción seria. Dos hacían falta, Mike y otro chico, sus padres se habían ido a Southend y a Brighton a pesar de las lentas y calientes gotas que habían empezado a caer y al estruendo del trueno en el estuario como las primeras explosiones del viejo bombardeo.

—Nos tenemos que apurar —dijo T—.

Summers estaba intranquilo.

—¿Es que no hemos hecho suficiente? —preguntó—. Me han dado un chelín para máquinas tragamonedas. Esto es como trabajar.

—Ni siquiera hemos empezado —dijo T—.¿Por qué?, porque todavía hay pisos y escaleras. No hemos quitado ni una sola ventana. Tú votaste como el resto. Vamos a destruir esta casa. No va quedar nada cuando terminemos.

Empezaron otra vez desde el primer piso, levantaron las tablas cercanas a la pared de afuera, dejando las vigas expuestas. Después aserraron las vigas y se retiraron al hall, mientras lo que quedaba del piso se inclinaba y hundía. Habían aprendido con la práctica y el segundo piso colapsó con mayor facilidad. Por la tarde cuando miraban la casa vacía los poseyó una extraña euforia. Corrieron riesgos y cometieron errores, cuando pensaron en las ventanas ya era muy tarde para alcanzarlas.

—Dios —dijo Joe—. Y dejó caer un penique hacia el foso seco y lleno de escombros. Craqueó y rechinó entre el vidrio roto.

“¿Por qué empezamos a hacer esto?” preguntó Summers con asombro; T ya estaba en el piso, enterraba los escombros, abría espacio al lado de la pared externa.

—Abre las llaves —dijo—. Es demasiado oscuro para que alguien vea y en la mañana ya no importará.

El agua lo sobrellevó en las escaleras y cayó entre los cuartos sin pisos.

En ese momento oyeron el chiflido de Mike en la parte trasera.

“Algo malo está pasando” dijo Blackie. Podían oír su respirar con urgencia mientras abrían la puerta.

—¿La policía? —Preguntó Summers—.

—El viejo Miseria —Mike dijo—. Ya viene para acá —dijo con orgullo—.

—¿Pero por qué? —T dijo—. Él me dijo…

Y protestó con la furia del niño que nunca había sido:

—No es justo.

—Estaba abajo en Southend —dijo Mike— y venía de vuelta en el tren. Dijo que estaba demasiado húmedo y frío.

Hizo una pausa y miró el agua.

—Uy, hubo una tormenta acá adentro ¿El techo está goteando?

—¿Cuánto tiempo se va a demorar en llegar?

—Cinco minutos. Me logré zafar de mamá y corrí.

—Vámonos de acá —dijo Summers—. De todas formas ya hicimos suficiente.

—Oh no, no hemos hecho suficiente. Cualquiera pudo haber hecho esto.

“Esto” era la casa despedazada y vacua con nada más que paredes. Sin embargo, todavía las paredes se podían conservar. Las fachadas eran valiosas. Podrían construir por dentro de una forma más bella que antes. Esto podía volver a ser una casa. Dijo con rabia:

—Tenemos que terminar. No se muevan. Déjenme pensar.

—No hay tiempo —dijo un chico—.

—Tiene que haber una forma —dijo T—. No podemos haber llegado tan lejos…

—Hemos hecho mucho —dijo Blackie—.

—No. No hemos hecho mucho. Alguien vaya y vigile la entrada.

—No podemos hacer nada más.

—Él puede entrar por detrás.

—También vigilen la entrada de atrás —T empezó a rogar—. Solo denme un minuto y lo arreglo. Lo juro que lo arreglo.

Pero su autoridad se había perdido en su ambigüedad. Era solo uno en la pandilla.

—Por favor —dijo—.

—Por favor —Summers lo arremedó y después, de repente, lo sacudió con la casa y el nombre fatal—. Corre a casa, Trevor.

T quedó con su espalda recostada en los escombros como un boxeador noqueado y aturdido contra las cuerdas. No tenía palabras mientras sus sueños se sacudían y se escurrían. Luego Blackie actuó frente a la pandilla antes de que tuvieran tiempo para reír, al empujar a Summers hacia atrás.

“T, yo vigilo la entrada” dijo, y abrió con cuidado las persianas del hall. La calle, húmeda y gris se estiró hacia adelante y las lámparas brillaron en los charcos.

—T, alguien viene. No, no es él ¿Cuál es tu plan, T?

—Dile a Mike que vaya afuera y se esconda al lado del lavabo. Cuando me oiga chiflar tiene que contar hasta diez y empezar a gritar.

—¿Gritar qué?

—Uhm, ayuda”, cualquier cosa.

“Escúchame, Mike”, dijo Blackie. Había vuelto a ser el líder. Miró rápidamente entre las persianas.

—T, ahí viene.

El viejo Miseria venía cojeando por la calle. Tenía barro en sus zapatos y paró a raspárselo en el borde del pavimento. No quería embarrar su casa, la cual se paraba recortada y oscura entre los lugares bombardeados, salvada por poco, como él creía, de la destrucción. Incluso la luz del ventilador había quedado intacta de la explosión de la bomba. En algún lado alguien chifló. El viejo Miseria miró con cautela a su alrededor. No confiaba en los chiflidos. Un niño estaba gritando, el sonido parecía venir de su jardín.

Luego un chico corrió del parqueadero a la calle.

—Señor Thomas —gritó—, señor Thomas.

—¿Qué pasa?

—Qué pena con usted, señor Thomas. Uno de nosotros se quedó corto, y pensamos que a usted no le importaría, y ahora no puede salir.

—¿A qué te refieres, niño?

—Se quedó atrapado en su lavabo.

—Él no tenía por qué estar ahí… ¿No nos hemos visto antes?

—Usted me mostró su casa.

—Es cierto. Es cierto. Eso no te da el derecho a…

—Señor Thomas, apúrese, se va a ahogar.

—Tonterías. No se puede ahogar. Espérate a que guarde mi maleta adentro.

—Yo le cargo su maleta.

—No, no lo harás. Yo cargo mis cosas.

—Por acá, señor Thomas.

—No puedo llegar al jardín por ahí. Tengo que atravesar la casa.

—Pero puede entrar al jardín por acá, señor Thomas. Nosotros lo hacemos con frecuencia

—¿Lo hacen con frecuencia? –Y siguió al chico con una especie de escandalizada fascinación.

—¿Cuándo? ¿Con qué derecho…?

—¿Ve…? La pared es bajita.

—No voy a escalar paredes para entrar a mi propio jardín. Es absurdo.

—Así lo hacemos. Un pie acá, otro allá y ya.

La cara del chico se asomó, un brazo salió disparado hacia afuera y el señor Thomas vio que su maleta era tomada y depositada en el otro lado de la pared.

—Dame mi maleta —dijo el señor Thomas—. Desde el váter un chico gritaba y gritaba.

—Llamaré a la policía.

—Señor Thomas, su maleta está bien. Mire. Un pie allá. A su derecha. Ahora arriba. A su izquierda.

El señor Thomas escaló la pared de su propio jardín.

—Señor Thomas, acá tiene su maleta.

—Voy hacer que agranden la pared —dijo el señor Thomas—, no quiero chicos por acá, ni que usen mi baño.

Se tropezó en el camino, pero el chico agarró su codo y lo apoyó. “Gracias, gracias, mi niño”, murmuró automáticamente. Alguien gritó otra vez en medio de la oscuridad.

—Ya voy, ya voy —le respondió el señor Thomas—.

Le dijo al chico al lado suyo:

—Yo no soy irrazonable. Yo también fui un niño. Mientras que las cosas se hagan de la forma habitual. No me importa que jueguen por aquí los sábados por las mañanas. A veces me gusta tener compañía. Solo tiene que ser habitual. Uno de ustedes pregunta que si se puede ir y yo digo que sí. A veces diré que no. No me siento así. Y entran por la puerta principal y salen por la de atrás. Nada de escalar el muro del jardín.

—Sáquelo de ahí, señor Thomas.

—No le vendrá ningún daño en mi váter —dijo el señor Thomas, tambaleando lentamente por el jardín—. Oh, mi reumatismo —dijo—. Siempre me agarra en este festivo. Tengo que tener cuidado. Hay piedras sueltas por aquí. Dame tu mano. ¿Sabes que decía mi horóscopo ayer? “Absténgase de cualquier negocio en la primera mitad de la semana. Peligro de un estrellón serio”. Eso podría estar en este camino. Hablan con parábolas y significados dobles —tomó una pausa a la entrada de váter—. ¿Qué es lo que pasa ahí adentro? —llamó—.

No hubo ninguna respuesta.

—Tal vez se desmayó —dijo el chico—.

—No en mi váter. Tú, ven para acá, sal de ahí —dijo el señor Thomas y empujando la puerta casi cae de espaldas cuando se abrió fácilmente—.

Primero una mano lo apoyó y después lo empujo con fuerza. Su cabeza se golpeó contra la pared del otro lado y se sentó con pesadez. Su maleta cayó a sus pies. Una mano sacó de un latigazo la llave del candado y de un portazo se cerró la entrada.

—Déjenme salir —gritaba y oía la llave girar dentro del candado—. Un estrellón serio —pensó, y se sintió nervioso, confundido y viejo—.

Una voz le habló suavemente a través de hueco en forma de estrella de la puerta.

–Señor Thomas, no se preocupe, si se queda callado, no le haremos daño.

El señor Thomas puso su cabeza entre las manos y reflexionó. Se había dado cuenta de que solo había un camión en el parqueadero y sintió la certeza de que el conductor no volvería por él hasta por la mañana. Nadie lo podía oír desde la calle del frente y el sendero en la parte de atrás casi nunca lo usaban. Cualquiera que pasara estaría con afán de volver a su casa y no pararía por lo que tomaría por los gritos de un borracho. ¿Y si gritara “ayuda”, quién, en una solitaria noche de festivo, tendría la valentía de investigar? El señor Thomas se sentó en el váter y reflexionó con el saber de su edad.

Después de un rato le parecía que había sonidos en el silencio, eran ligeramente perceptibles y se dirigían desde su casa. Se paró y miró por entre el hueco de la ventilación, entre una de las grietas vio una luz, no la luz de una lámpara, sino —tal vez— la luz palpitante de una vela. Luego pensó haber oído el sonido de martillazos, chirridos y serruchos. Pensó en los ladrones, de pronto habían usado al chico como un conejillo de indias, pero ¿por qué los ladrones se dedicarían a lo que sonaba más y más a una sigilosa forma de carpintería? El señor Thomas dejó salir un grito experimental, pero nadie le respondió. El sonido no habría podido llegar ni a sus enemigos.

 

4

Mike había ido a dormir a casa, pero el resto se quedó. La cuestión del liderazgo ya no le importaba a la pandilla. Con puntillas, cinceles, destornilladores, cualquier cosa que fuera filuda y penetrante, se movían alrededor de las paredes internas preocupándose por el cemento entre los ladrillos. Empezaron demasiado alto y fue Blackie quién dio con el curso de la humedad y cayó en cuenta que el trabajo podía ser reducido a la mitad si debilitaban las articulaciones inmediatamente superiores. Era un largo, agotador y poco entretenido trabajo, pero finalmente habían acabado. La casa destrozada se paraba balanceándose sobre pocas pulgadas de cemento entre el caminito húmedo y los ladrillos.

Faltaba la labor más peligrosa de todas, afuera en la intemperie al borde del lugar donde habían detonado las bombas. A Summers lo mandaron a vigilar la carretera de transeúntes, y el señor Thomas, sentado en el váter, oía con claridad el sonido del serrar. Ya no venía de la casa y eso lo tranquilizaba un poco. Se sentía menos preocupado. De pronto los otros sonidos no tenían ningún significado.

Una voz le habló a través del hueco.

—Señor Thomas.

—Déjenme salir —dijo con severidad el señor Thomas—.

—Acá tiene una cobija —la voz le dijo, y una larga y gris salchicha envuelta le cayó en la cabeza al Señor Thomas—.

—No es nada personal —dijo la voz—. Queremos que esté cómodo esta noche.

—Esta noche —repitió incrédulamente el señor Thomas—.

—Coja –dijo la voz. Son panecitos con mantequilla y rollos de salchicha. No queremos que se muera de hambre, señor Thomas.

El señor Thomas rogó con desespero.

—Es un chiste, es un chiste, chico. Déjenme salir y no diré nada. Tengo reumatismo. Tengo que dormir cómodo.

—No lo estaría, no estaría cómodo, no en su casa. No ahorita.

—¿A qué te refieres, chico?

Pero los pasos se alejaron. Solo quedó el silencio de la noche, sin sonidos de serruchos. El señor Thomas intentó un grito más, pero fue intimidado y reprendido por el silencio; lejos de ahí un búho ululó e hizo camino una vez más en su sordo aleteo a través de un mundo silencioso.

A las siete de la mañana el conductor vino a recoger su camión. Se subió al asiento y trató de prender el motor. Tuvo una vaga consciencia de unos gritos, pero no le importaron. Finalmente el motor respondió, lo movió el camión para atrás hasta que tocó la tornapunta de madera que sostenía la casa de señor Thomas. De esa manera, él podría salir directamente a la carretera sin tener que moverse mucho. El camión se movió hacia adelante y fue momentáneamente refrenado como si algo lo estuviese jalando hacia atrás, y después fue seguido por el sonido de un estrellón sordo. Mientras piedras golpeaban el techo de su carro, el conductor se sorprendió de ver ladrillos rebotando delante de él. Frenó. Cuando salió de repente todo el paisaje había cambiado. Ya no había una casa al lado del parqueadero, solo una montaña de escombros. Le dio una vuelta al camión y examinó su parte trasera para ver si había daños, encontró un lazo amarrado y todavía enrollado al otro extremo de la parte redonda de madera de una tornapunta.

El conductor volvió a caer en cuenta que alguien estaba gritando. Estos venían de una erección de madera que era lo más cercano en la desolación de ladrillos rotos. El conductor trepó el muro despedazado y abrió la puerta. El señor Thomas salió del lavabo. Estaba cubierto por una cobija gris regada de boronas de pan. Dio un grito de sollozo.

—Mi casa —dijo—. ¿Dónde está mi casa?

“Míreme”, le dijo el conductor. Su ojo se encendió en los restos del baño y en lo que una vez había sido un vestidor y se empezó a reír. No quedaba nada en ningún lado.

—Cómo se atreve a reírse —dijo el señor Thomas—. Era mi casa. Mi casa.

“Lo siento” le dijo el conductor, haciendo un esfuerzo heroico, pero cuando se acordó de la revisión de su carro, la lluvia de ladrillos cayendo, volvió a convulsionarse.

En un momento, la casa se había parado con tal dignidad entre los lugares en donde habían explotado las bombas como un hombre con sombrero de copa, y luego, bang, estrépito, no había nada, nada quedaba. Dijo:

—Lo siento. No lo puedo soportar, señor Thomas. No hay nada personal, pero tiene que admitir que es chistoso.