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Por La dirección

REC 8

Isabela está preparando el desayuno de sus hijos al tiempo que Mauricio, su esposo, se baña con el desesperado intento de cumplir el horario de trabajo reiteradamente burlado por él. Tal burla, sin embargo, se ha venido invirtiendo porque Gabriel, el padre de tres, esposo de Valentina, jefe de Mauricio y amante de Paola, ha advertido con tono severo sobre su intención de tomar medidas en aras de garantizar el respeto por la jornada laboral de Invyder. Y Mauricio, que llegaba felizmente retrasado desde hacía tiempo sin haber sufrido el más mínimo reclamo, cuando ya estaba convencido de la pasividad de las normas de su trabajo, sufría ahora por temor a perder el puesto con el que proveía a sus hijos de oportunidades de estudio y a toda su familia de una vida digna.

El huevo no había quedado como David quisiera y Pablo no desayunó, como siempre. David comió con esfuerzo, y gracias a las preocupaciones sobre los tantos y tan cercanos trabajos que debía entregar, se olvidó del sabor de su comida. El bus llegó y ambos, arreglados a medias, se montaron para iniciar un muy rutinario día. Mauricio no fue despedido, porque el jefe parecía haber despertado feliz (seguramente por la noche anterior) y, de hecho, fue recibido por Gabriel con un semblante muy amable, quince minutos después de la hora establecida para llegar.

Mientras tanto, la mamá de los pequeños, fiel a las labores de hogar, revisaba unos cuadernos que en el piso reposaban en un estado que suscitaba una caída involuntaria (tal vez de la maleta no bien cerrada de sus hijos). En efecto, Pablo se asustó cuando, orgulloso de la tarea a la que había dedicado muchos días, buscó ansioso entre la maleta el cuaderno de sociales que inexplicablemente no estaba. Una decepción y angustia indescriptibles lo condujeron a un estado de depresión y rabia; salió del salón en busca del baño que lo acompañaría en un largo llanto… Como un ángel, Isabela llegó al colegio y luego de una búsqueda difícil le entregó a su hijo el esquivo cuaderno. Pablo fue felicitado, y su amargura se desvaneció ante el orgullo y la risa provocados por el éxito de su labor.

Paola preparaba todo porque hoy era el día de “reunión ejecutiva de martes”, o sea, el día en que se vería con Gabriel bajo la protección de tan creíble evento (evento que ocurría evidentemente sin ocurrir). Valentina sólo prepararía cena para los hijos puesto que sabía, por información de su esposo, que en esas reuniones hasta tarde les daban comida. Todos regresaban a sus espacios donde la rutina comenzaba y terminaba. Cada uno navegaba entre ideas y particularidades que el día les había grabado en sus memorias; cosas como la excelente nota de sociales, y la nueva compañera de David, y los nuevos problemas de la empresa que debía sortear Mauricio, y las siempre diferentes experiencias que cada martes creaban Gabriel y Paola, etc… Cosas para disimular la rutina y evitar las reflexiones. Todo se iba dando para empezar de nuevo, en pocas horas el amanecer tocará la campana que indica la repetición de la vida, eso sí, con sus sutiles y muy eventualmente importantes diferencias.

Más o menos en la segunda mitad del siglo XVII vivió Franderk Buschnier, nacido en Londres y emergido dentro del círculo noble y fino de la sociedad de los caballeros. A los veintidós años se planeaba casar con Ruthy Skertu, con quien iba a tener tres hijos. El último migraría a la entonces revolucionaria tierra naciente, al otro lado del océano. Allá se casaría con la que sería la tatarabuela de John Mills, el cual, sin apuros y ya de mucha edad, tendría al problemático y atractivo Daniel Mills (quien tuvo una vida llena de infortunio). Se recordarán los numerosos hijos abandonados que el alcohol le había permitido tener. Fue Juliet Mills, una de tantos hijos, quien a principios del siglo más sangriento de la historia (tecnológicamente más poderoso) conocería a un entonces piloto de la fuerza aérea americana con quien vivió casada hasta la segunda guerra. Casada estuvo hasta que un ágil piloto, de una hermosa familia japonesa, la hizo viuda con una extraordinaria maniobra que destruyó la nave americana. Juliet, quien había sido adoptada cuando su madre se declaró incapaz de criarla, luego de haber sido abandonada por el irresponsable Daniel Mills, vivió fiel a la memoria de su esposo hasta 1956, cuando un cáncer la durmió para siempre. Por la buena pensión del Gobierno, sus cuatro hijos tuvieron oportunidad de estudiar en decentes universidades y sería uno de ellos, el mayor, quien se casaría con una chilena (la conoció en sus estudios de ingeniería eléctrica) invitando a existir, en Santiago de Chile, a una tal Isabela. Ella sería una niña de mucho apego a la familia y muy inclinada hacia las cuestiones del hogar; parecía tener espíritu para la vida de casa y sus sueños la dibujaban en un hogar, con hijos y felizmente casada. Casada estuvo años después, en el 97, con Mauricio Mejía. Cuatro años después fue madre de David y seguidamente de Pablo.

Pablo se acaba de levantar y camina torpemente en la oscuridad hacia la nevera, en busca de agua. David sueña con una extraña isla en el centro de las nubes donde está jugando cosas indescriptibles que nunca antes había conocido.

¿Se acuerdan de Franderk y su matrimonio con Ruthy? Pues cuando llegó la peste a Inglaterra ellos estaban a dos meses de casarse. Pero él contrajo la enfermedad antes y murió sin haber podido hacer de Ruthy su esposa.

Y no alcanzó a tener hijos, es decir, esos tres hijos nunca pudieron ser… Quiere decir entonces que esta historia sobre Daniel, Pablo, David, Mauricio, Isabela y demás, es una idea de existencia que casi fue. Por la peste, esta posible existencia quedó excluida de certeza, y para estos humanos no queda nada; estuvieron cerca de ser, pero perdieron su oportunidad y quedaran vetados eternamente de algún lugar en el universo (al menos del nuestro).

Afortunadamente fue así, porque si no Daniel moriría trágicamente; a eso apunta todo, siguiendo el desenlace de los hechos a partir de la suposición de la existencia de esos tres hijos de Ruthy. Pero además, si ellos hubieran nacido, no habría existido Humberto Gilly —que nació gracias a que la peste hizo migrar a Marha Numda al sur europeo— padre de quien contribuiría fuertemente a la reconstrucción social de la Europa del siglo XVIII. A cambio de Pablo y David, tenemos a este sujeto e incontables más que configuraron la historia que conocemos. Ahora, queda un punto inquietante; y si las cruzadas hubiesen matado a quien sería un antepasado lejano de Franderk, ¿qué nos diría la realidad? Seguramente todo esto que pasa ahora sería una posible idea de existencia no ocurrida. Lo más seguro es que este cuento no habría sido escrito y usted que está ahí leyéndolo sería, si mucho, una idea.