Decisiones cotidianas

Por Mariana Zarama

REC 7 Cuentos

Llegaron al restaurante algo tarde para el poco tiempo que tenían para almorzar. Se sentaron en una mesa de madera con poca luz que estaba al final del pasillo. Andrea, incómoda por el pequeño espacio, puso su maleta donde pudo y los demás también hicieron lo mismo. Hace rato que ella no iba a un restaurante, prefería hacerse su comida antes de salir. Ellos eran cuatro amigos del colegio que habían mantenido una relación cercana porque escogieron la misma universidad. Pidieron cuatro platos y cuatro bebidas frías que les traerían con un innecesario pitillo. La conversación trivial paró cuando todos miraban al mesero que temblaba nervioso al poner los cubiertos y las servilletas en su lugar, ¿era nuevo? El tiempo pasaba mientras Camila les contó su clase y explicó el proceso para disecar un animal y cómo le quitaban la piel a una jirafa. Hablando de entrañas, Juan se acordó del gato que tuvo que espichar en la circunvalar esa mañana porque no alcanzó a frenar. Andrea habló de un video divulgado por vegetarianos en el que maltrataban los animales. “Somos un asco”, dijo Antonio, mientras revisaba que hubiera sacado todas las fotocopias de su clase de Antropología.

En ese momento llegaron los suculentos platos. Comieron en silencio un bocado tras otro. Andrea se acordó de lo bueno que era comer en restaurante y partió otro bocado en el que identificó, metido entre los dientes del tenedor, un hilito negro con pequeñísimas gotas de salsa. El hilo, casi tan difícil de ver como una telaraña se deslizaba por dentro de la crepe mientras movía el tenedor hacia su boca. “Es un pelo, un pelo del mesero o del cocinero”, pensó. En su cabeza divisó dos líneas de tiempo de ese instante: o bien podía sacarlo y seguir comiendo —¿con asco?, ¿sin asco?— o bien podría ser la exigente e higiénica clienta que llamaría al mesero, le contaría el inconveniente y él, sudando, le recogería el plato y le traería otro. ¿Por qué le daba tanto asco un pelo? Algo tan delgado, tan inofensivo… A su cabeza vino la jirafa y la imaginó muerta y tiesa con algodón por dentro, mirando detrás de una vitrina de museo. Subió la mirada a donde estaba el mesero; su pelo no le daba asco. De hecho brillaba saludablemente bajo la tenue luz del restaurante. Pero en su plato le repugnaba. Ya no era de él, era una parte muerta. Algo que se fue como las uñas o las pestañas. Tal vez le habían enseñado a tenerle asco a los pelos perdidos, a los rastros de la imperfección física, a las cosas muertas. “¿Qué pasa?”, dijo Juan. “Nada, me embobé”, respondió ella. Sacó el pelo del plato con el índice y el dedo gordo y lo soltó al piso. Siguió comiendo; total, ya le llegaría la hora de irse.