La supersticiosa ética de la no-ficción

Por Juan Camilo Brigard

REC 10 Relatos

Para Perlimplín

Hay pocas cosas que manifiesten una cerril ingenuidad ante la realidad como la burda displicencia por la ciencia ficción y lo fantástico (la ficción sincera, la ficción sin tapujos), pocos juicios la pervierten tanto hasta olvidar el concreto proceso del que nace. Suelen enunciarlo quienes se dejan seducir por capciosas etiquetas —sea sobre el afiche de una película o en la contraportada de un libro— que dicen: “basado en hechos reales”, como si esa treta retórica hiciera más sensible lo que, quien se toma la historia a la ligera, considera que “fue posible”. Ignoran con desdén que un hecho es algo que se construye, algo asido por alguien, en un tiempo y espacio. Darle un estatus de nobleza a unas mentiras al lado de otras, que igualmente forman nuestras realidades, no reconocer al hijo bastardo de lo falso y verdadero al que eufemísticamente apodamos “realidad”, es no reconocer la erótica, sentimental y violenta relación entre lo ficticio y lo verdadero. Hay que reconocer que la realidad no es hija de un matrimonio tautológico de verdades sino de una dialéctica antitética.

Hacer una historia de las palabras nos da luces sobre este malentendido publicitario1, de esta estrategia de marketing enemiga de la trabazón de opuestos. De la afortunada raíz de la palabra “ficción”, fictio (lat.), solo parece quedarnos, sino diremos su carga negativa, por lo menos su acepción manida de “cosa fingida” o “acción de fingir”, dar a entender algo que no es cierto, darle un estatus a lo que no lo tiene, de simulación o apariencia. Si bien, por fortuna podemos rescatar una tradición menos infame y no tan popular. Esta última connota “formación, creación”. Hablar de realidad sin conciencia de su explícito carácter ficcional, fingido, creado, formado, como no me cansaré de repetirlo, es taparse los ojos para no ver el concreto proceso del que nace.

La palabra “real” es un buen ejemplo de su proceso hecho y construido. Su primera y tradicional acepción es la de “una existencia verdadera y efectiva”, derivada del latín res “cosa”, y sin duda la acepción favorita y más chic de nuestros tiempos. Si bien, por otro lado tenemos la acepción, asonante rex, regio, “del rey”, que revela sus presunciones nobiliarias y su petulancia de alta alcurnia, que autodenomina su superioridad jerárquica y su postura autoritaria. Su tercer significado es de descendencia árabe, rahl como “el lugar en donde se asienta la morada de alguien”, lo que le da su connotación de costumbre y hábito, de repetición, conservación y naturalmente, de reticencia al cambio. Por ende, lo acotado como “real” lo tendemos a considerar evidente, sentido común, que a la vez se pavonea de nobleza, y por si fuera poco de tradición e inmutabilidad.

Pero de ahí que lo real presuponga y se construya a partir de lo mismo que lo ficticio, es sin duda alguna la única promesa de toda verdad: el lenguaje. Aun así, lo más angustiante no es eso (dar por hecho, ignorar que un hecho es algo que se hace), sino hacer ojos ciegos al poder y el significado de la mentira, el compromiso transformador de la falacia, la presión que la ficción ejerce en contra del estatus privilegiado de lo que llamamos real. Exiliar a la ficción de la realidad es el más común error de estas categorías, de estas lenguas poco afiladas, de estas víctimas de las seducciones del lenguaje. No se trata de darle primacía a lo falso sobre lo verdadero o a lo ficticio sobre lo real, sino tratar de entender que vivimos no en un mundo forjado a partir de la oportunista relación de exclusión, que si se da, es un tiro en el pie para su misma intención de eliminación del contrario, pues lo que pretende expoliar, sólo lo excita a la reacción opuesta, a su reafirmación y antagonismo militante. La ficción que cree que se desprende de lo real, simplemente exacerba la aceptación y su inclusión dentro de lo real. La realidad que se cree libre de ficción se entrona en la poltrona intangible de la cómoda mentira comprometida con la verdad.

Se trata de entender que el mundo en el que vivimos se forja no a partir del uno al otro sino de su aleación que da lugar a la existencia. Hay que leer ficción y “no-ficción”, si acaso lo único que queda de estos conceptos es una herramienta analítica de dudosa procedencia y partidaria de la confusión, o simple combustible publicitario. Los antiguos nos dan un buen ejemplo al respecto: castigaban a sus hijos no por mentirosos sino por no mentir con veracidad, de manera que eran castigados a falta de triunfar en su mentira, de no dar impacto real, no por decir mentiras, sino por no saberlas decir.

Hay una capciosa ceguera por parte de quien no identifica la realidad del acto creador, de hacer de lo que no es algo que es. De ahí la mala fama, la degradación de lo poético en nuestros días (sin ser más que un suplicio normalizador que lacera la historia de nuestra educación). Si bien sólo una mentira veraz, se debería merecer el adjetivo de “poético”.

Creer a casta fidelidad que la escritura, o peor aún, el artificio creativo de que una película es real, es perder el respeto de la distancia y el placer que nos da la lejanía ‘fantástica’ de un cuento de hadas o para colmo de males, es ser víctima de la noción más estéril de historia. De ahí que quien desconozca la inalienable arbitrariedad del hombre, es de no confiar.

Es elemental apostar en contra de una totalización temática del arte, de ahí que quien crea que incluso el arte científico tiene derecho a desterrar realidades, es digno de nuestra desconfianza. ¿Qué busca un ensayo así? Si acaso sabotear las estrategias más groseras de marketing, teñir con una gota de escepticismo la translúcida agua de nuestras morronguerías éticas, ponerle una piedrita en el zapato al manejo consciente del inconsciente. Que lo niegue quien ignore la mediación de un fenómeno a una gesticulación fonética o a tinta sobre un papel.

El problema de lo “basado en hechos reales” es que como fundamento más firme reposa en el recurso más frágil y precario: la palabra. El problema de la no ficción es que nos dice que los dragones no existen para hacernos convivir entre ellos sin derecho a sorprendernos.

 

1 Y con esto me refiero a “no ficción”, no como un concepto académico no para mortales, que como es tradición, no se toma serio, es sólo parte de la vida diaria de un par de esnobs, sino más bien la etiqueta que marca el género de un libro, que cree partir lo que fue verdad de lo que no lo es.