Embolar la memoria

Por Edwin José Corena Puentes

REC 10 Relatos

Siéntese usted caballero. Tome el periódico. Neutro. Bueno. Tiempo sin saber de usted. Es necesario cansarse de la vida para arreglarla. Le pregunto ahora. Le cuento. Mañana me voy con la denuncia para la Capital. Creo que el próximo mes recibo lo que pedí. Mi abogado dice que es cuestión de esperar, que quien sabe si el juez se le da por aplazar, usted sabe, el miedo en esto es lo que marca el tiempo. ¡Caramba! no logro embetunar bien la suela con este cepillo. Espere le limpio mi señor. Le recuerdo que a mi hijo me lo dejaron fue bien muerto. Ya le conté. Es duro el recuerdo. Golpea las tripas mi señor. Es como si le pegaran al corazón, porque se siente uno tan vivo y tan solo. Se trepan, en serio caballero, que se trepan es toditas esas imágenes que le retuercen el genio. Mi mujer sólo llora, reza y duerme. Yo, en cambio, me toca llorar pa´ dentro, como si fumara como mi abuela con la mecha viva en la boca, y eso arde todo señor, y uno se quema mientras trabaja con ese recuerdo. Lo de las amenazas fue temprano, el sólo era de voz ardiente, como mi padre, el liberal, que almorzó con Gaitán, y estuvo por ahí por la séptima a la 1: 15 p.m. cuando lo mataron. Yo estuve, no me lo crea señor, en Soacha, cuando balearon desde el piso al Doctor Galán. Así que ya ve, el muchacho tenía la sangre con ideas, y venía de nosotros, pobres, pero con la historia atravesada, vivida con nuestros propios pies. Ya yo no lloro señor. Para qué. Por qué. Si al fin la vida no es que ya sea muy importante. Deje le cuento. Si a un vecino en la vereda le perdonaron la vida por un bulto de yuca. No se ría señor. Que a mi hermano lo mataron porque tenía hipo. No abra lo ojos así. El mandamás dijo que el ruido los delataría. Y que además tenía mucho sueño. Esa noche señor se quedaron en el rancho, mientras yo dormía con mi hermano muerto, sin llanto ni voz, ya debe saber por qué. Pero ya no lloro señor. Ya qué. Mire, yo conté en la radio, en la televisión, hasta en el cine, conté en un dibujo bonito que hice en cartulina y quedó tan bueno que se lo llevaron pa´ estudiarlo en una universidad gringa, así que ya no lloro. Ahora trabajo acá, en esta acera. No hace falta la rula, y bueno que me ha ido. Somos varios los que nos hemos encontrado por acá. Antes lo hacíamos en el festival de Gaitas, yo llegaba en burro, y otros como yo, también, ahora los veo por ahí, sin rula, ni sombreros, algunos en abarcas, en bicicletas vendiendo panes, qué dirían los burros. Fíjese que hasta la suerte agarré. Siete uno seis. Bueno que nos fue a todos con ese número. Hubo pa´ la botellita. Y hasta para hacer una misa al pela´o, de esas de conmemoración que le llaman. Pero no crea que soy sin dolor. Sin penas. Sin corazón. La plata que me van a dar me gusta, pero me gustaba más pescar con mi hijo. Ya ve, ahora que me den el dinerito me voy a comprar un motor Yamaha para ponérselo a la canoa, salir a pescar, coger el aire de adentro de la ciénaga que es bueno para aventar los bronquios, y pescar el bagre que era el que le gustaba a mi hijo. Ahora que me den el dinerito caballero, voy hacer un mural grande en el patio de la casa del pueblo y voy a dedicarme a pintar el dibujo que hice en cartulina, le voy a poner los arboles florecidos, las acacias, los mangos, el riachuelo cruzando lento, y al fondo, la montaña grande, la gran sierra, con sus picos nevados devorando las alas de las aves. Me gusta pintar, para que, y el azul es mi color, aunque por las filiaciones, he sido rojo, pero era antes, ya yo no soy sino un blanco que se pone a embolar los zapatos de colores negros, o de neutro o de café suave. Y se pone hablar, por dejar pasar el día, por hacer correr el dolor que es la misma vida. Pero cuénteme usted caballero, al fin apareció el marido de su cliente.