Filmigrana

Por Juan Miguel Vidal

REC 8

Antes que nada: ¿qué es esto de “Filmigrana”? Filmigrana nace como una iniciativa de dos personas que, insatisfechas de sólo contemplar creaciones artísticas y comerciales, deciden ventilar sus ponzoñosas apreciaciones sobre éstas. Así, aparece en el panorama local un grupo de individuos detestables dispuestos a poner su opinión sesgada y frecuentemente —aunque no necesariamente a propósito— injustificada, es una ventana a la cinematografía moderna, clásica, desconocida, popular, asquerosa, fantástica y magistral; he aquí la proverbial caja de Pandora del esnobismo audiovisual. En palabras de un guionista fanático de ciencia ficción de la estupenda Party Down: “¡Magnicifent!”

La intención de Filmigrana no es juzgar al autor ni demeritar su trabajo, sino ofrecer una crítica que motive al lector a buscar dicha obra y consolidar o derrumbar el punto de vista ofrecido.

 

Ahora sí, sin más preámbulo, una prueba de lo hablado.

 

RUBBER (2010): Donde Quentin Dupieux sale del baúl del carro y toma el volante.

“Why is the alien brown? No reason.”

Mr. Oizo llevaba ya tres álbumes de estudio antes de dejar el pseudónimo y volver al cine como Quentin Dupieux para escribir y dirigir Rubber. No es su primera incursión en el cine, ni la última, pero quizás sí la más memorable. La trama es sencilla: una llanta toma vida y rueda por el desierto californiano, acabando con todo lo que se encuentra con sus poderes telekinéticos. Desde el principio, la misma película se lava las manos de cualquier racionalización aludiendo a que muchas de las cosas en la vida, y el cine, no tienen explicación. Es un discurso frentero que parece ser, en un principio, dirigido a nosotros, la audiencia, y en efecto lo es, pero también es dirigido a una pequeña audiencia que existe dentro del filme.

Si algo suena raro en todo esto es porque es raro, pero de nuevo: no hay que buscar razones, sólo hay que mirar. Lo que pasa es que paralelamente la historia se ha encargado de situar una pequeña audiencia entre nosotros y los personajes. Es un público, de nuevo dentro del filme, que nos acompañará en el recorrido. La necesidad o no de esto es irrelevante, lo importante es simplemente observar a un público atento a lo que, casi como una obra de teatro, se desarrolla frente a sus ojos —o binóculos—.

—¿De qué me perdí?

Pero hablemos de aquello que de verdad nos concierne: Robert, la llanta. Lo conocemos desde que se levanta de lo que parece ser un basurero y aprende a rodar libremente por el árido desierto. Anochece y él descansa, al igual que los observadores a lo lejos. Amanece y él se levanta para toparse con la carretera. Allí existe el primer contacto con un humano: la bella Sheila pasa en su convertible y Robert trata de aproximarse. Sus intenciones con ella son similares a las que tuvo con un conejo —que en paz descanse— que había encontrado el día anterior pero, al ver frustrado su intento, el protagonista desarrolla lo que sería lo más cercano al único sentimiento que se le ve en la película —aparte, eso sí, de la ira que parece descargar hacia todo el mundo—. Se trata de una fijación que lleva a nuestro héroe al motel en el que se está

quedando Sheila.

—¿Una llanta no debía flotar?

Allí se va a desarrollar el resto de la historia. Aparecen unos personajes nuevos, unos más importantes que otros, que tendrán mayor o menor contacto con Robert. El nivel de contacto dependerá del momento en el que se encuentren y de qué tanto lo maltraten; el resultado parece ser casi siempre el mismo. La excepción es un joven maltratado que trabaja para —quien suponemos que es— su tío, en el motel, y quien nunca duda de lo que Robert es capaz de hacer.

Paralelamente a todo lo que pasa en el motel, la policía, que acaba de sufrir la baja de uno de los suyos, organiza una búsqueda para encontrar al asesino. Al mando del monólogo explicativo del principio, nuestro amigo, el teniente Chad, planea una redada al motel, intento que finalmente no se lleva a cabo porque recibe la noticia de que algo le ha pasado al público. Y, si no hay público, ¿para qué seguir?

Bueno, ya todos pueden irse.

Pero no, ¡un minuto!

¡Alguien aún nos observa! La historia debe continuar. El teniente no parece muy contento, pero no hay nada que pueda hacer: mientras haya observadores se debe seguir y, sin querer contar mucho más, concluir.

Rubber es una película particular en más de un sentido. Es una obra de aquel cine de terror/comedia que poco a poco se ha venido estableciendo en el ámbito del cine de terror, en especial el de pequeño presupuesto. Existen ejemplos de antaño, como lo son The Rocky Horror Picture Showy House, como otros ya modernos y más conocidos como Grindhouse y Hobo with a Shotgun. Las influencias de este “nuevo género” son visibles en el filme, en una historia que parece casi un tributo a todas sus predecesoras, en especial porque algunos de los personajes saben en lo que andan metidos y se dirigen al espectador directamente rompiendo la cuarta pared. Quien haya visto Scream de Wes Craven podría recordar todas las veces en las que los personajes hacen referencia a películas de miedo y discuten sobre qué harían si estuvieran en una. Craven es plenamente consciente de los muchos clichés presentes en las películas de terror adolescentes y, en vez de omitirlos, los adopta en una historia que, por momentos, parece burlarse de sí misma. Ésa fue la grandeza de

Scream y, sin querer encasillar allí a Rubber, vemos similitudes en la manera como ambas se aproximan al problema.

Un tema muy distinto es el de las actuaciones que no son las mejores —con la clara excepción de Stephen Spinella que logra el papel de teniente, vidente de todo lo que pasa a su alrededor, de gran forma—. Podría pensarse por el tono del filme que esto fue hecho a propósito, aunque lo más probable es que no haya sido así. Francamente, en lo que concierne a la historia no importa mucho, si además se tiene un guión con poco diálogo. La puesta en

escena, por su parte, es admirable por las muchas escenas de Robert rodando de un lado a otro con un realismo renotable.

Si bien hablábamos al principio del alter ego que el director dejaba de lado siempre al hacer uno de sus filmes, en Rubber, Mr. Oizo aparece tangencialmente al ser mencionado en la banda sonora, junto al integrante de Justice, Gaspard Auge. En al ámbito musical se puede apreciar aquella dualidad que venimos mencionando porque existen ejemplos de aquel electro denso que hizo famoso a Oizo, como también sonidos sutiles y lentos propios del soundtrack de un filme, no de una fiesta.

Gaspard Auge    

El resultado final, que es la película como un conjunto, es para el beneficio de todos. Puede que no redefina la época pero sí sirve como entrada al cine de terror, un mundo donde éste se deja de tomar tan en serio y del cual Quentin Dupieux aprovecha todas las ventajas.

P. D.: Invitamos a que nos visiten directamente en www.filmigrana.com. Estamos más que dispuestos a oír todas sus sugerencias y críticas, además de leer y, ¿porqué no?, publicar sus opiniones cinematográficas.