La 26, la polisombra y el viaje que no acaba

Por María Paula Martínez

REC 8

Una calle desierta de la ciudad de Bogotá. No tiene casas en sus bordes, todas fueron demolidas. Los andenes maltrechos que sobrevivieron más de cincuenta años ya no están. El puente de la Caracas se desmorona con el pasar de los días. A los pocos árboles que hay no les queda una hoja verde. La arena y la polución han manchado todo. La polisombra, esa lona verde que recubre todas las construcciones de Bogotá, todo lo esconde. Ya nadie aguanta más. La calle 26 necesita vida.

Necesita sentir el caucho de las llantas de los carros rechinar contra su pavimento, sentir el calor que sale por el mofle. Escuchar los pitos, ver las luces del semáforo pasar de rojo a verde, de verde a rojo. Sentir la adrenalina de un carro que a media noche se apresura por la vía o los transeúntes que afanados pisan la cebra toda el día de un lado a otro. Sentir la presencia de los vendedores ambulantes que hicieron de la calle su oficina y venden mecato colgado de una tabla. De los mimos, las estatuas humanas, el tirafuego o los acróbatas que, a cambio de unas pocas monedas, hacen un espectáculo fugaz mientras la luz del semáforo está en rojo. Oír los gritos de los vendedores de cerezas (que en realidad son ciruelas), los vendedores de mangostinos y otras frutas tropicales, que jornalean en el pavimento. Los que venden el almanaque Bristol en el mes de agosto, libros para colorear o ediciones pirata de las novelas más populares del momento.

Hoy no se parece a una calle de una ciudad capital. Desde el puente de la carrera séptima puedo ver el desastre. ¿Hubo allí alguna vez una vía? Ahora sólo es barro. Sé que arriba, hacia el oriente, no hay más que un gran hoyo. Lo he visto varias veces de camino al trabajo. Lo podría ver, si quisiera, desde un piso alto de los edificios del centro, pero prefiero evitar la frustración y la nostalgia. Es una excavación inmensa de donde las máquinas, ya cansadas, siguen sacando arena. Hay un puente a medio hacer de donde se escurren varillas de alambres que buscan una conexión. Removedores de cemento que parecen esperar su momento de acción. Muchos obreros con uniforme naranja y casco que luego de ocho horas se van y al día siguiente regresan con sus mismas botas empantanadas.

A la altura de la carrera décima, la calle 26 va tomando un carácter menos barrial. Hay pedazos pavimentados, otros no. Hay alcantarillas todavía sin tapa, hay soportes de puentes sostenidos por andamios. No hay señalización, no hay carriles, no hay cebras, no hay flechas. Es una calle de una ciudad latinoamericana, pero mucho peor. Hay polisombra y conos que la sostienen. Hay basura y hay barro. Hay obreros que, como hormigas, llevan y traen cosas. Salen, saltan entre los escombros. Y otros que, con su aviso de pare y siga, controlan el insípido tráfico que está permitido en algunos tramos.

Mientras veo la fila de luces de los carros estancados en los laberintos de polisombra, trato de imaginar esta parte de la ciudad en los años cuarenta. Cuando no era vía, sino un campo verde y virgen que circundaba aquella Bogotá de traje de corbatín y vestido largo. Recuerdo unas fotografías que hay del Panóptico, hoy Museo Nacional, en la cumbre de una pequeña montaña y otras de la plaza de Bolívar con jardines. ¿Qué pasó?, ¿cuándo cambiamos el pasto y los árboles por los bolardos y el cemento?

Tal vez fue en aquellos años cincuenta cuando modernizaron la ciudad. Cuando el gobierno militar del general Gustavo Rojas Pinilla regó asfalto y ladrillos por todo el país. Un aeropuerto internacional, el CAN, el Club Militar, el Hospital Militar, el SENA y la mismísima calle 26, hoy destruida y desbaratada por su nieto. Sería por esa época cuando se ganó el apelativo de la “Atenas suramericana”, una ciudad en ruinas que trataba de levantarse de la mano del poder. Y que ahora, en pleno siglo XXI, como dijo Eduardo Arias, pasó a ser la “Tenaz suramericana”. Una ciudad cuyo exalcalde está en la cárcel tiene líos en el campo de la salud, de la educación, del transporte. Una ciudad que es testigo del desfile de funcionarios públicos desde la oficina hacia la cárcel de la Picota.

Parada, en la carrera 20, frente al cementerio central, no puedo evitar pensar en el general Rojas Pinilla, que allí descansa, y en la paradójica coincidencia familiar.

Sus nietos —delfines— hicieron su carrera en la política hasta hace tan sólo unos meses cuando, tras destruir la obra de su abuelo y destaparse un escándalo por robos de dineros, Samuel, exalcalde, e Iván, exsenador, terminaron en la cárcel.

Es una tarde fría en Bogotá. El cielo está gris y el viento levanta todo el polvo del suelo. Pronto empezará la hora pico de retorno a casa. Las máquinas dejarán de trabajar, los obreros se irán a descansar. No hay nadie en los andenes al lado de la polisombra. Hasta los transeúntes parecen haber sido forzados a desaparecer. No hay por dónde caminar en línea recta. No hay borde, no hay paso, no hay gente. No hay quien compre pan en la panadería, gaseosa en la tienda. No hay turistas para los hoteles, no hay amantes para los tradicionales moteles de la avenida El Dorado; por lo menos, así lo denunció la administradora de uno de ellos, quien dijo, al canal de televisión RCN, haber perdido el cincuenta por ciento de su clientela a causa de los trancones y los problemas de acceso vehicular.

En el paradero de buses sólo hay mujeres. Una señora, su hija de diez años y yo. Nos resguardamos en una carpa que hace las veces de paradero de buses y esperamos en silencio la llegada de un bus público que nos saque de allí. Can-Avenida el Dorado, ése es el indicado. Extendemos el brazo las tres, casi en perfecta sincronía y, antes de que pasemos la registradora, el conductor arranca.

El bus tiene una tapicería vieja y manchada. Cortinas y muchos letreros pegados en la cabina del conductor. Tiene un aspecto sucio que a nadie le importa. Tiene un precio exagerado y del que nadie se queja. En México o Argentina, el transporte vale lo mismo que un chicle o un cigarrillo, dos, máximo cuatro pesos, o sea unos quinientos pesos colombianos. En Bogotá vale tres veces ese valor: 1400 pesos. Pienso que el servicio es caro y es malo, que ir de pie es un verdadero riesgo, que los hombres en Colombia son poco caballerosos y que la hija de la señora debería sentarse en el puesto de alguno de los cómodos viajeros.

Estando de pie puedo ver, por fin, por encima de la polisombra, las estaciones de Transmilenio que algún día funcionarán. Están desoladas y parecen viejas. Los vidrios están sucios, sus barandas aún incompletas. No tienen acceso. No hay puente peatonal de entrada. Están allí, en el separador, suspendidas, aisladas, esperando que llegue el momento de ser útiles.

¿Cuándo volverán a ser parte de la ciudad y su locura? Las estaciones necesitan oír el eco de los pasos que retumban contra el metal. La marcha incesante de personas que entran y salen. Ver las registradoras dar vueltas y vueltas, las tarjetas de viaje pitar: pi, pi, pi. La calle necesita sentirse calle. Calle pisada, maltrecha y maltratada. El lugar donde la gente escupe chicles para que otros los pisen. Tira basura para que nadie la recoja. Necesita sentirse morada de todos y al tiempo de nadie. Sentirse corredor de paso. Sentirse usada en el día y olvidada en la noche. Necesita sentir que pertenece a esa urbe moderna de viajeros anónimos. Sentir a una Bogotá caótica y excitante. Sentir que Bogotá la necesita. Porque desde finales del 2008, cuando empezó la obra, los bogotanos no quieren ir al centro, tampoco al aeropuerto. Aunque todas las mañanas la gente maldice el tráfico por culpa de su no operación.

Al otro lado de la estación puedo ver algunos pedazos de calle y de andenes nuevos. Andenes que se ganaron el lugar de antiguas casas. Donde se levantan hoy bolardos, había, hace meses, casas, panaderías, lavanderías, ferreterías y otros locales. ¿Ahora dónde estarán?, ¿qué será de los vecinos que fueron obligados a vender sus viviendas? De una u otra forma estaban destinados a salir, o bien porque su casa debía ser destruida, o porque después de tres años de obra se habrían quedado sin clientes, quienes espantados por el barro y la polisombra, no habrían vuelto a caminar por allí.

El bus casi no se mueve. Vamos en una fila de carros. Un callejón sin salida… uno detrás de otro. Por lo menos voy sentada. Frente al CAN se bajó gran parte de los viajeros y la niña, la señora y yo pudimos finalmente acomodarnos en las sillas. Son las seis y suena en la radio elHimno Nacional de Colombia. Nadie lo canta, nadie lo nota. Estamos frente a la enorme bandera que se iza sobre la carrera 50 con 26 y parece que nadie la ve o nadie la quiere ver.

Pasamos frente al futuro portal de Transmilenio de El Dorado. Me emociono cuando veo que ya parece estar listo. Hay puentes peatonales por los que da ganas de caminar. Esas estructuras de hierro, que siempre catalogué como espanto-futuristas y que hoy me despiertan gran simpatía.

Llego finalmente a mi destino: el monumento a la reina Isabel y a Cristóbal Colón. Es el final de mi viaje que también es el principio de la historia. Una hora de ruta en la 26 es como viajar en el tiempo. Calles de ciudad con aire de pueblo, llenas de tierra y sin pavimento. Torres altas y casas antiguas. Mausoleos de principios del siglo XX y extravagantes estructuras de metal. Un portal de transporte masivo junto a las estatuas de quienes un día decidieron que nosotros debíamos parecérnosles y no sabían que doscientos años después seguiríamos intentándolo, aún sin éxito.