Decir-hacer

Por Gustavo Niño

REC 2 Ensayos

La finalidad del arte es un juego sin objeto determinado
John Cage

En la mayoría de eventos sociales, ya sean bautismos, primeras comuniones, matrimonios, reuniones de viejos amigos de papá y mamá o cualquier actividad en la cual exista la posibilidad de conocer personas; una de las preguntas mediante las cuales se espera poder hacerse a una idea de cómo es la otra persona suele ser “Bueno, ¿y tú qué haces, a qué te dedicas?”.

En las innumerables veces que he presenciado esta escena veo cómo algunos responden con un gesto de aprobación y de satisfacción en su rostro cosas como: “Soy abogado” o “Trabajo en una empresa que se dedica a…” o “Vendo productos Tupperware, ¿sabes que son?”. Sea cual sea la respuesta, esta da pie a que la conversación continúe, a que la gente identifique cosas en común o a que se concrete o inicie algún negocio. En ocasiones es agradable ver cómo este juego de preguntas y respuestas evita que se fijen en que aún estoy ahí y me permite escuchar qué hacen otras personas y cómo lo hacen; pero otras veces el juego no funciona de manera fluida y la pregunta se dispara individuo tras individuo, sin estancarse en ninguno, haciendo que cada vez me suden más las manos y el nerviosismo aumente, a medida que la bala se dirige hacia mí.
Hasta que al final, la pregunta toma forma y es lanzada: “Y tú Gustavo, ¿Qué haces?, ¿A qué te dedicas?”

–Ehh…este, yo soy artista.
–Ahh, ¿y qué pintas?
–No, pues, a veces pinto, pero a veces hago videos, o performance o dibujos…lo que toque hacer
–Pero, cómo así, ¿luego no eres artista?
Ahí es cuando me resigno y entiendo que la gente no está muy familiarizada con que el arte no es únicamente pintura (tampoco tendrían porqué hacerlo, yo no estoy muy actualizado de cuáles son las últimas tendencias del derecho o de la medicina) pero también entiendo que jamás podré responder con el mismo gesto de satisfacción e infinita confianza en mí mismo con la que responde un abogado, un administrador o un vendedor de productos Tupperware; no porque sea un tipo genial, todo lo contrario, porque simple y llanamente no estoy muy seguro de qué es lo que hago. Precisamente no sé en absoluto qué es lo que hago.

Esta imposibilidad de decir a qué es exactamente a lo que me dedico, es lo que creo que le da sentido a seguir haciendo Arte; esa ocupación tan particular que incluye salir a montar en bici, hacerse millonario, repetir algo, no repetir algo, escribir, hacer cosas en barro, dar conferencias, almorzar con diplomáticos, pintar, conocer gente, dibujar, hacer esculturas, caminar hasta hacer una línea, regalar comida Thai, cortarse el cuerpo, sacrificar animales (o hablarles una vez han muerto), mandar a hacer cosas, hacer públicas cosas privadas, hablar de otras personas, no hacer nada, ser pobre, parecer botánico o antropólogo, burlarse de los demás, burlarse de uno mismo, hipnotizarse, cantar, bailar, emborracharse, enterrarse en la tierra, pegar letras adhesivas en paredes, hablar de uno mismo, hacer el ridículo, orinar en público, ver algo durante algún tiempo, viajar, gastarse dineros públicos, ser un criminal, ser un
beato, comprar cosas, ser indiferente, cambiar cosas de lugar, recoger basura, hacer ciencia, inventarse máquinas, criticar a las máquinas, dar clases, hablar de política, hacer política, creer que se hace política, cambiar una montaña de lugar, hacer huecos en el piso, publicar libros, ver el espacio entre dos cajas, preocuparse, socializar en internet, usar internet, hacer películas, hacer injertos vegetales, construir cosas muy grandes o muy pequeñas, regar pegante en colinas y cosas por el estilo.

Si pudiera decir con exactitud qué es lo que hago, probablemente no sería artista, tal vez sería escritor, periodista, abogado o médico, o en el peor de los casos vendedor de Tupperware o biblias, pero jamás artista.

Pienso que lo máximo que puede hacer un artista, en caso de tener que utilizar palabras y no imágenes, es hablar de cómo hace las cosas, no de qué quiere decir con ellas —lo que no sabe en absoluto—, sobre todo porque las obras de arte no dicen sólo una cosa. El pretender que se sabe casi que de manera científica qué es lo que dice lo que uno hace, tan sólo desconoce deliberadamente y por completo que el espectador, al menos de unos buenos años para acá, juega un papel importante en la configuración de una “obra de arte” sin importar si es un performance, una estética relacional o una pintura; es repetir hasta el cansancio la palabra posmodernidad y los nombres de sus representantes porque suenan bien y te hace parecer un tipo brillante, sin darse cuenta de que se esta siendo más moderno que los modernos.

La función explicativa del decir frente al hacer, que abunda por estos días, tan sólo reduce y banaliza problemas propios del arte—costumbre peligrosa en las humanidades—, sobre todo por sus consecuencias que son más parecidas a las de los sistemas totalitarios que a sistemas de pensamiento, dentro de los cuales otras personas aparte del artista generan opiniones y formas de ver que dependen de contextos específicos en tiempos específicos y que por lo tanto son susceptibles de cambiar.

La relación entre decir y hacer no debería estar basada en términos de justificar una cosa con la otra, pues decir y hacer tienen naturalezas y objetivos distintos: Más que utilizar el decir para explicar, justificar o darle un significado a un hacer; o hacer para comunicar algo en específico que se dice (tendencia del llamado “arte social”), estas dos formas podrían y deberían complementarse, entendiendo los límites y características propias de cada una de ellas. Al entender estas diferencias, tal vez el arte podría empezar a ser más autónomo como práctica y estaría buscando cada vez menos funcionar como lo hacen otras disciplinas, que sólo permiten un método (o que tienen una forma acordada y particular de hacerse públicas y de relacionarse con sus destinatarios finales y que hacen que la disciplina misma funcione). Si estos límites se entienden, es probable que empecemos a ver más Arte y menos comunicación social.