La traducción

Por Nicolás Rodríguez

REC 9 Cuentos

A Lizzy

El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español y expresarse en gestos se le complicaba. Lo sentía perdido en mis ojos buscando, en el lodo castaño alrededor de mis pupilas, las formas y figuras que debía ejecutar con las manos para hacerse entender. Yo no desviaba la vista. Nunca he tenido destreza para esas batallas que libran las miradas de dos desconocidos cuando se cruzan, siempre termino por ceder y bajar la vista, pero a él, en cuanto lo vi, me entraron ganas de vencerlo. Él soltaba palabras que yo no conocía mientras hacía bailar sus manos de un lado para otro y sacudía su cuerpo con violencia tratando de explicar. A veces me señalaba, a veces se señalaba él, y luego otra vez se sumergía en el fondo de mis ojos pensando qué hacer. Yo alzaba mis hombros y negaba ligeramente con la cabeza sin dejarlo de mirar. Para no acobardarme me enfocaba en el punto medio entre sus ojos, donde terminaba su nariz, pero a veces se me resbalaba la mirada y caía en sus ojos grandes y rectangulares y me daban ganas de salir corriendo de allí. Entonces escalaba de nuevo a la seguridad que me ofrecía esa leve colina entre su mirada y resistía. Cuando caía en sus ojos grises sentía que la cabeza entera se me escurría por los hombros y el pecho, y en ese momento era feliz, pero me urgía huir. No sé cuánto llevábamos así, él tratando de hacerse entender y yo tratando de entender sin ceder, cuando un hombre por detrás me llamó con dos golpecitos en el hombro. Me volteé y me dijo certero: “Lo que él quiere decir es que usted es un espectáculo de mujer”. Yo sorprendida contesté: “¿Habla usted sueco?”. Él respondió: “Parece más finés, aunque no hablo ninguno. Es sólo que yo también lo diría así”.