La exposición vacía

Por Andrés Ribero

REC 2 Relatos

Una galería. La Galería. El sueño de todo artista, su ilusión y su vida enfocadas a una exposición en aquel espacio. Un espacio místico, sagrado; la catedral de San Pedro para el mundo del arte. El mundo de una religión sin Dios.

El espacio, una pared blanca. Ancha alrededor de cinco metros, y con una altura de ocho y medio. Una madera vieja y oscura brillaba en el piso. Unas vigas de madera sostenían un techo de cemento grisáceo. Luces direccionales enfocadas con el único propósito de iluminar la obra expuesta sobre tan perfecta superficie. Las paredes de los lados que se alargaban por unos diez metros sólo tenían  la utilidad de conducir a aquella hoja en blanco, al lienzo de concreto que estaba en el fondo. La sala de exposición estaba acompañada de una antesala de gran tamaño después del enorme corredor, en la que se podía recibir un grandísimo número de personas, y a través de la cual se podía alcanzar a ver la obra.

La Galería era el espacio perfecto, el lugar ideal. Una pared disponible para una obra maestra.

Cada obra era expuesta en aquel lugar; un video proyectado, una pintura, dibujo, o escultura. Cualquier intervención instalación o performance, si era presentado en La Galería, se convertía en una obra maestra. El artista se volvía famoso, se convertía en una celebridad del mundo artístico. Era el nuevo Papa, el elegido.

Pero hubo alguna vez que aquella galería se hizo sentir aún más que en cualquier otra exposición. Esa vez el Estado ayudó a financiar la exposición. Se trataba de un artista extraño, desconocido; un artista nuevo.

Era muy curioso que La Galería hubiera escogido alguien tan joven, tan inexperto.

Tal vez fue por eso que se creó tanto revuelo alrededor de aquella exposición. En la víspera, no había nadie —que estuviera de alguna manera involucrado con el mundo artístico— que no supiera de él y de su hazaña. Cada devoto conocía su historia, sabía sobre sus profesores y sobre su vida, incluso mejor que él mismo. En las diversas biblias que se publicaban semanalmente, todo lo que se hablaba, comentaba, y criticaba estaba relacionado con esta nueva exposición en La Galería, y por supuesto con el artista.

Todo el mundo especulaba sobre la obra y los rumores crecían. Según decían, el galerista había nombrado a su trabajo como algo magnífico, único. Era la verdad sobre el arte, el mayor espectáculo; nunca nadie había realizado ni lograrían realizar algo tan excepcional como aquel proyecto.

Las invitaciones fueron repartidas, los postes de luz de las vías principales fueron invadidos por carteles  —patrocinados por el Estado— que invitaban a ver una verdadera obra de arte. Se hicieron entrevistas a los teóricos más importantes y se contrató al mejor fotógrafo de exposición.

El día de la inauguración había tanta gente que La Galería decidió que el ingreso a la exposición se haría mediante una única fila. El espacio de exposición estaba oculto tras una tela negra que dividía el corredor de la antesala, y no permitía que se viera la obra.

Por fin abrieron la puerta y la primera persona entró al lugar. Ingresó tras la cortina y se perdió en un mar de tela negra. Por unos minutos el silencio fue absoluto, y luego, aquel primer espectador salió de la sala con una ligera sonrisa en la cara; parecía una sonrisa nerviosa, más que de satisfacción, emoción o alegría. Algunos de los que se encontraban en la fila le preguntaron como era, pero parecía que hubiera perdido el don del habla. El lenguaje no era suficiente para describir la obra, las palabras eran inútiles, inservibles y defectuosas.

Espectador tras espectador, salían desprovistos de cualquier gesto, señal o palabra. Uno a uno iban entrando, algunos duraban horas dentro, otros salían en menos de treinta segundos.

Justo después de que todos aquellos que habían asistido a la inauguración hubieran visto la obra, se predispuso una mesa bastante grande, llena de pasa bocas y botellas de vino en el vestíbulo de La Galería. Varios meseros vestidos de esmoquin repartían la comida y la bebida a los asistentes, y después de un buen rato de silencio comenzaron a pronunciarse algunas palabras. Empezaron por un pequeño “es interesante, me gusta”, o un delicado y sutil “es bonito”. Los comentarios comenzaban a ser cada vez más extensos, se iban llenando de coraje con cada palabra que se decía en la antesala. Curiosamente el acceso a la sala había dejado de ser restringido, pero nadie parecía tener el valor, o las ganas de entrar de nuevo a apreciar la obra.

Cuando estaba ya entrada la noche la gente comenzó a abandonar La Galería. Algunos se iban con un sinsabor en la boca, otros sentían que habían dejado algo muy importante en aquella sala esa noche. Algunos se entregaron a la apatía total y al desprecio infinito por el arte. Al llegar a casa sacaron todos sus libros (relacionados con su antigua religión), todas las imágenes… y las escondieron en lo más recóndito de sus casas, junto con cualquier idea, imagen; pasado o futuro de su adorada disciplina.

La obra: una pared blanca, reluciente. Un sillón mirando directamente hacia la pared. Un sillón común, de cuero negro y con patas metálicas.

Aproximadamente cincuenta centímetros de alto, por dos metros de ancho; adecuada para que una persona sentada se sintiera cómoda. En la pared lo único que había colgado era un marco. Un marco dorado lleno de arabesco como aquellos que decoraban las antiguas pinturas, o como aquellos que aun vemos en los museos que acompañan a las obras clásicas. El marco estaba a una altura estándar. Sentado era necesario levantar un poco la cabeza, como si se estuviera venerando a una aparición, o viendo a el cantante favorito sobre el escenario. Parado, estaba a la altura de los ojos de una persona promedio, pero curiosamente la reacción de todos aquellos que entraban a ver la obra era acercarse a ella sigilosamente, en búsqueda de algo escondido. Escudriñando un concepto, algún truco, algún detalle dejado a propósito, algo. Buscando un gesto mínimo, una intervención, un dibujo de luz, un juego de sombras, una pintura blanca sobre la pared blanca. Algunos duraban horas mirando sigilosamente, otros comprendían que no había nada y salían de inmediato. Otros se dejaban caer en el sillón con la desesperanza oprimiéndoles el corazón.

Un marco era lo único en la pared. Un marco de ochenta por cincuenta centímetros.