Entierro negro

Por Santiago Parra

REC 7 Cuentos

La noticia de su muerte me provocó una sensación de tranquila frescura. No porque deseara que dejara de respirar. Esa mañana a la hora del desayuno sonó el teléfono. Me levanté de la mesa pensando que se enfriaría mi plato y contesté. Mi madre estaba al otro lado comunicándome la noticia. El entierro tendría lugar al otro día. Volví a la mesa. Al sentarme surgió una inquietante frescura en mi cabeza. Por un momento todo era más tranquilo. Absorto frente a la comida pasaba lentamente frente a un árbol muy verde y por entre sus hojas se filtraba la luz del sol, cálida y calmada. Miraba a mi alrededor y todo era como tenía que ser: natural, fresco, una luz maternal lo iluminaba todo. Era una calma igual a la que se produce después de lanzar una piedra a un lago, los círculos al tocar el agua se desaparecían a lo lejos y quedaba solo el agua, tranquila, sin movimiento, y se oía el corto canto de un pájaro en una rama.

—¿Quién era? —preguntó mi hermano—.

Había olvidado que permanecía en la mesa con el tenedor en la mano. Mi hermano estaba hospedado en la casa hacía ya unos días.

—Mamá. La tía Tere se murió esta mañana. Tenía unas ganas incontenibles de llorar pero no podía hacerlo enfrente de él.

—¿Y los abuelos ya saben? —suspiró y dijo, debe ser por eso que no están en la casa. Hablé con ellos ayer y me dijeron que si se moría tenían que ir a su casa y estar con la familia. Pensaban que iba a ser ayer. Ya estaba muy mal. ¿Cuándo es la ceremonia?

—Mañana —le contesté—.

Durante el resto del desayuno no nos dirigimos una palabra. No porque tuviéramos algún conflicto entre los dos, ni porque estuviera disgustado. Cuando comíamos juntos se formaba una especie de tácito acuerdo, hablábamos si queríamos y el silencio no era de ningún modo incómodo. La sensación de frescura iba y venía después de acabado el desayuno. Tenía que trabajar ese día pero sabía que no iba a ser un día muy productivo. Mi hermano se quedaría en casa desempleado, sin hacer nada, aparentando matar el tiempo. No es que no lo hubiera intentado, confío en él, pero buscar empleo últimamente no es nada fácil. Tal vez le pida que me ayude en el taller unos días. Hoy no. Tengo varios pedidos grandes que tengo que entregar a tiempo. Hoy no es día de visitas.

Últimamente el carro no está arrancando muy bien. Es como si le tomara mucho tiempo desperezarse antes de comenzar a funcionar. Hay días que siento que quiere quedarse durmiendo para siempre. Otra cosa más que tengo que hacer en estos días, llevar el carro a revisión. Es un lindo carro. Me sorprendí a mí mismo llorando cuando estaba frente a la puerta del taller. No conocía tanto a la tía. Era tía de mi abuela, una familiar lejana, la había visto pocas veces en mi vida y había tenido una buena vida. Nadie a sus noventa y ocho años había estado tan vivo. Tenía la sensación de que lo eterno había muerto. Era la muerte de la eternidad.

Entré al taller y Enrique ya estaba ahí, parecía que hubiera pasado la noche sentado donde estaba.

—Buenos días— me saludó un poco dormido.

Me causa gracia su dedicación al trabajo. Siempre ha sido mi compañero y nadie sabe hacer zapatos como él. Su trabajo es una obsesión, ¿será que vive en el taller?

—Buenos días ¿pasó la noche acá?

—Sí señor. Ya sabe, tenemos un pedido grande y el tiempo no es eterno.

Eterno. Que él pronunciara esa palabra justamente ese día era extraño, era una coincidencia que mi mente no lograba pasar por alto. ¿Por qué estaría teniendo los mismos pensamientos que mi mente en ese momento? ¿Lo conocía tanto que él ya era una parte de mí? Pero qué estoy diciendo, es un simple empleado, debo estar sensible por todo lo que está pasando últimamente.

—A trabajar entonces, ese pedido tiene que estar listo la próxima semana.

—Acuérdese de pedir lo que nos hace falta de cuero, señor. Sin eso solo alcanza para treinta zapatos.

Me dirigí a la oficina. Me gusta llamarla así, aunque es más un escritorio que una oficina. Organicé las cuentas, los pedidos pendientes, la lista de materiales que teníamos a disposición y busqué el teléfono de los proveedores de cuero. Sabía que lo tenía en alguna parte. ¡Cómo no había logrado aprendérmelo, si había hecho esa llamada tantas veces! Lo encontré en mi mesa de trabajo, estaba entre las puntillas, la madera y los cordones. Estaba un poco untado de cera. Viendo la tarjeta con los números gruesos y negros de la letra de Enrique subí la cabeza para contemplar el taller. Hasta hoy no me había dado cuenta de lo oscuro que era. Enrique, Miguel —antes— y yo vivimos casi todo el día en la oscuridad. Claro que hay lámparas pero no logran alumbrar mucho, más bien provocan un ambiente sórdido y triste. Hace tiempo no pensaba en Miguel. Era un buen empleado. He estado tan ocupado últimamente. Lástima, si no hubiera sido tan terco no le habría tenido que decir que se fuera a la calle. Le advertí miles de veces que tuviera cuidado con la máquina, que así no se usaba, él decía que así era más rápido pero llegó el día en que… dejémoslo en que tuvo un accidente laboral. Fue un día agitado.

El cuero llegaría el martes próximo. Me pasé la tarde trabajando. Estaba preocupado por no cumplir el pedido a tiempo y no me podía quedar sin compradores. Estos días están escasos. La competencia es cada vez más fuerte y Enrique y yo ya estamos viejos. Viejos para hacer zapatos, quiero decir. Alcancé a hacer siete zapatos, diez si me hubiera saltado el almuerzo. Mal número. Antes podía hacer el doble en un día. A Enrique no lo volví a ver desde que llegué al taller. Se me había olvidado visitarlo. Las siete, ya era hora de irme. Tenía que descansar. Organicé un poco mi oficina, lo suficiente para que el desorden se viera tolerable y fui al fondo del taller a ver cómo iba mi empleado. El taller siempre ha tenido un olor agradable, el problema es que con el paso del tiempo ha ido perdiendo su intensidad.

Oí de repente unos sollozos. Extrañado prendí el bombillo extra del lugar de trabajo de Enrique. Los sollozos le pertenecían a él. Las extrañas respiraciones entrecortadas, las lágrimas, le pertenecían, eran suyas. Nunca lo había visto llorar. Nunca había visto a alguien que llorara su verdad. Era su llanto y nadie se lo podía quitar. Era un llanto profundo, acumulado durante mucho tiempo. Se cubría la cara con las manos.

—Enrique —puse mi mano sobre su espalda suavemente—, ¿qué le pasa?

Se sorprendió al verme y se secó un poco las lágrimas que seguían corriendo libres, como si hubieran esperado este día desde hacía mucho tiempo.

—Ay señor, discúlpeme. No sé qué me pasa.

—Cuénteme Enrique, tranquilícese, tantos años juntos. Hoy no soy su patrón, soy un amigo.

No sabía muy bien qué decirle, sin embargo di justo en el clavo.

—Es el trabajo, señor, la situación, mi esposa, mis hijos, el taller, señor. Son los zapatos —y entre llantos y sollozos alcancé a oír, entrecortada, la última frase de Enrique— es… mi vida.

Le pedí que me explicara, que yo le brindaba un hombro para llorar, que lo ayudaría con algunos pesos extra, que no tenía que trabajar tanto.

—Gracias, gracias, señor. Pero eso no es. Eso no serviría. Mi problema es más grande. Últimamente me siento inútil, acabado, marchito.

—¿Quiere vacaciones?

—No señor, gracias. Es que…

—¿Qué? Dígame Enrique, yo lo conozco tal vez más que nadie, dígame.

—Es que odio los zapatos.

Esa respuesta me produjo una sensación similar a la que se vive en un momento cercano a la muerte, cuando uno se descuida y por no mirar bien al pasar la calle casi es arrollado por un carro. No me lo esperaba y me dejó una angustia adentro todo el día. ¿Enrique odia los zapatos? Una persona como él, que al inicio del taller solo hablaba de ellos, de lo maravillosos que eran, de lo necesarios que eran, de la historia de esos fantásticos objetos que cubren los pies de todos para protegerlos de la árida tierra, para que la gente siga caminando y nunca pare. Recuerdo cómo contaba siempre la misma historia de que al no poder envolver la tierra en cuero, para hacerla más suave, el hombre había decidido envolver sus pies en él y desde ahí había aprendido a amar más la tierra. Esa historia, junto con la historia de la mañana en que arregló sus propios zapatos con cartón y madera, y luego puso dos pequeñas alas a cada zapato para ser más rápido y poder seguir jugando fútbol, eran Enrique, y ahora un nuevo Enrique le había puesto fin a esos repetidos relatos.

—No me malentienda, al comienzo los amaba, eso sí, quería ese trabajo. Pero hace varios años dejaron de ser fascinantes y se convirtieron en objetos inútiles, repugnantes, como yo. Ya no soporto un día más en este taller. El olor del cuero, de las puntillas, de las máquinas. Perdóneme señor, perdóneme, necesito descansar

—Tranquilo Enrique, a todos nos pasa en algún momento de nuestras vidas. Vaya y descanse, y nos vemos el lunes para hablar con más calma.

Un poco nervioso por lo que había sucedido salí del taller y me fui a casa. El carro quiso despertarse rápido. Frente a la puerta de la casa tuve la sensación de calma y frescura una vez más. La imagen del árbol y la luz cálida filtrándose entre las hojas tocando mi piel se repetía. Pasaba lentamente por debajo de él y me sentía feliz. Luego el lago, tranquilo, silencioso, pero esta vez me sumergía en él. El agua fría adormecía mis sentidos, mis preocupaciones, me sumergía todo, abría los ojos bajo el agua y ahí estaba su imagen.

Mi hermano me despertó diciéndome que la próxima semana tenía una entrevista de trabajo. Que no sabía bien para qué era pero que cualquier cosa en este momento servía.

—El entierro es después del medio día en la iglesia donde está mi padre. Mamá llamó, que llevemos el carro y la esperemos allá para entrar juntos.

Lo felicité.

—Lo siento mucho —oí decir a una vecina mientras sacábamos el carro—.

Tía Tere era una pariente relativamente lejana. Siempre conservé en mi memoria momentos felices con ella, cortos y buenos tiempos. ¿Por qué me afectaba tanto entonces? Sentía un peso negro en mis párpados mientras manejaba. El sol caía en el vidrio del carro y me hacía entrecerrar los ojos.

“¿Será que por vestirme así, me mirarán raro?” me preguntó mi hermano mientras buscábamos a mi madre en la entrada de la iglesia. Tenía una camisa morada y una corbata del mismo color.

—No creo, vestirse de negro es solo una simbología —le contesté—.

Creo que no añadí gran cosa con mi respuesta. Yo sí estaba vestido de negro, de luto.

—Tal vez la gente al mirarme entre tantos colores oscuros se alegre un poco —me dijo sonriendo—.

—Sí, tal vez.

Encontramos a mi mamá. Estaba de negro también y se veía un poco afectada.

—La funeraria queda abajo —nos dijo y bajamos con ella—. Hace mucho no estábamos los tres juntos.

La habitación donde estaba el ataúd estaba llena de gente. Veía muchas caras conocidas. A algunas sabía ponerles un nombre, un apellido, un apodo, pero otras solo me recordaban episodios de mi infancia. Entre saludos y consuelos llegué a donde estaban las personas más cercanas a la difunta. Les di mi más sentido pésame y le di una mirada rápida al cadáver. Miré sus zapatos, de madera muy bien fabricados, debían ser del italiano de la calle de los anticuarios. ¿Por qué no me habían pedido a mí que los hiciera? No hubiera tenido tiempo, seguramente tampoco ganas. Pensé un momento en Enrique. ¿Seguiría llorando? Me volví para observar un momento a todos, a todos los presentes. Los hombres que usaban sombrero lo llevaban entre las manos. Otra simbología, pensé. Veía cómo lloraba desconsoladamente la hija de la tía Tere, no podía recordar su nombre. Ese llanto me desgarraba y sin embargo seguía hablando, sentado con mi tía, tratando de levantar un poco el ánimo. Quería hacer algún chiste, reírme entre tanto dolor. Lo lograba pero me daba vergüenza. Le habían mandado muchas flores. En pocos minutos sus más cercanos cargarían el ataúd y la llevarían a la iglesia. Seguramente ellos estarían viéndome, preguntándose quién es ese hombre viejo que parece esbozar una sonrisa cada cierto tiempo, y le preguntarían a otros quién soy yo y se alegrarían al saber que yo no era tan cercano a Tere pero que había venido a compartir la pena de su muerte.

Empecé a mirar los zapatos de todos. Con una punta muy marcada, con cordones delgados, gruesos, de suela de madera, brillantes; las mujeres con tacones no muy altos, negros, cafés, que combinaban con sus chalecos de paño, con sus collares, con sus guantes, sus abrigos largos. De nuevo miré las flores, había llegado un arreglo más. ¿Cómo sería mi entierro? Dejaría a los demás que se rieran, que fuera un entierro feliz, nunca lo había pensado antes. Que me cremaran sería mejor. Imágenes de zapatos venían a mi mente. Yo no quería nada de esto, no quería que ríos de gente de negro rodearan mi ataúd, mi cadáver, ni que cercanos y lejanos compartieran el dolor de mi partida, ni irme al dar por terminada la ceremonia. Cuando llegue mi muerte quiero que solo una persona esté presente, que sea oscuro pero alegre, que esa persona llore mis cenizas, que un silencio llene la tierra un momento. Quiero morir tranquilo debajo de un árbol por el que se filtre la luz, quiero ser aquel que produzca esos círculos en el agua y que después esté la calma. Que el hombre se de cuenta de que sí puede envolver la tierra en un gran silencio y no sus pies.

Empecé a odiar los zapatos. Sentía que entre Enrique y yo, entre él y yo había un hilo, un hilo que nos unía desde muy lejos y que hasta hoy se había hecho visible. Apenas cargaron el ataúd me di cuenta de que ya no quería ser zapatero. También odio los zapatos, quiero desamarrar mi vida, quiero morir descalzo.