Las fruticas

Por Nicolás Samper

REC 8

Nada le gustaba más que bajar sus menudas bragas por esas piernas, arrastrar la falda con sus manos que apretaban fuerte esas pantorrillas, esos muslos, hasta que llegaban a unas nalgas pequeñas pero periformes, como las que le gustaban a Degas y que tanto mostraba este fervoroso amante en sus clases de los sábados. Mordiendo esa pera le dejaba nuevas marcas en sus glúteos, que tomaba como si fueran los lienzos de un pintor para plasmar su obra de arte. A veces, sin abrir mucho los labios, le daba mordidas de conejo, pero hoy abría la boca como un cocodrilo y enterraba sus dientes para sentir esa piel suave y la nalga firme.

¡Cómo lo excitaba! Verla tendida boca abajo, retorciendo su cabeza en el colchón que emanaba esa esencia a madera podrida que sólo son capaces de soltar los ancianatos y los inquilinatos abandonados. ¡Cómo le excitaba! Explorar con sus dedos largos y fuertes —los mismos que han cargado escombros y puesto su granito de arena para reconstruir el pueblo después de tantas masacres y enfrentamientos—esa media papaya que estaba a su disposición en ese momento. Removió sus falanges como un médico buscando un tumor en un páncreas, o como si le sacara innecesarias semillas a la papayita tierna, hasta que no aguantó más.

Ya desnudo, y con el falo tenso, perdió toda la misericordia que debía tener con la rosa y oblonga cavidad. Con vehemencia y con gritos que revelaban su esfuerzo por parecer un ariete, golpeaba el papayo y el aplauso de su ingle contra el culo de ella resonaba por todo el cuarto. Estrechando las limas del pecho para hacer un zumo fértil, se agachó y posó su cabeza hasta apoyarse en la de cabellos largos y lisos que ella removía con locura. Maldecía y se volvía a inclinar sobre ella para robarle el aire que le faltaba, pues, entre más esfuerzo hacía, sabía que la edad llegaba y su cuerpo reclamaba descanso. Pero esto le era indiferente y continuó hasta que, sintiendo un apretón en la próstata hinchada y susurrándole que se quedara quieta, aguantó el aire y eyaculó dentro de ella como todo un adolescente. Con la sien a punto de reventar y sus ojos a punto de estallar por el éxtasis, dejó salir lentamente un suspiro intermitentemente potenciado por unas mejillas flácidas y rechonchas.

Luego le quitó el pañuelo con el que la amordazaba y le dio un beso tierno, le cogió la mano pasando por el nudo de la cabuya que sostenía el espaldar del lecho fosilizado por el tiempo y le dio las gracias. Se fue sin más, dejándola con una lágrima en los ojos, la papaya destrozada, los glúteos llenos de mordidas y la falda larga que, levantada, mostraba sus piernas. Se puso la camisa y los pantalones negros, se metió entre el alba intentando purificarse, se castigó amarrándose el cíngulo hasta dejarse marcas en la cintura, se colgó la estola, acariciándola con los dedos, como con una petición de indulto, y, bendiciendo a la niña y a él mismo, a sabiendas de que Dios no interviene en la creación de vidas nuevas, se fue a otorgar la eucaristía, rezando para que legalizaran el aborto en Colombia.