Destinos fatales: cuatro biografías no autorizadas

Por AGD

REC 9 Cuentos

El eco de un toc-toc-toc retumba incesante en los rincones de una casona Austriaca. Un niño de pantalones cortos recorre la casa dando pequeños brinquitos al ritmo de algún Kinderreigen mientras de su ropa caen boronas del Wienner Schnitzel que acaba de comer como almuerzo. Es un niñito raro, y sus compañeritos del schule se lo recuerdan todos los días. Por eso se ha convertido en un personajillo solitario y gasta sus horas cantando alguna canción y dando brinquitos por la casa, quehacer que solo se interrumpe cuando pasa enfrente de un espejo y no puede aguantar la tentación de detenerse, mirarse la cara y las piernitas flacas aún libres de pelos y tirarle besitos a su reflejo. Pero hoy el eco del toc-toc-toc no desaparece frente a un espejo, sino frente al cuarto de su mamá. El niño ve a la señorona llena de ternura y siente la urgencia de correr a abrazarla, pero antes de que alcance a dar el primer paso, lleno de ganas de estrellarse contra los pechos de su madre, la mujer se separa las nalgas con las manos y deja salir un pedo que hace que los pocos pedazos de Schnitzel que quedan se desprendan de su ropa. El niño está impávido, seguro de que su vida ha cambiado para siempre, y ni hablar del momento en el que su madre se baja los pantalones para encontrar unos calzones manchados de mierda. El niño quiere pensar que lo que siente es asco, pero cuando su madre mete la nariz dentro de los calzones y prueba el líquido marrón con la punta de la lengua, la mano del niño se mueve con vida propia y se mete dentro de sus pantaloncitos. Lo que sigue es un conjunto de eventos inenarrables, pero el niñito pálido no podría estar más feliz con lo que está viendo. El pequeño se sumerge en un estado de paroxismo absoluto por algún tiempo mientras ve el cuerpo semidesnudo de su madre. Se pierde entre los pliegues de su piel y se embebe con los vapores de comida procesada que llegan a su nariz. Pero entonces todo se acaba de un golpe, la mamá del niño vuelve los ojos para encontrar a su hijo mirándole con ojos lascivos y su manita moviéndose histérica dentro del pantalón. Ella lo mira y grita “¡Sigmund! ¡Sigismund Schlomo Freud! ¿Qué carajos haces ahí?” El niñito austriaco, en efecto, nunca volvió a ser el mismo.

 

 

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Una hormiga se retuerce bajo el punto de luz de una lupa que filtra el sol incandescente de Cataluña. Un jovencito que apenas madura un pequeño bigotico que hace pensar en la piel de un Kiwi gasta gran parte de sus días derritiendo cosas con su lupa en el patio de su casa. Aquella es una actividad un poco infantil para un joven de su edad pero, valga decirlo, se trata de un joven bastante inmaduro. De las hormigas pasa a incinerar hojas secas de los madroños y piñas de pinos mediterráneos; pero pronto el joven se aburre, quiere algo más extremo que una hormiga chamuscada, así que en una decisión rápida apunta la luz sobre el reverso de su mano. El dolor sobre su piel y el olor a cuero quemado lo llenan de placer. En un momento ese dolor placentero se hace tan fuerte que empieza a alucinar. Todo se llena de colores brillantes y en su cabeza oye la voz de un conejo que le dice “es tarde, me voy me voy me voy me voy”. Entonces, el joven ve el reloj de plástico que lleva en su muñeca, un reloj de juguete que ni siquiera da las horas, y le apunta con el rayo de luz que produce su lupa. Del reloj empiezan a salir vapores tóxicos de color púrpura que se cuelan por sus fosas nasales y salen de su boca convertidos en un huevo que se casca en el aire para dejar salir a un Quijote cabalgando en un Rocinante hecho jirafa. Pueden pasar horas, días quizás, y el niño sigue metido en un universo en el que de una laguna emerge un cristo de pelo corto que desaparece en el aire iluminado por un millón de cisnes envueltos en luces de navidad. Y de pronto el niño despierta, de la misma manera en que un borracho despierta sin poder recordar lo que pasó la noche anterior. Su mano tiene una quemadura de al menos segundo grado pero lo que realmente atrapa su atención es su reloj derretido. Entonces llama a su mamá a gritos y ella aparece por la ventana. “¿Qué quieres, Salvador?”, pregunta ella, a lo que él responde “un lápiz y un papel en blanco”.

 

 

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La pregunta entró en sus oídos pero no encontró lugar dentro de su cerebro, demasiado ocupada en procesar el dolor de pies causado por los tacones que llevaba en la sonrisa plástica que sus asesores le habían dicho que debía mantener. Fue como si el tiempo se convirtiera en gelatina. Sintió encima los ojos de todo un auditorio deseoso de sangre o de gloria, y sabía que cualquiera de los dos debía derramarse sobre las tablas del escenario. Trató de recuperar la pregunta en su cabeza pero sólo encontró una imagen borrosa, como la marca de un pintalabios en una copa de vino que se ha servido muchas veces. Estaba segura de haber oído la palabra hombre, la palabra mujer y dos o tres palabras más que no lograba ponerlas en el orden adecuado. Quiso deshacerse en llanto, pero en un acto de valentía que la humanidad no paría desde las guerras de los espartanos, decidió trabajar con lo que tenía. Pensó en su padre y todos los recuerdos que guardaba de él. Ninguno era especial, algunas idas al cine y algún circo, algún abrazo incómodo para los dos, algún regaño bobo y alguna mentira de la que él nunca se enteró. Y sí, un sueño mojado protagonizado por los dos. Y pensó en su primer novio y en la primera vez que unos dedos nerviosos le apretaron los pezones en la oscuridad de una sala de cine y recordó como esa fuerza que la llenó de electricidad le hizo por fin entender a su padre. Pensó en su madre, en la manera como los músculos de su cara se flexionaron el día que le confesó que había llegado su primero periodo, en la forma en que los nervios de su mamá hicieron que ella misma dejara atrás a esa niña que había sido durante mas de diez años. Pensó en cómo su mamá, sin decírselo nunca, le había heredado todas sus frustraciones, todos esos sueños que ella no había podido conquistar en un mundo machista y troglodita. Entendió que ella era el complemento de esa mujer que su madre no había podido ser y que ella, de manera paradójica, era y no era al mismo tiempo. Entendió, como una gran epifanía, que el mundo de su madre no era ya su mundo. Entonces el tiempo dejó de ser espeso y el micrófono que tenía frente a su cara la devolvió a la realidad. Ella, hecha una mata de compostura y seguridad, entregó su respuesta con la que quiso condensar todo lo que había pasado por su cabeza. Luego de saludar a todos, dijo “el hombre se complementa al hombre, mujer con mujer, hombre con hombre y también mujer a hombre, del mismo modo y del sentido contrario…”, algunos reían y otros se conformaban con el aplauso, pero ella siguió: “estamos para darnos cariño, para darnos amor…”, mientras hablaba el dolor de sus pies desaparecía y tuvo la suerte de no ver la mirada humillante que el idota del presentador le propinaba, continuó: “la mujer es el complemento del hombre en sentido muy bello: porque le da amor, también le da el cariño. El mundo está evolucionando y cada vez le damos mas amor al hombre que, en el caso colombiano, alguna vez fueron machistas”. Un país entero se rió de ella, como alguna vez le pasó a Galileo, a Darwin y muchos otros cuya mente trabajaba a una velocidad diferente a la del resto del mundo.

 

 

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V pensó que ya no era capaz siquiera de escribir su despedida de manera apropiada, si al menos alguien le hubiera hecho caer en cuenta. V nunca oyó aquello de “hace tanta soledad que las palabras se suicidan” pero aquel verso no podría parecer más que un vómito salido de su pluma. V no se llevó más que el amor inútil de su marido, si al menos alguien le hubiera dicho. V llenó sus bolsillos de piedras y se entregó al río, dejándonos como idotas a la espera de un milagro, a la espera de otro llanto. Y contigo, V, te llevaste al mar a Alfonsina y a Sylvia al horno; contigo un balazo de escopeta estremeció a Seattle y a toda una década mientras las magnolias se alimentaban de sangre. Si al menos te hubieras atrevido a otro estado de enfermedad más, V, si al menos hubieras escuchado lo que las voces tenían por decirte. Si al menos nos hubieras narrado el sabor del agua cuando entró por tu boca para buscar tus pulmones. Si al menos nos hubieras dejado más que el sabor de tu saliva en la boca, Virginia.