Diógenes de las Aguas en un dialogo impotente con Sócrates el Divino

Por Andrés Felipe Gallego, Sebastián Ernesto Hinestrosa

REC 2 Relatos

Aunque generalmente evito los espectáculos públicos y las disquisiciones con la chusma; encontrábame yo, que día, tomando el sol y disfrutando de los bellos placeres de no hacer nada, cuando escuché a cierta turba enardecida discutiendo acerca de algunos temas no del todo insignificantes (y cuando digo “no del todo” me refiero a que sí lo eran… en su gran mayoría)

–¡Las labores de Pericles han resultado muy excesivas frente a sus resultados!— se escuchaba a lo lejos.

–Pero… ha de tenerse en cuenta que nuestro bello mandatario no cuenta con los medios suficientes para llevar a cabo su magna tarea— balbuceaban otros.

–Te referirás a su labor sexual, porque no conozco medios diferentes a la firmeza de su miembro de los que carezca el gran Pericles— dije yo, vuestro fiel servidor.

Se escucharon sonrisas y palabras de aprobación por parte del vulgo (inclusive, algunos se sonrojaron y no pudieron evitar que se escapara un suspiro por recordar anteriores experiencias sexuales anales sin completar); sin embargo, encontrábase alguien a lo lejos que no reía, fijándome en él descubrí, para mi admiración, la cándida figura del bello y calvo Sócrates, el Divino.

Sóc. – ¿Te diviertes a costa de la inteligencia de tus conciudadanos, elegante y sabio Diógenes?

Dió. – Por supuesto que sí, o ¿qué más habría de hacer en un día cómo este?

Sóc. – ¿Haces una pregunta o comienzas un discurso?

Dió. – Pregunto.

Sóc. – Pues podrías establecer un diálogo de manera legítima.

Dió. – Te lo concedo; sin embargo, debido a que no cuento con tu extraordinaria e infinita inteligencia, prefiero no proferir juicio alguno sin antes escucharte, dime tú calvo y viril Sócrates ¿Consideras, entonces, que Pericles actúa de la manera en que lo hace, por conveniencia y deseo propio, imputándose más funciones de las que le corresponden, por cuenta del gran poder que posee? O por el contrario ¿consideras que actúa de esa forma, por ser la única en la que le es posible obrar, no por deseo ni conveniencia, sino por obligación?

Sóc. – ¡Interesantes enigmas del conocimiento humano! ¡En verdad he quedado aturdido con tu pregunta! Así que, aunque me tengas en tan alta estima, y debido a que no poseo el conocimiento necesario para responderte, me es necesario preguntar: ¿cuándo crees tú que se puede obrar por deseo propio y cuando por obligación?

Dió. – No te preocupes mi querido Sócrates, tú sabes cuanto me place responder a tus agudas preguntas. Considero que uno actúa por deseo propio cuando tiene la capacidad de hacer algo, cuando no se tiene la capacidad de hacerlo se actúa por obligación.

Sóc. – Entonces, a aquella posibilidad de hacer algo la llamaremos potencia y a la incapacidad para hacerlo, impotencia.

Dió. – Me parece correcto.

Sóc. – ¿Son los políticos potentes o impotentes?

Dió. – Son los más potentes de todos.

Sóc. – ¿Qué opinas del gran Pericles, es potente o impotente?

Dió. – Es potente, cómo cuando mandó matar a aquellos niños inocentes… ¡vaya que si fue poderoso aquella ves! Especialmente cuando les mutiló sus pequeños miembros.

Sóc. – Sin embargo, querido Diógenes, aunque tú digas que es potente, tal parece que su esposa no opina lo mismo.

Dió. – Evidentemente Sócrates, tú sabes que es bien conocido por la muchedumbre que los políticos, y especialmente aquellos que buscan reelegirse, se caracterizan por tener la cocotera dura y la polla flácida.

Sóc. – ¿Dices entonces que Pericles es potente e impotente al mismo tiempo?

Dió. – ¡Por Zeus!, verdaderamente tienes una mente ágil mi cándido amigo, tal parece que tu calvicie ha despejado por completo todos tus pensamientos; no obstante, no considero que se presente contradicción alguna. En efecto, toma por ejemplo tu habilidad en las labores de Eros; bien conocido es por todos nosotros que eres el más diestro en esos asuntos. Sin embargo —y no podrás refutarme en este punto— resultarías ser el más impotente si un ejército de bárbaros deseara tomarse Atenas y tu fueras el único disponible para defenderla.

Sóc. – Puede ser que en algo tengas razón, pero entonces, si tomamos el caso de un ejército ateniense, valiente de forma absoluta, y además con intumbables genitales e insaciable libido, ¿dirías de ellos que son potentes en su máxima expresión?

Dió. – En efecto, lo haría.

Sóc. – Ahora bien, tomemos a Zeus, el Dios de Dioses, él es potente en sentido estricto. Comparando a Zeus con el ejército, ¿sigue el ejército siendo “potente en su máxima expresión”?

Dió. – Tal parece que no.

Sóc. – Entonces… ¿qué le pasó a tú ejército potente en su máxima expresión?

Dió. – Pues lo mismo que le paso a Zeus, quien al no poder contener más sus deseos se ve obligado a tomar la apariencia de diversos animales, y, de esta manera, escondiéndose detrás de los arbustos, espera el momento más adecuado para su satisfacción, ya sea espiando bellas muchachitas, ya sea divirtiéndose con los animalitos.

Sóc. – De acuerdo a lo que me estas diciendo, mi querido Diógenes, podríamos convenir entonces que no es posible encontrar un significado absoluto de potencia. En efecto, el ejército deja de ser potente frente al poder de Zeus, quien a su vez deja de ser potente ante el deseo; Así, en todos los casos, existe algo más potente que lo potente hasta el infinito. Entonces, teniendo en cuenta que nos es imposible conocer el final del infinito, no podemos conocer la potencia en sí, y por supuesto, tampoco tendremos la posibilidad cognitiva de llegar a su opuesto: la impotencia. Por lo tanto, es imposible encontrar una definición concreta de lo que es la impotencia, es decir, no sabemos que es y hemos vuelto al comienzo.

Dió. – Creo que tienes razón, hasta el gran Parménides de Elea convendría en tu punto. Pero creo que fallas en algo. Me parece que te puedo demostrar que es la potencia, para llevar a cabo esta faena, te puedo empezar agarrando la cintura…

Sóc. – ¡Oh bello varón! ¿Qué piensas hacer?

Dió. – Simplemente la demostración de lo que es la potencia juntando vientres y apretando muslos.

Sóc. – ¡Por el perro…! Pero si estamos en la mitad del ágora… no puedo, aunque tú sabes que no existe otra cosa en el mundo que más quisiera hacer.

Dió. – Es por eso que debes convertirte en un cínico…

A manera de colofón, Sócrates y Diógenes pasaron la más bella velada esa noche, ambos se vieron impotentes frente al deseo.