La Muerte de Luis Antonio

Por Juan Santiago Vieco

REC 10 Cuentos

(Ó: lo que lo mató fue el perro caliente)

Nadie sabe realmente lo que ocurrió en la madrugada del primero de noviembre hace un par de años. Muchos creen que al joven Luis Antonio Colmena lo asesinaron sus compañeros de universidad. Esta versión (la del asesinato) no está lejos de la verdad, pero lo que ocurrió es más complicado. Puede que resulte increíble la historia que voy a contar, pero aseguro que así fue como murió Luis Antonio.

En la esquina de una pequeña calle del barrio El Tintal, en el occidente de Bogotá, vivía una joven con su abuela. Ellas se dedicaban a abastecer de mercancía a los vendedores ambulantes de perros calientes. La abuela era de un pueblo del gran Tolima y se la pasaba contando cuentos de brujas y espantos de aquella tierra encantada. Su nieta era una chica callada y mientras trabajaban ella escuchaba pacientemente a su abuela hablar sobre viejas maldiciones, conjuros y brebajes. Al medio día del treinta de octubre, como todos los otros medios días, la abuela salió a comprar un cigarrillo: el último que probaría. Cruzando la calle, una camioneta oscura (tal vez azul, tal vez negra, ya que nadie estuvo ahí para ver lo que pasó) aceleró cuando la luz del semáforo cambió a amarilla y con el espejo retrovisor golpeó a la anciana, quien cayó junto al andén. Un joven se habría levantado pero ésta era una mujer débil y delicada, frágil como un cristal.

Pasó un largo rato y la abuela no regresó. Su nieta salió a buscarla y la encontró tumbada contra el bordillo. Corrió hacia ella y agarró su mano. La abuela no se percató de la presencia de su nieta y con un último aliento y un rostro lleno de ira maldijo a quien la mató. Su nieta, particularmente calmada, la arrastró de vuelta a casa y la colocó sobre la mesa de trabajo. Sacó unas tijeras de plata de uno de los cajones de su abuela y, con precisión quirúrgica, le cortó el vestido. Luego comenzó a rasgarlo en finas tiras que, una a una, puso entre los panes de los perros calientes. Cuando llegaron los vendedores a recoger la provisión esa tarde, la joven entregó los paquetes mientras su abuela yacía medio desnuda y completamente muerta sobre una mesa. Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Luis Antonio recogió el que sería su disfraz para la noche de brujas y la última prenda que vestiría: un traje de diablo por el que nunca pagó.

Llegó la tarde del treinta y uno, Luis Antonio se puso su disfraz y salió a encontrarse con sus amigos en el bar “La Terraza”. Era un grupo grande y bullicioso por lo que al momento de pagar la entrada Luis Antonio logró colarse. Entre ellos se encontraba Lina Morena, su antigua novia. El destino de la pobre Lina, y del resto de actores en esta obra, hubiera sido distinto si tan sólo el señor Morena hubiera procurado darle a su hija un par de palabras de cariño de vez en cuando, y no una tarjeta de crédito como sustituto de crianza. Y, a medida que la noche avanzó, las botellas de whiskey se vaciaron y el calor se acumuló. A las doce de la noche, un diablo embriagado fue a donde su antiguo amor, le agarró las nalgas y le robó un beso. Y quiso el hado que Carlos Cadena, quien en su mente se hacía dueño de aquellas nalgas en ese momento, viera al pobre Luis Antonio regodearse como un crápula. Lina hizo un ademán de disgusto y lo empujó. Dio la vuelta, pronunciando unas palabras de desagrado contra aquél diablo, pero en su interior sintió una gran euforia, una sensación de gran alegría, como un jugador de póker que sabe que ha ganado la partida sin haber mostrado su mano.

Carlos se quedó estático observando a Luis Antonio moverse al ritmo del gentil vaivén del alcohol en su sangre. Carlos fue otro pobre niño a quien le faltó el amor de un padre, pero a diferencia de Lina tuvo una madre que parecía sacada de un cuento de hadas Era una madre que llevaba en el alma un vacío dejado por un padre y un esposo que poco supieron amarla. Carlos fue criado para llenar ese vacío. Luis Antonio vio a Carlos allí parado. Se acercó con una sonrisa malvada y lo abrazó. Con la sangre hirviendo, Carlos no pudo hacer nada más que devolver el abrazo de manera eufórica y, con gran esfuerzo, pudo coger una botella de whiskey. Agarró a Luis por la mandíbula, apretando con el pulgar hizo que abriera la boca y lo obligó a tomar un chorro prolongado de licor. En aquél chorro iba todo el odio y resentimiento que sentía. Aquél chorro no sólo era para Luis Antonio, también era para Lina, para su madre y su padre, pero ante todo era para él Ambos rieron y siguieron jugando así hasta que las luces del bar se encendieron.

Cuando salieron a la calle, Luis Antonio quiso montarse en la camioneta de Carlos. Apenas abrió la puerta, Carlos lo agarró por el cuello de la camisa y lo botó contra la acera. Calló sentado y, cuando intentó montarse nuevamente a la camioneta, uno de los escoltas de Carlos lo empujó. Luis entendió que no se montaría y sonriendo les deseó buena noche. Desde pequeños, viendo a sus padres, habían aprendido muy bien la más importante lección en diplomacia: el peor insulto a un enemigo es una sonrisa y una palabra cordial. Una sonrisa para ellos era una daga envenenada. Carlos le tiró un billete de dos mil pesos y le dijo que tomara un bus.

Que tomara un bus significaba no sólo que no se montaría en el carro sino que era una pobre diablo, que su lugar estaba por debajo de él. Luis Antonio recogió el billete, dio las gracias y se fue caminando. En la esquina paró frente a un carrito de perros calientes. El cuerpo cansado y embriagado le pedía a gritos ingesta de alimento y, sin pensarlo y sin decir palabra alguna, extendió el billete al vendedor. El vendedor comenzó a armar el fiambre. Sacó el pan del talego sin darse cuenta que dentro había un pequeño retazo de tela, el cual quedó sepultado bajo la salchicha y las salsas. Agarró el perro y comenzó a alejarse de las aceras congestionadas de borrachos en dirección al parque donde hubiera podido sentarse a comer su manjar en paz. Pero el hambre pudo más que el deseo de tranquilidad, y Luis comenzó el festín una cuadra antes de llegar a su destino. Cuando acertó el tercer bocado, la tira de tela que yacía en las entrañas del perro pasó por su boca y se deslizó hasta su garganta. Y en su garganta, por mala suerte o tal vez por una maldición, se quedó alojado aquél pedazo de tela, evitando el paso del aire.

Carlos y el resto pasaron en ese momento frente al parque porque regresaron a recoger el bolso de Juliana Quintana, quien lo había dejado en el bar. Juliana (la cual había sido amante de Carlos y de Luis sin que lo supieran) fue quien lo vio tambalearse en la acera. Dio el grito de alerta y pronto pararon junto a él. No procuraron más que proferirle insultos. Luis Antonio, exhausto, se rindió y cayó asfixiado en el canal de agua, y así, pícaro como vivió, pícaro murió vestido. Cayó de cabeza sobre una botella y se rompió el cráneo, pero igual no importó: su corazón se había detenido en la mitad de la caída por la falta de oxígeno. Sus amigos se montaron de nuevo en la camioneta (una camioneta oscura, tal vez negra, tal vez azul) y se marcharon.

Epílogo

Cuando la madre de Luis Antonio lo reportó como desaparecido, los bomberos enviaron una brigada de búsqueda por la zona. Y esta es la única cosa que no tiene explicación en esta historia: aún cuando la brigada recorrió el caño un par de veces, no vieron el cuerpo que se encontraba a simple vista. Luis Antonio fue descubierto al siguiente día por una niña que montaba bicicleta y lo vio desde el puente. A estos hechos siguió una larga y turbia investigación que reveló la corrupción al interior de las instituciones encargadas de la justicia. Carlos, Juliana y Lina fueron enviados a juicio por asesinato. El juez, un viejo amigo de las familias Cadena y Morena, los declaró inocentes. En estos momentos el caso sigue abierto.

Todos los personajes y hechos de esta historia son enteramente ficticios. Esta es una obra de ficción y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.