La Imagen Banalizada

Por Úrsula Ochoa

REC 10 Ensayos

Un pensamiento recurrente llega a mí con bastante nostalgia: recuerdo la candidez con la cual admiraba a todos aquellos artistas que, siendo yo una estudiante amateur, sobresalían con sus dibujos, lienzos llenos de gestos, objetos maravillosos modelados en barro, fotografías y estudios anatómicos sujetos a un tradicionalismo característico de la academia. Imágenes que en un tiempo recibieron de mi parte la admiración que abraza la ignorancia y la inocencia. El tiempo pasa y, evidentemente ya no somos los que fuimos; mi fascinación por la elaboración de imágenes (en un sentido amplio del término) ya está casi totalmente extinta. No es una desilusión estética como la definió Baudrillard, sino una preocupación por la imagen banalizada.

El artista como productor y trabajador sin descanso, olvida algo fundamental a saber mientras se aturde a si mismo con su pensamiento que divaga entre, sus ideales de triunfo, por un lado, y, la esperanza de un “mañana mejor” por el otro. Como si se tratara de un caballo con blinkers, se desboca por alcanzar la admiración de “la buena gente” ignorando la responsabilidad que contiene la producción de una nueva obra y, por consiguiente, una nueva imagen. Cabe advertir que esta responsabilidad va desde y hacia el arte, no desde moralismos decimonónicos que incluyen la censura; responsabilidad en el sentido de pensar conscientemente la imagen. Es decir, después de lo que Hegel llamó la muerte del arte (no sin ironía) en la pérdida de su función sacral, es necesario autoevaluar el sentido de la producción propia: ¿Cuál valioso será el aporte que ha de generar esta imagen/objeto para el arte, la sociedad y/o la construcción de cultura? ¿Es necesaria esta muestra y realmente mi obra tiene un valor que sobrepasa la vanidad personal? Cuestionarnos pues, desde nuestra propuesta y estar “a la contra”1 de la banalización, reducida al mejor de los casos en aquello que curiosamente satisface el criterio del juicio de gusto kantiano: la demostración de una belleza formal sin contenido espiritual alguno (pulchritudo vaga), es casi un asunto de salud artística, en tanto el arte, puede ser cualquier cosa que los artistas y los curadores quieran que sea.

John Ruskin afirmaba: “El mayor artista es aquel que en la suma de sus obras ha incorporado el mayor número de sus mejores ideas”2. En algunos creativos contemporáneos, la afirmación de Ruskin no se asoma a su producción. Para muchos, la realización de imágenes faltas de contenido, fuera de contexto, obviedades justificadas con metateorías mal expuestas, es lo que hasta el sol de hoy ha contribuido a que el arte sea visto, en el peor de los casos, como un cúmulo de excentricidades egocéntricas.

Desde el descubrimiento de las Brillo Box de Andy Warhol, (1964) años después de aparecer el famoso orinal de R. Mutt (1917), se introdujo en los artistas una nota de insolencia en el proceso creativo, una ganga para la mente pasiva que despojaba “aparentemente” el entendimiento y el sentido, en la creación artística; siendo, paradójicamente Duchamp y Warhol personalidades de una genialidad bastante compleja. Sin embargo, lo decisivo en esta reflexión, es la determinación enteramente subjetiva de la imagen y su separación respecto al intelecto. Para los artistas más jóvenes, entre los que me incluyo (no sin un tanto de pena) el indicio y el vestigio de lo que entendemos por hacer arte, su finalidad, y cómo desarrollar una estrategia para llegar a una cima, es cada vez más infame.

Se manifiesta entonces al artista que la producción sin medida es la clave del éxito; esto sin considerar, cual mejor, como ya decía Ruskin es producir poco, con total conciencia y exigencia en lo que se hace. Hommo faber no se corresponde a sausage machine, no somos el Mc Donald’s que debe cumplir la cuota del mes; la producción artística no debe ser tomada con ligereza y desparpajo. Por esto aparece la ausencia de calidad, característica que debe tener cada producción y finalmente cada imagen. La calidad entonces nunca es un accidente, siempre es el resultado de un esfuerzo de la inteligencia. Inteligencia es lo que parece no le gusta dominar a los artistas si, por virtuosismo, manejan cierta técnica.

El espectador distraído, engulle cúmulos de imágenes chatarra fácilmente digeribles y, como consecuencia, el arte “puede seguir existiendo” como ornamentación, como bibelots de un determinado status social; en una palabra: como “decorado” de la casa del burgués, por un lado, o, alternativamente, como “trofeo” (en el sentido romano del término), como despojos de la historia, amontonados en un museo nacional para hacer ver quién ha ganado en la carrera3. El artista, por su parte, se robustece de halagos, y cocinar más de lo mismo es su primera motivación.

Por otra parte, la producción de imágenes debería ser considerada un acto tan importante como la reproducción humana. Por analogía de sentido, las obras son para los artistas hijos engendrados, dado que ejecutarlas conlleva generalmente un arduo proceso de gestación, una necesaria inversión de energía y una (llamémoslo místicamente) esperanza para el futuro. Sin embargo, los hombres se reproducen como conejos en cría, (en especial los grupos más pobres y menos aptos). Como consecuencia, la tierra se encuentra infecta por una sobrepoblación en la cual el mayor número de los individuos que la habitan son parásitos para ésta. Evidentemente, estamos plagados de hijos bastardos que, no tendrán educación, serán ultrajados por el sistema, y, tristemente sin propósito útil en este valle de lágrimas, pasarán a ser parte de la basura mundial. Paralelamente, algo similar ocurre con el arte: quienes producen imágenes incesantemente, sin sentido, son quienes menos conciencia, conocimiento y educación poseen de lo que producen, y, por correspondencia (nuevamente) se realizan exhibiciones insustanciales, talleres mal llamados “workshops” poco efectivos, imágenes que finalmente como las hijas de la nada, desvirtúan lo que debería significar la producción de la imagen para el arte actual.

Así pues, de la mano del confort que implica no pensar demasiado en las cosas, en qué se produce, dónde se exhibe, quién lo produce y fundamentalmente para qué, habitamos sobre el límite de un nihilismo desconcertante al cual José Luis Pardo llamó “Nihilismo, S. A.”4 empresa cuyo dueño es Mr. Nada, donde la ficción del arte como ejercicio simulado del pasado que fue, nos conduce a pensar con nostalgia, nuestros orígenes perdidos. No se trata, adviértase, de sustituir la pulsión creadora por la brida del intelecto; sino, de dejar que aflore (insisto) en el interior mismo de la perfección cabal, técnica, la complejidad de la obra, de lo inconsciente en lo consciente mismo. Es decir, en la imagen hecha a conciencia.

Si esto no ha sido suficiente para pulverizar la estéril inercia que nos atosiga, podríamos empezar por ir saliendo del atolladero, reparando el carácter artificial, indolente y convencional de la producción de imágenes que, por el bien de este sistema, no deberían ser… banalizadas.

Citas:

1.Felix Duque. “Tres maneras de estar a la contra.” Bajo palabra, Revista de Filosofía II Época, Nº 4, 2009: 161-166. Universidad Autónoma de Madrid. 2009 http://hdl.handle.net/10486/4260.

2. John Ruskin. “John Ruskin 1819-1900. “www.jmhdezhdez.com. 2010. José Miguel Hernández Hernández. 2013 http://www.jmhdezhdez.com/2011/12/frases-y-citas-celebres-arquitectura.html.

3.Felix Duque. “Erotemas: Entrevista a Felix Duque.” Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes Marzo de 2009: 1.

4. José Luis Pardo. “A cualquier cosa llaman arte, Ensayo sobre la falta de lugares.” en Habitantes de Babel; políticas y poéticas de la diferencia. Barcelona: Laertes, 2001. 4