La ciencia no tan instantánea del llanto

Por Laura Ortíz

REC 8

Se siente a la altura del pecho y en el transcurso de su asimilación o prematura percepción va bajando hasta el estómago. Después un impulso del cuerpo hace que la cabeza se incline un poco hacia abajo y todo el aire de los pulmones es expulsado gracias a un apretón en el abdomen, como si se quisiera tragar a sí mismo. Luego, si se toma la correcta decisión de volver a respirar (de lo contrario sólo sería una muerte pendeja), vuelve a subir el síntoma (¿el dolor?); esta vez al rostro. A veces tiemblan un poco los labios al mismo tiempo que la boca se abre levemente y se enrojecen las mejillas, es como tener un infiernito en la cara. Inmediatamente la atención se concentra en los ojos. ¿Llorar o no llorar? ¿Producir el impulso nervioso capaz de hacer que algo (aún no sé qué) suba hasta los lagrimales produciendo enrojecimiento, líquido y moco? ¿O no hacerlo? Todo depende, depende del grado de dignidad, o más bien del grado de honestidad. Si la opción ha sido la primera, empezará a ver borroso, cada vez más borroso, y hará una mueca ridícula con su temblorosa boca. Cuando los ojos estén listos para desparramarse por su cara (siempre se sabe cuándo es el momento correcto), tal vez parpadeará u ocasionará que el líquido empiece a correr cuesta abajo. Primero los párpados, luego las mejillas color tomate; es aquí donde por una pequeña curvatura se encuentran en la nariz con los mocos, después descienden juntos hasta el borde de la cara y esperarán un buen momento hasta caer sobre algún recuerdo. Entonces empieza a sonar una buena canción o la canción más adecuada para el momento. Y se acabó.