El espía del público (Reflexiones detrás de El hombre almohada)

Por Felipe Botero

REC 7 Relatos

Me gusta espiar al público. Una vez se da ingreso a la sala y se le solicita al público ubicar su localidad, me escondo en algún rincón perdido detrás del escenario y busco algún haz de luz que atraviese las uniones de la escenografía y que me permita asomarme a observarlo. No soy el único, siempre que miro al lado, alguno de mis compañeros está haciendo lo mismo. Imagino lo divertida que debe parecer esta imagen: un grupito de actores inclinados en medio de la oscuridad e iluminados por unos tímidos rayitos de luz.

No espío al público con la intención de darme una idea del número aproximado de personas que asisten a la función. Al menos no lo hago solo con esa intención. Todo actor quiere saber si la sala está llena. Lo hago también con la intención de oír lo que algunas personas del público dicen mientras esperan acomodadas en sus bancas el inicio de la representación, aunque la mayoría de las veces tan solo puedo intentar descifrar lo que dicen y en algunos casos —muy pocos—, imaginar lo que piensan.

Es un ejercicio divertido. Es un ejercicio de observación silenciosa donde se invierten los papeles. El observador pasa a ser observado y quien lo observa es a quien dicho observador ha venido a observar. Es un ejercicio divertido para los actores, por supuesto, el público no sabe que lo están observando.

Pues bien, una de tantas noches de función me asomé a espiar al público y mientras paseaba mi mirada por las hileras de bancas, una pareja mayor ubicada en el costado derecho de la tercera fila llamó mi atención. Desde el primer vistazo supuse que eran esposos. El hombre, de pelo gris casi blanco, vestía una chaqueta deportiva roja y una camisa de cuello blanca. Aunque no alcancé a distinguir el color de sus pantalones, por la mirada del hombre, intuí que serían de color parduzco y que debían combinar perfectamente con unos zapatos estilo mocasín de color marrón. La mujer, sentada a la derecha del hombre, llevaba un pelo rubio muy bien arreglado que terminaba antes de llegar a los hombros. Vestía una chaqueta azul clara y abrazaba una cartera de tamaño mediano. No me interesó imaginar el resto de su vestimenta.

Lo último que recordaba de ellos, antes de que sonara el tercer llamado y todos corriéramos a ubicarnos en nuestras posiciones para dar inicio a la función, fue la mirada del hombre: una mirada seria, cerrada, tan cerrada que apenas se le veían los ojos. De la mujer no recordaba nada.

El anuncio terminó, las luces de sala bajaron, nos deseamos un último “¡mucha mierda!” y entramos en escena. La primera escena transcurrió con normalidad,—bueno, si esta expresión cabe en el lenguaje teatral—. Después de asestarle un par de golpes al personaje protagónico salí de escena amenazándolo con torturar a su hermano, quien estaba encerrado en una celda contigua. En el baño del camerino, como suelo hacer todas las noches, bañé mi mano en sangre artificial y la vendé con un trapo blanco. Después de unos minutos volví a escena amenazando nuevamente al protagonista con volver donde se encontraba su hermano a terminar mi trabajo. Fue casi en el cierre de esa primera escena cuando la pareja de la tercera fila se volvió a asomar en mis pensamientos. La fría mirada del hombre no había variado y continuaba sin poder descifrar la mirada de la mujer. Salí de escena por segunda vez, bajé al baño y me lavé las manos.

Cumplí con mis tareas en la trasescena repitiendo mentalmente los textos que debía decir en mi siguiente entrada. Entonces volví al escenario arrastrando una vez más al protagonista para entregarlo en los brazos de su hermano que lo esperaba sentado en proscenio. La pareja había desaparecido.

Bajé a los camerinos, lavé mis manos nuevamente y le hice un pequeño balance de la función a mis compañeros. Debí decir algo como: “va bien” o “va muy bonita”. No recuerdo muy bien. Me lavé las manos otra vez y salí a fumar un cigarrillo. Crucé unas cuantas palabras con uno de los técnicos, tiré el cigarrillo y lo apagué con la suela del zapato. Fue en ese instante cuando recordé a la pareja. Me crucé con uno de los acomodadores y le pregunté si alguien se había ido de la sala. Negó con la cabeza.

Subí en silencio las escaleras y me acomodé en uno de los laterales donde podía asomarme sin ser visto. En ese momento, el protagonista comenzaba a narrar a su hermano el cuento del pillowman. Hice un barrido rápido en el público sin éxito. Volví a mirar. Nada. Nada. Pensando en la falta de atención del acomodador, me levanté para irme, no sin antes echar una última mirada al escenario. Este cuento me encanta. Me encanta cómo lo narra el protagonista y cómo su hermano pone atención y pide más y más detalles de la historia. Me encanta cuando ese hombre hecho de almohadas sencillamente se desvanece hacia la nada. Me reí en silencio en el mismo lugar de siempre y me giré.

Bajé un escalón, no sin antes preguntarme si debía mirar una última vez. Lo hice. Volví sobre mis pasos y miré la oscuridad del público. Ahí estaban. Los identifiqué por la chaqueta roja del hombre. Ahí estaban otra vez. Recuperaban su estado corpóreo. Un golpe de luz procedente del escenario los iluminaba tenuemente. Ahí estaban. Exactamente igual que antes, ahí estaban. Los ojos del hombre se hundían más y más en su cara, casi a punto de desaparecer. Pero a ella seguía sin poder verle los ojos. Entrecerré los míos y los dirigí a la mujer, solo a la mujer. La luz comenzaba a desaparecer. Clavé mi mirada en el lugar de ella y miré, miré y miré. El hermano del protagonista se paró frente a mí. Estuve a punto de susurrarle que se quitara, que no me dejaba ver. Como si hubiera oído mis pensamientos volvió a su butaca, como lo hace cada fin de semana y, sin saberlo, me descubrió a la mujer. Entendí en el acto porque no podía distinguir sus ojos y nuevamente me reí en silencio. La mujer se seguía tapando la cara con la mano izquierda, inclinaba la cabeza hacia el frente y se tapaba la cara con la mano izquierda. Me quedé un rato más allí, el suficiente para que el protagonista me descubriera espiando. Me lanzó una mirada que no supe descifrar. Me volví, bajé las escaleras y no quise pensar más en el asunto.

Escuché el anuncio del intermedio mientras pisaba otro cigarrillo. Volví con mis compañeros en el momento en que los dos actores volvían de escena. “¿Qué tal estuvo?”, pregunté. Mi sorpresa no pudo ser mayor cuando el actor que interpreta al protagonista confesó, casi indignado, la incomodidad que le había producido durante toda la obra una pareja sentada en la tercera fila. Le habían producido tal disgusto que había dirigido todo un monólogo al hombre y le había narrado el cuento de “El marranito verde” a la mujer, a ver si conseguía despertarla de su quietud. Me reí, haciendo mucho ruido está vez. “¿Usted también los vio?”, preguntó. Respondí que sí. Pregunté si alguien más los había notado. Mi compañero detective, en un gesto robado a su personaje, asintió con la cabeza. El actor que interpreta al hermano me confesaría después que la pareja también lo había puesto algo nervioso.

Durante los quince minutos de receso no hicimos otra cosa que preguntarnos por la pareja. ¿Estarían peleados? ¿Estarían profundamente ofendidos con la obra?, o simplemente ¿estarían cansados? Pronto el tema se hizo público y cada quien empezó a desarrollar su hipótesis: “posiblemente se trata de una pareja divinamente que está acostumbrada a otro tipo de espectáculos teatrales, tal vez algo más ligero”, dijo alguien. “No creo…”, respondió otro. “ A lo mejor ella es la amante de él y está escondiéndose”. Todos reímos.

Pensamos en la posibilidad de que el espectáculo les estuviera pareciendo verdaderamente vulgar. Comenzamos a cuestionarnos por el lenguaje de la obra. Tal vez —solo tal vez—, la obra no era para todo el mundo. Era posible que el texto no fuera de su agrado o que el tema les pareciera demasiado oscuro y macabro, o que simplemente estuvieran hartos de unos actores tan malos. Volvimos a reír.

Nunca antes me había preguntado tanto por la participación del público en el quehacer teatral. Por supuesto que la obra era para todo el mundo. Por supuesto que la obra habla a todo el mundo. Por supuesto que el teatro debe hablarle a todo el mundo. ¿Qué pasaba?, ¿una obra que trata sobre asesinatos de niños era demasiado fuerte para ellos? ¿Acaso era la forma como se hablaba del tema?

Desde el comienzo del montaje siempre nos persiguió la duda del tema, del lenguaje de la obra, aunque siempre he considerado que uno de los grandes logros del texto es estar escrito como una comedia negra. Además el tiempo nos demostró que el público aceptaba el secreto que le contábamos cada noche. Sí, algunas veces se iba alguien, pero no nos importaba. Le echábamos la culpa a Transmilenio y nos quedábamos con el resto. Por supuesto, ningún grupo quiere que se vaya alguien del público durante la representación, pero si lo hacen está bien, quiero decir, están en su derecho y el teatro no puede protestar ante este gesto. Pero, ¿por qué esta pareja parecía congelada? ¿Por qué no se iban? Esto era lo que verdaderamente nos inquietaba. ¿Sería esta su manera de protestar ante un espectáculo que no era de su agrado?

Apostamos que en el segundo acto no estarían. Si de verdad se sentían ofendidos, no serían capaces de aguantar el comienzo del segundo acto. No soportarían el cuento de “La niña Jesús”.

Oímos el tercer aviso. Bajaron las luces, subió la música y nuestro protagonista salió a escena una vez más a relatarle al público el cuento de “La niña Jesús”. Corrí a esconderme en el mismo lugar de antes. Allí estaban, exactamente igual que antes. No se habían ido. Allí estaba el hombre en el mismo lugar, con los mismos ojos fríos que ya no eran casi ojos, tan solo una franja que adivinaba sus ojos. Ella se escondía todavía tras su mano izquierda. Una mano que ahora me parecía más cara que mano.

Entré otra vez en escena. Esta sería la oportunidad perfecta para verlos de cerca, para mirarlos de frente. Al entrar debía ubicarme casi al borde del escenario. Podría casi sentirlos, si me lo proponía.

Cuando recordé los daños que causa al actor pensar demasiado en el afuera, ya era tarde. Mi último acto fue una porquería. Había sacrificado a muchos por dos individuos: una pareja, una pareja sentada en tercera fila. Pronto descubrí que lo mismo le había sucedido a mis compañeros. Habíamos salvado el último acto de milagro. Y la pareja continuaba ahí, él con una línea como ojos y ella con sus dedos como pestañas.

Terminó la obra. Crudo final. Salimos. Se oyen aplausos. Cumplimos con el rigor del acto. Damos la venia. Los siete actores nos damos la mano, damos un paso a proscenio y antes de inclinarnos por segunda vez dirigimos nuestra mirada al costado derecho de la tercera fila. Es un acto, casi un reflejo. Es un acto necesario. No los encuentro. Alcanzo a pensar que se han ido en el último momento, que tal vez se escabulleron cuando sonó el disparo, que sencillamente se desvanecieron hacia la nada como ese hombre hecho de almohadas. Pero ahí están. Ahí están, aplaudiendo desde su tercera fila. El hombre aplaude y nos mira a todos. A todos. La mujer hace el amago de levantarse. Sigue aplaudiendo, aplaude mucho y aplaude con las dos manos. Aplaude y aplaude y ahora le puedo ver los ojos.

Los siete actores nos miramos por el rabillo del ojo, damos una segunda venia y salimos.

 

THE PILLOWMAN
Montaje de La Compañía Estable