El agujero

Por Nicolás Rodríguez Sanabria

REC 10 Cuentos

Una ráfaga de viento sacudió con fuerza los árboles del cementerio pero nada sonó y todo siguió en silencio. Jacobo se agachó y puso las flores encima de la lápida. Bruno había muerto hacía un año, lo habían asesinado, por accidente habían dicho. “Una bala perdida”, dijeron. Bruno la encontró. Jacobo había estado con Bruno cuando pasó todo y le pidieron identificar al hombre que había disparado, aunque el hombre se había entregado sin resistencia era necesario confirmar su identidad. Jacobo lo confirmó sin saberlo bien por miedo a que no condenaran a nadie si decía no estar seguro. Qué importaba. Bruno estaba muerto desde hacía un año y nada cambiaba.

Ahora, Jacobo sentía la urgencia de romper ese sosiego absurdo y en las últimas semanas había visitado varias bibliotecas y librerías para aprender cómo hacer una bomba casera. La había terminado hacía unos días y ya todo estaba listo para hacerla explotar. Sabía que al criminal lo habían dejado libre pero no sabía dónde estaba, tampoco le importaba. Matar al tipo no cambiaría nada y tampoco serviría de venganza: la muerte siempre es absolución. Su venganza, si es que se trataba de una venganza, no era personal, era general, iba contra el mundo, contra esa ciudad, contra todos los que tuvieran la mala suerte de ser víctimas del accidente que estaba a punto de provocar. Fue a su casa por la bomba.

No sabía hasta donde llegaría la explosión. “Si te coge solo a ti me vuelvo a morir pero de la risa”, diría Bruno, quizás. Todos los otros pensarían que se trataba de un suicidio y no de un atentado fallido, le tendrían pesar. Entró por la puerta de adelante y saludó a su madre que veía televisión. “Noticia de última hora” y su madre se enterará de que un chico se había volado con una bomba, qué pesar. Luego sonará el teléfono y le dirán que chico y volverá a tener pesar, esta vez de ella. Jacobo lamentaba tener que hacerle eso a su madre pero lamentaría mucho más no hacerlo por Bruno, así son esas cosas. Subió a su cuarto y sacó la bomba de debajo de la cama. Revisó que todo estuviera en orden. “Y si algo salió mal y ya no funciona, para qué hacerla otra vez”, pensó Jacobo, “y si explotara de repente y me lleva a mí y, para que no le duela, a mi madre también”. Duele porque siempre ansiamos irnos primero.

La bomba estaba en perfecto estado. Bajó y salió.

¿Qué llevas debajo del brazo?─ le preguntó su madre mientras el salía.

Una bomba─ respondió Jacobo y su madre rio.

Empezó a caminar hacia el lugar donde Bruno había muerto. Con suerte haciéndola explotar allí, alguien notaría la conexión de eventos y sabrían la razón de la explosión. Pero era improbable: tan sólo una semana después de haberse vuelto escena del crimen, esa calle era de nuevo una calle más. Ya había pasado un año, en un año se olvida mucho más. Pero como nada perdía, hacia allí se dirigió.

Empezó a preguntarse por qué lo hacía. Tal vez quería llamar la atención, gritarle a la ciudad que algo grande había pasado y nadie lo había notado, porque para el resto Bruno era solo alguien más; tal vez dejando un agujero en la calle empezarían a notar que algo había pasado. Sería inevitable al pasar por el lado. Así que entre más grande el agujero mejor. Quizá solo era la tristeza de su pérdida que no había sabido manejar y que se llevaría consigo a los que pudiera. Quizá a raíz de la muerte de Bruno, se había dado cuenta de la crueldad de la ciudad en que vivía y quería golpearla de alguna forma, y no se le había ocurrido una mejor. Quizá pensaba que Bruno haría lo mismo por él, aún sin saber bien qué, y por eso lo hacía. Quizá sí era una venganza personal y tenía la esperanza de que el asesino anduviera por allí y muriera con la explosión, o que al menos viera las noticias, y entonces él si haría la conexión (sería el único, daba la mala suerte de que el arma la había tenido él en la mano) y la conciencia lo torturaría hasta que, al no poder más, dispararía la misma pistola que había matado a Bruno para matarse él. Quizá nada tenía que ver con Bruno. Esta última opción no le gustó nada y dejó de pensar.

Llegó por fin a la esquina donde había ocurrido el hecho. Un año antes él caminaba junto a Bruno, hablaban de cualquier cosa, reían o se quejaban, iban rápido o caminaban lento; cada día se acordaba de menos y no quería olvidar más. Jacobo miraba los ojos de Bruno, Bruno y sus ojos café, eso sí lo recordaba bien. Entonces de la esquina había salido un tipo corriendo y un carro casi lo atropella, Luego venía otro tipo persiguiéndolo con un revólver en la mano y a ese sí lo atropellaron. Sonó todo al mismo tiempo: las llantas raspando el pavimento, el grito del atropellado, la explosión pequeña del revólver como un fuego artificial, y un quejido que sólo Jacobo escuchó: Bruno había dicho (ni siquiera gritado) “auch”. Como si se tratara de una historieta, como si hubiera querido hacerlo reír, como facilitando la narración, Bruno soltó un “auch”. Cuando Jacobo se volteó a verlo, Bruno caía de rodillas y se trataba de apoyar con una mano sobre el asfalto, no pudo y se derrumbó. Le salía a borbotones sangre a un lado del cuello, sangre más oscura y densa de la que Jacobo hubiera visto en cualquier película. Haciendo lo que había visto en televisión tantas veces, Jacobo puso su mano sobre el cuello de Bruno y presionó. La sangre se le colaba por entre los dedos y Jacobo no sabía si tenía la mano bien puesta. Giró el rostro y vomitó, y al hacerlo manchó el pantalón de Bruno, qué vergüenza.

No recordaba o no quería recordar que pasaba después. No importaba porque Bruno ya había muerto. “Murió casi al instante”, dijeron los médicos, perdió el conocimiento por el dolor y luego siguió la pérdida de sangre. Jacobo nunca preguntó si en algo había ayudado el presionar el cuello de Bruno. Quería pensar que sí.

Mientras que Jacobo moría lentamente, ningún médico lo aseguraría, no perdía el conocimiento pero le dolía la pérdida de Bruno, la muerte de Bruno. El último año se le vino encima y lo abrumó, y se sintió a punto de explotar como la bomba que tenía debajo del brazo. Se agachó y se apoyó como Bruno había querido hacerlo ese día, puso la bomba en el suelo y cerró los ojos. No lloró, Bruno no murió llorando. Activó el mecanismo y cerró los ojos con más fuerza. Alguien le tocó el hombro, Jacobo se volteó a ver quién era pero la bomba explotó.