Eres lo que comes

Por David Agudelo Restrepo

REC 10 Cuentos

Él se levantó de su asiento, cruzó el salón y se paró en frente de todos con una bolsa negra y sellada que sostenía en los brazos. Era su turno de exponer a todos su trabajo maestro, el fruto de unas semanas de investigación en cuanto a la filosofía, la ética y la farsa que es la moral humana cuando no existen estribos que la sostengan. —Como recordarán— dijo al grupo de alumnos que compartían clase con él desde hacía más de 6 años — yo llegué a decir que ustedes eran lo que comían. Por mis posturas, muchos hicieron mofa de mí e incluso…—
De repente alguien gritó desde atrás del aula:

¡A cuál home loco! — y todos en el grupo se rieron. Pero por primera vez él no se sintió herido, es más, una extraña y retorcida sonrisa que sólo movía una parte de la mejilla derecha se asomó en su rostro. En ese momento, todos notaron que algo pasaba. Él no era el mismo. Había un hado magnético y demencial en su mirada. Parecía como si la oscuridad de la última hora de clase (porque los alumnos estudiaban por la tarde y salían a las 7:05 pm) se hubiese acentuado y que la noche que acechaba tras las ventanas del salón se estuviese colando a través de su mirada.

El profesor atinó a dar un pequeño regaño al alumno burlón, pero en el fondo pensaba lo mismo y no entendía qué atmósfera era la que se respiraba en la clase. Él continuó con su exposición:


—Muchachos, ¿ustedes recuerdan el asado del fin de semana pasado?—
Todos en el salón dijeron que sí. Sólo Puerta había faltado al asado grupal y ya llevaba 3 días sin haber ido a estudiar, nadie sabía por qué. El resto del grupo, menos el atlético y blancuzco muchacho que les exponía ahora (que se había excusado por falta de apetito) y que había conseguido todo lo brindado en el asado, no se había quedado sin comer la carne que se había servido para esa importante ocasión, que era el asado en que todos se reunían y disfrutaban en grupo. Esa carne había sido el éxito del asado. En primer lugar, porque había sido abundante y, en segundo lugar, porque era especial. Sabía mejor que las carnes comunes, tenía un
 je ne se pas quoi que la hacía única. —Pues bien — prosiguió él con su exposición —mi tesis sigue siendo la misma: “eres lo que comes”…— un extraño sonido que expresaba disgusto recorrió el salón, ya que los compañeros de él rechazaban la anormal insistencia que había tenido con el tema. Les molestaba lo poco común y ya estaban cansados de escuchar lo mismo. Alguno incluso se atrevió a hacer un chiste al respecto, lo que provocó las risas del resto.
Él se detuvo un momento. Sin embargo, su silencio no duró mucho, hasta que continuó con su exposición — Ahora bien, antes de continuar, quisiera extenderles tres preguntas antes de finalizar—. Ante la brevedad de su exposición, todos se alarmaron. No sólo porque no sabían qué era lo que él cargaba en la bolsa de basura sellada que acababa de sacar de debajo del escritorio del profesor que estaba a su lado; sino también porque era extraño que él no hablara mucho. —Primera pregunta caballeros: ¿Alguno sabe dónde está Puerta?—
ante la respuesta negativa de todos, él volvió a sonreír con su retorcida sonrisa y dijo:
—Pues bien, Puerta está en esta habitación, o lo que queda de él—. El profesor alarmado, le preguntó con evidente ansiedad:

¡¿A dónde pretende llegar, señor?!—.

Él, callado y tranquilo respondió:

Relájese profesor, dentro de poco habré concluido—. Y con una extraña y fulminante mirada, detuvo la tentativa del profesor de sacarlo del aula para pedirle explicaciones ¿O tal vez fue la misma curiosidad del profesor de ver lo que ocurriría, lo que lo detuvo? Él, luego, le preguntó al resto de alumnos:
—Segunda pregunta: ¿Les pareció única la carne del asado del Domingo?—.

Todos en el aula dijeron que sí. Él sonrió, y su sonrisa se convirtió en los movimientos labiales que, junto con la sincronía en la voz, decían la última pregunta:

¿Me podrían decir a qué sabía Puerta?—.

Y ante la mirada atónita de todos, y frente a un gutural y muy ruidoso silenció, él abrió la bolsa de basura y de ésta saco una bolsa transparente, sellada herméticamente, que contenía la cabeza de Puerta, cercenada y muerta, y la dejó en el suelo del salón.

Luego extendió una pregunta más a los impactados alumnos:
— ¿Se sienten más humanos ahora?—.

El silenció en el salón de clases del colegio lo dijo todo.