Joaquín de Pinus lambertiana

Por Arbor Oris

REC 9

1

Joaquín tiene siete años, pero le gusta vestirse y comportarse como un viejo de ochenta. Desde que nació ha vivido en la misma casa del tradicional barrio B5 de Pinus lambertiana. Los sábados le ayuda a su papá a engrasar los piñones de las tres bicicletas que hay en el cobertizo y luego se va a desyerbar los adoquines del patio con su mamá. Las mañanas de los domingos se la pasa sentado en la mesa de trabajo del invernadero podando y alambrando bonsáis. En las tardes visita a sus abuelos maternos, los únicos que están vivos. Sus abuelos paternos murieron en un accidente automovilístico, justo unos meses antes de que se prohibieran la propiedad y el uso de carros particulares a los habitantes del país. Durante las visitas a sus abuelos maternos, Joaquín perfecciona sus movimientos de viejo, sus expresiones de viejo y sus silencios de viejo. De lunes a viernes va al colegio hasta las tres en punto de la tarde, hora en la que sale junto con sus cuarenta y nueve compañeros de primer grado. Todos van uniformados y llevan casco, rodilleras y coderas. Los niños forman una fila al lado derecho del carril, y las niñas forman una al lado izquierdo. Todas las bicicletas son negras y tienen grabado el escudo del colegio en el cojincillo del asiento y en el tubo principal del cuadro. Las bicicletas son propiedad del colegio, aunque los padres de los alumnos pagan al comienzo de cada año una acción para su uso por un valor superior al que alcanzaría cada bicicleta si se consiguiera en el mercado. La salida debe hacerse con puntualidad y en perfecto orden, pues a las tres y cinco minutos de la tarde es el turno de los cincuenta alumnos de segundo grado, a las tres y diez minutos de la tarde es el turno para los cincuenta alumnos de tercer grado, y así hasta llegar a las tres y cuarenta y cinco minutos de la tarde, hora en que salen los cincuenta alumnos de décimo grado. Los alumnos de los grados decimoprimero hasta decimoquinto se dividen en escuadrones que escoltan las caravanas de los menores, y al terminar la ruta regresan para limpiar las instalaciones del colegio y disponer todo para las clases del día siguiente. Los jovencitos, que son ciento veinticinco, viven en un edificio cuadrado cuyo exterior está pintado de verde pastilla y que está ubicado en el extremo derecho del campus. Las jovencitas, que son ciento veinticinco, viven en un edificio circular pintado de uva pálido y que está ubicado en el extremo izquierdo del campus.

2

Todas las tardes al llegar del colegio, Joaquín se quita el uniforme con cuidado y lo cuelga en el espaldar de la silla del escritorio que hay en su habitación. La norma del colegio prohíbe a los alumnos de primer grado lavar el uniforme más de dos veces por mes, y en el calendario que se ha establecido en la casa de Joaquín se han elegido el segundo y el cuarto viernes de cada mes para tal propósito. Sobre el espaldar de la silla, Joaquín encuentra la muda de ropa que le ha alistado su mamá. La muda corresponde al clima. Joaquín recuerda que hasta hace unos meses, él llegaba del colegio y antes de quitarse el uniforme se pegaba del ventanal del salón del segundo piso durante algunos minutos para mirar el cielo y las ramas de los pinos, luego bajaba corriendo al patio y olía los adoquines para saber si llovería o no. De inmediato regresaba a su habitación y elegía la muda. Pero después de un par de juicios equivocados que él atribuyó a una conjuntivitis invisible y a una gripa que le restaron efectividad a sus métodos, su madre decidió que a partir de entonces sería ella quien elegiría la muda de acuerdo al informe del clima que se anuncia en el radio cada treinta minutos. Joaquín toma la muda del espaldar y se la pone. Lo único que deja para después del almuerzo son las medias y los zapatos. Le gusta sentir el piso de granadillo recién encerado. Almuerza mientras su mamá se come una fruta. La fruta que se come su mamá no varía de acuerdo a la estación del año ni al estado de las cosechas en los campos circundantes a Pinus lambertiana, sino al día de la semana, pues ella se ha encargado de sembrar y mantener en el invernadero sus árboles frutales favoritos. Los lunes come mango, los martes guayaba, los miércoles naranja, los jueves durazno y los viernes níspero. Cuando Joaquín acaba el almuerzo, mucho antes de que su mamá acabe la fruta, se levanta, lleva la loza hasta el pozo y sube a cepillarse los dientes. Aunque escribe, engrasa piñones, desyerba, y poda y alambra bonsáis con la mano derecha, Joaquín sólo es capaz de cepillarse los dientes con la mano izquierda, al igual que su papá y que su abuelo muerto. Si coge el cepillo de dientes con la mano derecha, no pasan tres segundos antes de que se le caiga. Su mamá dice que es algo que debe corregir. Pero su papá dice que es algo genético y que es una prueba infalible de genialidad. Joaquín no sabe qué es infalible, pero le gusta repetir esa palabra mientras se pasa el cepillo por la lengua. Cuando acaba de cepillarse hace tres buches. Los dos primeros con agua y el tercero con una preparación de hierbas que su mamá le compra a la vecina del frente: una mujer gorda y calva que nunca sale de su casa. Joaquín se pasa la lengua para sentir que los dientes han quedado completamente lisos y sale corriendo a su habitación. Se pone las medias —de lana o de hilo según el clima—, les quita los cordones a los zapatos, los jala de las puntas para comprobar que no están peligrosamente desgastados, los pasa de nuevo por los ojales y los ata con un elegante moño de mariposa doble.

3

La mamá lleva a Joaquín al parque a jugar en el columpio y en la casa del lisadero. Si hace buen clima, también lo deja meterse en el cajón de arena. Joaquín dice que además de eso le gusta sentarse en una de las bancas a mirar los perros que pasan corriendo detrás de una pelota o de un palo. Aunque le gustan todos los perros, prefiere los grandes. Les tiene miedo a los pequeños; no confía en ellos porque le parece que los ojos son muy grandes, muy brillantes y muy redondos para el tamaño de la cabeza. Una vez lloró durante una semana la muerte de un perro callejero que había sido atropellado por un camión del distrito que transportaba cajas de huevos. Las lágrimas lo sorprendían igual en las noches cuando estaba acostado y cobijado en la cama, que cuando estaba sentado en el pupitre del salón PG1 en medio de la clase de matemáticas. Nadie se habría enterado que la causa del dolor era la tragedia anónima y fugaz de no haber sido porque durante el recorrido de la ruta hacia su casa, en la tarde del jueves, vio a unos niños que jugaban a tirarle piedras a un perro que estaba haciendo la siesta sobre el pavimento tibio del andén, y sin dar aviso a los escoltas de la caravana, dejó tirada la bicicleta y corrió hacia el grupo de niños agitando los puños y gritando palabras en una lengua que él mismo desconocía. El caso fue llevado ante el consejo disciplinario del colegio. El director y los asesores expresaron enérgicamente su preocupación y molestia por la conducta absurda del alumno. Joaquín no sólo había ocasionado un choque múltiple en la fila de niños, sino que había puesto en peligro la seguridad de su bicicleta y de toda la caravana. Cuando se terminaron de leer los cargos y el castigo, los padres se comprometieron a acompañar a su hijo en una terapia en el centro de adaptación del colegio. Joaquín no pidió perdón a los miembros del consejo. Lo único que hizo al final de la reunión fue decir que las piedras caían sobre el perro dormido como huevos sobre un cadáver de perro. Esa misma noche, Joaquín escribió en su libreta las palabras que había gritado la tarde anterior al grupo de niños asesinos, como los había llamado él, sin saber qué significaban ni qué letras debía utilizar en cuál posición.

4

Cuando Joaquín sabe que su mamá está de buen genio le pide permiso para acercarse a algún perro. Ella suele aceptar con una sonrisa muda, luego le coge las manos a Joaquín y se las aprieta. Entonces Joaquín se levanta de la banca y se dirige hacia donde está el perro jugando con su dueño. En términos muy formales, Joaquín felicita al dueño por el excelente estado en que tiene al perro y le indica que lo acariciará, así que lo más conveniente es que por favor sujete el collar con firmeza pero sin dar señales de miedo. Le pasa la mano por el lomo y por el pecho. Si el perro es mansito, Joaquín le da unas palmaditas en el hocico. De vez en cuando Joaquín echa un rápido vistazo a los ojos o las orejas del perro y le anuncia al dueño que éste se está quedando ciego o que está a punto de perder el centro de equilibrio. Lo único que distrae a Joaquín de los perros que van al parque es su vecina, una niña de cinco años que tiene los ojos grises y usa vestidos largos.