El lamento de Gonzalo

Por Nicolás Samper

REC 7 Relatos

—Ni tú ni yo somos neuróticos. Lo que pasa es que hay que comprender al otro y comenzar a dormir en cuartos separados.

—Creo que es la primera vez que nos ponemos de acuerdo. Por lo menos desde el sí frente al cura Martínez. ¿Te acuerdas?

—Claro. Fue todo un evento. Hasta mis padres, que no querían que me casara contigo, vinieron.

Así eran siempre las conversaciones con Marina, la mujer de mi vida. Esa que entrando en un cuarto, una sala o un gran pasillo volteaba el estado de las cosas. Entre ellas, mi estado civil. Pero todo cambió desde aquella vez que apareció en el music-hall atravesando esos salones inmensos y tremendamente ornamentados, abriéndose camino con su bolso y sus guantes de lino blanco entre las parejas de bailarinas y bailarines, mientras yo cortejaba a alguna de las damas solteras que con pleitesía sustituían a esposas que ya empezaban a arrugarse, que no paraban de crecer a sus anchas y que, cariñosamente y haciendo un gran beneficio a nosotros, sus maridos, se ocupaban de los niños.

Aquella noche en la que mi mujer entró al salón de baile número dos, apurada y furiosa, poniendo su mirada en el piso como si estuviera humillada, me dijo con su temblorosa voz:

—Si tú, Gonzalo Godoy Hernández, quieres conservarme como tú legítima esposa y no caer en la desgracia del divorcio, te ruego que bailes una pieza conmigo.

Por esa época el divorcio era algo extraño en nuestra sociedad y no algo propio del matrimonio como lo es ahora. Por ello, y por nada más, despaché a mi acompañante y me dispuse a bailar con mi mujer. Desde ese momento, en el que ella y yo nos paseábamos como dos renacuajos en un estanque de algas, supe que la tragedia comenzaba: Marina iba a estar presente en todos los momentos felices de mi vida. Y así ha sido hasta hoy. Ella me acompañaba a visitar a mis queridas, consignaba todas las cuentas que yo pagaba a cambio de sus amores y se ha transformado en una cómplice que hasta el mismo Laureano o Charles Manson hubiesen deseado tener. Comenzó a anudar lazos de amistad, tan fuertes con ellas, que siempre que yo pasaba a saludar a alguna de mis amantes, Marina estaba sentada en su sala tomando el té, comiendo bizcochos y pidiendo consejos para rendirme homenaje bajo las sábanas. Y he ahí la tramoya.

Mi señora ha conseguido averiguarme la vida entera y, la verdad, ya no lo soporto. Ya no aguanto la manera en que Marina ha logrado recoger todos mis gustos, mis placeres encubiertos y hasta mis sentimientos por ella.

Ramírez, mientras sus labios soltaban una bocanada de humo y Godoy caminaba con su bastón de lado a lado por la humilde oficina, interrumpió diciendo: “pero don Gonzalo, ¿por qué se preocupa? Si todavía duermen en cuartos separados. O me equivoco…”. Y, volviendo a acomodarse en la poltrona de cuero y estirando su corbata negra, volvió a dejar el cigarrillo en su boca para continuar con la toma de apuntes en su agenda…

—Claro que dormimos en cuartos separados, Ramírez. ¡No sea idiota! —Espetó don Godoy, con la típica resonancia del salivazo en su garganta. “El asunto es que ella todavía puede entrar al mío. Y, aún peor, seguir conociéndome y dejándome conforme y satisfecho. —Godoy deslizó la mano por su cabello prístino y soltó una queja frunciendo el seño y echando el brazo para arriba, como si cacheteara un pato—. No hay objetivos y el sosiego se ha hecho eterno. Lo cual me incomoda mucho, pues la calma ya no la encuentro ni en Internet.

Sacándose el cigarrillo con su mano derecha, Ramírez trató de tranquilizarlo.

—Con todo respeto, don Gonzalo, creo que a su edad, su esposa logró, sin hacer esfuerzo científico alguno, encontrar la cura para el Viagra.

Los globos oculares, o por su tamaño, terráqueos de Godoy se encendieron como las orgías de Baco en el infierno.

—¡Deje de ser tan imbécil! ¿O cuándo ha logrado usted disfrutar de su mujer totalmente, y además vivir una vida feliz? ¡Ah! Ramírez, ¿cuándo?… Dejémonos las pendejadas para más tarde. Yo ahora, lo único que quiero… —Advirtió don Godoy levantando lentamente el bastón— es que usted me devuelva mi juventud y mis angustias. Lo que le ordeno: ¡Es que me haga viudo! —Y golpeando el piso con el bastón, salió caminando por el pasillo—.

Luego entró a la oficina la dra. Rendón y, haciendo mención de la salida de don Gonzalo: Acabo de ver salir a Godoy.

—¿Cómo está ese asunto? ¿Ya sabe que goza de facultades que no tienen los demás? —Poniéndose su bata, Ramírez le contestó— Y… lo mismo de siempre, ¿sabe? Pero así es el amor; y así son las cosas cuando una pareja se interna en el mismo manicomio. ¿Me acompaña por un café?