El arte del $iglo XXI: ¿Arte o mercadeo?

Por Felipe Andrés Duarte

REC 1 Ensayos

Alguna vez, frente a una obra de arte, alguien se habrá detenido a preguntarse ¿qué tanto le pertenece esa obra al autor? ¿Qué tanto participó el llamado autor en esa composición? ¿Quién se pregunta hoy en día si Beethoven, Shakespeare o DaVinci recibían ayuda de una mano derecha en sus obras? Tal vez alguien con un comentario que funcionara a manera de guía y que fuera necesario para darle el toque final a cada trabajo que entonces terminaba siendo aceptado como la obra de arte que es. Ya desde finales del período clásico y comienzos del romanticismo, las casas editoriales empezaban a adquirir importancia en cuanto a recolección de obras, análisis y publicación de las mismas. Pero es hasta la aparición de nuevas tendencias artísticas como el Blues y el Jazz –en un marco musical- y luego la cultura Pop, que la organización de grupos de editores y publicistas, el interés por los derechos de autor y la explotación del arte como mercado terminaron transformando todo esto en un nuevo concepto que se basa en la relación dinero-fama-poder. El arte que en su esencia surge como una relación entre el sentimiento, la razón y la forma de ver el mundo, le dio paso al capitalismo y a la necesidad, camuflándose ahora en el arte de una excelente propuesta de “marketing”. De esta forma su carácter expresivo y de compromiso entre el individuo y el mundo ha quedado atrás, pues lo primordial es la cantidad que se pueda vender y no la calidad que se llegue a mostrar.

Es justo en ese punto, en ese instante en el tiempo, en el cual el dinero empieza a jugar un papel importante en el arte, y la relación obra de arte-autor pierde claridad. Ya no se trata de un Mozart que compone sus obras sin importar el dinero a cambio, sabiendo que tienen un valor en sí1 y que la satisfacción y la necesidad de verlas terminadas, no se compara con el que le puedan ofrecer. Pero claro, es evidente que de algo tenían que alimentarse los más notables compositores de la historia, y podría sonar contradictorio decir que hacían música no por el dinero sino por esta idea romántica de la necesidad de expresión, y sin embargo seguimos siendo capaces de entender la diferencia entre el valor artístico de una obra, y el precio que se llegó a pagar por que fuera compuesta. De hecho, mencionemos acá a los grandes mecenas de la música que surgieron con fuerza en el período Barroco; ellos pagaban por la manutención de los compositores y por tenerlos con orgullo en sus cortes, mas no necesariamente por las obras en sí. Es decir, la libertad del artista para poner sobre el papel lo que ellos consideraran una excelente obra, sabiendo que tenían asegurada su comida y su techo (y cabe aclarar que no todos tuvieron este privilegio). Es muy diferente a la libertad del artista actual, que sabe que debe vender lo que se quiera comprar, limitándose a hacer lo que sea que quieran ver hecho los demás, mas no lo que el artista logre proponer, pues no tiene asegurados ni su pan y ni su techo. Ya no es posible aceptar con facilidad que el trabajo final haya sido una necesidad de expresión a manos de un talentoso autor; un creador que aunque reciba dinero a cambio hace sus

obras por pasión, ateniéndose -o gozando- de cierta ingenuidad administrativa y necesitando del trabajo más por la paz que sentirá al tener fuera de sí todas las ideas que lo atormentaban queriendo salir y verlas plasmadas sobre un lienzo, una partitura o un papel. Lo triste del denominado arte, hoy en día, es que muchas de las satisfacciones llegan una vez el dinero sea consignado en la cuenta.

Siempre me he querido convencer que los grandes artistas, compositores, escultores, pintores y escritores existieron en una época en que sus obras, a pesar de ser mercancía, estaban intactas del gusto por el dinero. Una época en que la obra-en-sí era el fin pues los medios ya se buscarían, mas no un medio en busca del fin lucrativo. Tal vez por eso los escritores por lo general no viven de sus libros, sino quizás de los artículos que escriben para revistas y periódicos, dejando intacto el espíritu en el momento que escriben sus grandes ensayos, escritos y novelas. ¿Qué habría sido de Haydn, y cuántas obras habría podido terminar si no lo hubiera acogido la corte del príncipe Esterhazy, gran mecenas del arte, y quien sostuviera sus necesidades y le facilitara el tiempo para dedicarse exclusivamente a hacer lo que su exigencia, gusto y estilo propio le demandaban? ¿Podría existir un Mozart en este mundo en que la necesidad de vender es más importante que la de expresar, si al fin y al cabo murió sin dinero pero con una cantidad enorme de composiciones que le dieron a la música otro nivel y que hoy en día no se les podría poner precio alguno?

La idea no es más que cuestionar lo que hoy llamamos arte, o incluso lo que sabemos que no es arte, pero nos gusta. La idea es ir más allá y cuestionarnos: ¿por qué nos gusta? Si es por su naturaleza misma que exige de nosotros su gusto y aprobación o si es el hecho de un manejo de mercado impecable que demanda que miremos u oigamos, casi por obligación y sin darnos otra elección de lo que nos quieren mostrar. Tal vez en medio de la globalización y el pluriculturalismo en que existen los nuevos maestros del arte es difícil rescatar a los verdaderos artistas dentro de un gran número de sofistas artísticos.

Ahora, ¿el autor en qué punto se ubica y que tanto merece ser llamado compositor de la obra? Si lo miro desde el punto de vista musical, y al cual me limito dada mi ignorancia en los procesos de creación de las otras artes, el autor si se quiere pensar como el creador único de la obra, de la idea, del ambiente recreado, de los matices, colores, alteraciones, disonancias, texturas, sonoridad de instrumentos, y en fin, de la obra final llevada al público, no se le puede atribuir a una sola persona como lo fue tan claro hasta el siglo XIX y comienzos del XX. La música en esa época se componía con una intención de recrear ambientes, fantasías, paisajes, o tal vez con la intención de recrear un poema, un cuento ó una historia, y aunque el concepto de “público” como lo conocemos es reciente (no mas de 300 años) la música que se hacía con o sin intención de llegar a un público, era composición y orquestación de una misma cabeza. Componer algo de la nada lo podríamos considerar imposible, por lo que toda obra tendrá siempre muestras de viejos autores y de melodías reconocidas que formaron el estilo compositivo de los grandes autores, pero su forma de utilizar las herramientas les otorga una diferencia particular que firma la obra de un compositor.

Llegamos entonces al siglo XX y como ya se mencionó, el mercado musical está sumergido y se oculta detrás de un importante manejo del marketing de lo que se produce, y ahora la respuesta a si la obra fue creada por una misma persona ha cambiado en su totalidad. La tecnología ha jugado un papel importante en el mercado. Los Beatles se separaron por diferencias en intención musical, cada uno quería explorar algo nuevo, pero es una clara evidencia de lo que hoy se conoce como una composición en la música Pop, del termino popular. Pensaría que el hecho de tener trabajos compuestos por más de una persona es algo difícil de obtener en otro tipo de arte. Sin embargo, con la tecnología que mencionaba antes, llegaron los encargados de conectar al compositor con el público a través del manejo impecable de los equipos de grabación y crecieron los ingenieros de sonido. Luego surgió la necesidad de promocionar al compositor y al músico, dándole un distintivo más que musical (visual) y surgieron casas disqueras y de distribución que prometían encontrar el dinero donde estuviera para su propio bien lucrativo, pero nunca prometieron nada acerca de buscar al mejor músico ni de vender el mejor producto posible. Así mismo surgieron los productores musicales buscando guiar el trabajo musical de un grupo, o darle claridad y solidez estructural y musical a una simple idea con la que llegó un individuo que compuso una canción pareciendo tener futuro (de nuevo lucrativo), pero que él no podría cantar por falta de facultades y se buscó entonces una cara a través de la cual el producto final fuera consistente y creíble. Y si con esto, la obra se le sigue atribuyendo a una sola persona, ¿qué pasa cuando el productor ejecutivo, encargado de patrocinar el producto, decide no apoyarlo si el tercer verso del “single” no se cambia por un solo de guitarra de doce cuerdas? Así mismo contribuye a que la obra final no sea lo que el compositor quiso en un principio.

Tal vez por lo complejo que ha sido el desarrollo de la música, se permite el trabajo en equipo de esta forma, y ¿que sería entonces del trabajo final si alguno de los que participó hubiera sido otro? ¿Quién sería en este caso el merecedor de los créditos de composición sobre la obra? ¿Quién merece entonces ser llamado el artista, o el verdadero músico?

Ya me había hecho esa pregunta alguna vez desde el punto de vista literario, pensando en el trabajo que tenían los editores. Si éste recortó, o decidió alterar lo que el autor presentó como su gran obra, ya es una transformación de lo que alguna vez el escritor original quiso publicar. Sin embargo, la alteración que nunca se mencionó fue necesaria para que se considerara la obra como un producto con potencial de venta, y entonces ¿hay que pensar en el público cuando uno compone? ¿Hay que limitarse, y limitar el arte a lo que la gente quiere oír? Sería como ignorar el arte que crece en las manos y la cabeza de un verdadero artista, solo porque se cree que eso no es lo que el público busca. Cuántos verdaderos artistas no habrán pasado desapercibidos porque su propuesta no era lo que se consideraba rentable en su momento. Si Bach, Mozart o Beethoven no hubieran roto las barreras y esquemas musicales de su época su música no habría alcanzado la dimensión e importancia que tienen. Mucho menos hablaríamos de ellos como precursores del Barroco, Clasicismo y Romanticismo. Y hoy ¿en dónde están las nuevas propuestas? Es con ellas que surgen estilos, mercados y nuevos precursores musicales e innovaciones en la producción musical.

Esto no es una crítica destructiva a lo que hoy conocemos como música. Por el contrario, busca resaltar los cambios de estilo y defender el hecho de la importancia tecnológica en lo que todos escuchamos como producto final. Mostrar que detrás de un trabajo musical se esconde un equipo de trabajo que le da vida y contribuye con algún factor del sonido y de las frecuencias que llegan a nuestros oídos. Es importante cuestionar la música y saber si lo que oímos merece ser promocionado o no; saber hasta qué punto es una obra de arte o una simple muestra de sonidos que alguien busca para lucrarse y otra gente recibe en sus oídos sin argumentos para criticar como algo vacío o meritorio de aplausos.

Hay que entender que el arte no se puede estancar, y considerando la visión “sartreana” del ser humano, el arte existe en la medida que sea estático y cambiante; se acomoda y busca dentro de los nuevos ideales, surge de las nuevas propuestas y trasciende gracias a su capacidad de cambio y progreso. Así mismo, como un árbol genealógico familiar, el arte tiene cada vez mas ramas que surgieron de algún personaje, estilo o cultura revolucionaria, y que muestra lo difícil o ridículo que es intentar volver atrás creyendo que solo en ese momento existía arte puro y real. No se puede ignorar de dónde vienen las creaciones de nuestra época, por lo que nunca sobrará mirar atrás, en busca de los padres y de las raíces de lo que hoy nos mueve, para explicarnos como ir más allá.

  1. Ser-en-sí: como lo trata Sartre en “El ser y la Nada”, podría igualmente sugerirnos que el valor de una obra de arte no es su valor monetario, sino aquel que hace al individuo un ser-en-sí. Es todo aquello que ya fue y que recorrió al ser y que habitan en su momento actual, en su quietud y en su inmovilidad, mientras al mismo tiempo es capaz de progresar hacia su mismo ser más allá en el tiempo y en el intelecto mediante su ser-parasí. La obra de arte es una obra-en-sí, dominada por su quietud y su valor adquirido en el tiempo por su misma esencia y al mismo tiempo es una obra-para-sí, que le otorga movilidad, mutación y desarrollo a través del observador. Va más allá de su momentaneidad y de su físico estático, y solo así podríamos apreciar un valor, sin caer en el error del uso monetario de esta palabra, del Arte.