El Cervantes del acordeón

Por Nicolás Samper

REC 10 Reseñas

Sin ser manco, fue el Cervantes del acordeón y pienso que aún lo sigue siendo. Juan Manuel Polo Cervantes, un flaco errante, como buen juglar murió en el olvido y ahogado en el último guayabo que le dejó su Alicia adorada. Guayabo que hizo canción; canción que pasó a ser recuerdo; “Recuerdos de Alicia” que suenan hoy, gracias a que Alejo Durán los grabó. Por tratar de olvidar, Juan Manuel Polo no pasó al olvido. Fue juglar, mujeriego y un trabajador honesto, de los que después de tocar solo cobran botellas de ron. Y porque oigo esos recuerdos que me transportan a Flores de María, a Concordia, o mejor, a todo el Magdalena, les quiero contar la historia de su compositor y la de su recuerdo.

Le dije Juan Manuel Polo (pero así quizás sólo lo conocieran sus padres y su hermana María) que lo vieron nacer en 1918. Su bautizo de verdad llegó cuando, aprendiendo a tocar acordeón con el maestro Pacho Rada, improvisó versos. Y en honor a Guillermo Valencia (un poeta colombiano, de esos que se pegaban al poder hasta ser presidentes), a Juancho Polo le cambiaron el segundo apellido. Así pasó de ser un Cervantes más, a ser Valencia. Lo flaco, lo errante y el resto vinieron después.

A penas siendo un pelao, Juancho Polo Valencia ya sabía montar a caballo y tocar acordeón. Sólo le faltaba salir de Concordia, su pueblito natal, para poder embriagarse de ron y de vida en las parrandas. Pero, sobre todo, cobrar por ellas.

Bien lo dice una copla del maestro Leandro Díaz:

Al pícaro de provincia

le conozco la jugada

cóbrele de mañanita

pa’que vea cómo le paga

Valencia pudo haber seguido esta lección al pie de la letra: nunca cobró de mañanita, siempre cobró durante la parranda. Alberto Salcedo Ramos, el gran cronista de la costa, cuenta que Juancho Polo alguna vez se fue a tocar al Yucal, un corregimiento del departamento de Bolívar, y que “Al tocar su acordeón se emocionaba tanto que, de pronto, frenaba la canción en seco, sacudía los hombros y se hablaba a sí mismo (en segunda persona) con una exclamación que le salía del alma: ’¡Muévete, cuerpo viejo, que yo te traje fue pa’ que te divirtieras!’” Y se pegaba de una botella de ron, como un ex fumador se pega a su cigarrillo electrónico para actualizar el tema. Así cobraba Juancho Polo, como un hombre honesto que sólo pide lo que necesita para calmar su sed. Hoy son pocos los que beben con esa clase y no manejan.

Y de parranda en parranda, Juancho Polo iba con su caballo y su acordeón bebiendo y bebiendo. En uno de sus viajes conoció a Alicia Cantillo, la que después sería su Alicia adorada. “Se enamoró de ella y se la llevó”, cuenta María Polo, su hermana. La llevó al lugar donde todo el mundo lo quiso: Flores de María, un pueblo del departamento del Magdalena, a dos horas del corregimiento de Fundación. En 1990, Ernesto McCausland se fue allá a averiguar de dónde le había llegado la inspiración a Valencia para componer Alicia adorada, su tema más famoso. McCausland hizo un documental con lo que logró averiguar, y el cual puede verse en Youtube si uno busca La historia de Alicia adorada. En ese documental, Flores de María es un lugar consumido por la maleza, por el olvido, donde todavía unos pocos recordaban a Juancho Polo Valencia.

En 1942, el mismo año en que conoció a Alicia, Polo la embarazó y, cumplido el deber conyugal, se fue a celebrar (a trabajar) y la dejó con sus padres”, cuenta Luis Meza, compañero de tragos de Valencia. Pero a Alicia el embarazo la enfermó, “se hinchó las piernas (…) estaba anemia [sic]”, recuerda María Polo en el documental de McCausland. Alicia le rogaba a los santos que le dieran salud, llamaba a gritos a Juancho Polo, mientras pensaba que sus suegros y su cuñada se lo escondían, como hacían siempre que se iba de parranda.

Juancho Polo estaba cobrando su sueldo en Pivijay cuando le avisaron que Alicia ya estaba muy enferma y que tenía que volver para poder darle las medicinas. El regreso de Juancho Polo duró tres días, y por su demora, como dice la canción, “Alicia murió solita”. Se dice que una de sus amigas, Crucista Gamarra, le dijo a Valencia cuando llegó al pueblo: “Sin vergüenza, mire como tiene a su mujer”, como si señalara el mismo cadáver de Alicia. Juancho Polo le respondió: “(…) no sean así, demen una botella de ron y verá lo que yo traigo [sic]”, como si el bendito licor pudiera traerla de vuelta.

Juancho Polo no alcanzó a llorar ni a enterrar a su Alicia. Cuando ya se había tomado su tragos, y el sol se ponía sobre Flores de María (a las cuatro de la tarde, asegura Luis Meza), se fue al cementerio del pueblo a buscar la tumba de su mujer, y comenzó a tocar. Y cuando ya sabía los acordes con los que iba a acompañar sus versos, cantó: “Como Dios en la tierra no tiene amigos…”

Yo recuerdo la primera vez que oí esos versos. Era apenas un niño y era todavía amigo de Dios. Pero los había oído de la voz de Carlos Vives, en su versión de los Clásicos de la provincia. Sólo hasta que los oí cantados por Alejo Durán entendí que Dios había abandonado la Tierra y la dejó en manos de poetas y presidentes como Guillermo Valencia; en manos de lo que no les importa nada, sino su gloria, su paso a la historia y al firmamento. Pero suficiente digresión; terminemos la historia.

El día en que Juancho Polo Valencia cantó por primera vez Alicia adorada, también se le murió el alma. El cuerpo sin dientes que encontró su nieto, tendido en una hamaca al lado de una botella de ron, era sólo el pozo de los guayabos que su Alicia le había dejado. Pero en ese pozo también quedaban los ecos de Alicia, que se había vuelto canción, pero que él no quería tocar con alegría. Y yo recuerdo lo que él decía, o lo que Salcedo Ramos dice que Juancho Polo Valencia decía: “¡Muévete, cuerpo viejo, que yo te traje fue pa’ que te divirtieras!”, como si después de pasar cada trago se tratara de sacudir los recuerdos de ella, su Alicia, su compañera.

Ya lo dijo el mismo Salcedo Ramos, en su Elogio de la parranda: “Lo que busca el parrandero no es olvidarse de la muerte sino llenarse de coraje para enfrentarla“.

Pero a Juancho Polo no le gustaba enfrentarla, no quería recordar a su Alicia. Nunca quiso grabar los temas que le compuso. Lo hizo por la presión de sus amigos, que además de ver al gran borracho, se embriagaban con sus versos que no querían olvidar, que querían corear y repetir como un salmo sus canciones. Amigos egoístas, a los que les agradezco, pues si no hubieran insistido yo no habría escuchado la voz de Juancho Polo Valencia salir de la lata escuálida que era su cuerpo.

Fue Alejo Durán el que primero grabó Alicia adorada y el que la hizo famosa en algún Festival de la leyenda vallenata de los sesenta. Fue Carlos Vives el que se la regaló al mundo.

Pero fue Juancho Polo Valencia el que la compuso. El que no olvidó. El que fue olvidado y el que yo recuerdo, como voy a hacerlo en todas mis parrandas.