De la represión como una de las Bellas Artes

Por Carolina Loaiza, Felipe González, Juana Hoyos

REC 7 Ensayos

Dos investigadores egresados del programa de Arte de la Universidad de los Andes se encuentran y se ponen a conversar. El primero estudió durante la década de 1980 y el segundo en la del 2000. En medio de la charla, comienzan a hacer referencias textuales de diferentes libros, catálogos y artículos de prensa, dado que el punto de encuentro es, convenientemente, la Hemeroteca de la Biblioteca Luis Ángel Arango, donde tienen a su disposición todo este material. Así mismo, el más joven lleva consigo una carpeta con algunos papeles impresos que, en su mayoría, corresponden a algunos documentos que fotografió en el Archivo Institucional de la Universidad de los Andes.

Nota: Sobre la edición de este diálogo ficticio, el lector notará que han sido añadidas algunas notas al pie de página con las referencias exactas de las fuentes mencionadas dentro de la conversación, pero que no aparecen completas.

J.—Qué casualidad que se interese por ese tema. Yo también he estado tratando de averiguar acerca de lo que pasó con la Escuela de Bellas Artes, porque es un tema que siempre me ha interesado.

R.—Sí, yo he estado tratando de averiguar bien por qué se cerró y exactamente cuándo.

J.—Pues, respecto a cuándo se cerró, le puedo decir que hacia la mitad del año 1971 las matrículas se cerraron, es decir, no se aceptó la entrada de nuevos estudiantes pero muchos de los que estaban estudiando continuaron allí y los últimos se graduaron en febrero de 1974. Pero en cuanto a por qué se cerró, yo todavía tengo cabos sueltos, porque parece que fueron muchos factores que llevaron al cierre y es difícil determinar con precisión lo que ocurrió. Sentémonos y comparemos lo que cada uno de los dos ha encontrado para ver si de ahí se puede concluir algo.

R.—Me parece bien.

J.—En 1989 yo era estudiante y fui a una exposición que organizó María Teresa Guerrero quien, para entonces, era la directora del programa de los Talleres Artísticos de la Universidad1. Era una exposición de obras de egresados de arte de la Universidad de los Andes, y en el catálogo de la muestra había un texto de ella que para mí es tal vez el único intento por escribir una historia de la formación en Arte de los Andes: le dedica un párrafo al cierre. Siempre he creído que a partir de ahí uno podría comenzar a reconstruir lo ocurrido, mire lo que dice:

Si se contempla la Escuela de Bellas Artes [en] 1955–1974 a distancia, las dificultades internas hechos para recordar el pasado conllevan posiciones opuestas a los problemas. La crisis que ocasiona el cierre es producida por diversas causas: económicas, políticas —la presencia del MOIR, movimiento político de izquierda, de tendencia prochina—, [el] cambio de sistema y costumbres de vida, no han sido todavía cabalmente analizadas por los protagonistas.

R.—Yo sí había mirado eso y no dice nada más, ¿no?

J.—No, definitivamente no profundiza en el cierre. Pero tenga en cuenta lo siguiente: la Escuela de Bellas Artes que existió antes del cierre en 1971 se inició dentro de la sección femenina en 1954 bajo la dirección de Hena Rodríguez y floreció en la década de 1960 bajo la dirección de Juan Antonio Roda2, pero como ya hemos dicho, se cerró en los primeros años de la década de 1970. Pasaron aproximadamente diez años y en enero de 1981 María Teresa Guerrero abrió nuevamente los cursos de arte, organizándolos en forma de talleres artísticos, para luego formalizarlos como programa profesional de Arte en 1989.

María Teresa, en su intento por dimensionar la importancia del arte en la Universidad, hizo un esfuerzo por presentar el “nuevo” programa de arte como una suerte de evolución de la escuela de Rodríguez y Roda para, de esa manera, sumar la producción de los egresados de las dos etapas a un balance general del aporte de los artistas “uniandinos” a la plástica nacional. Su relato es un gran aporte a la construcción de una memoria institucional, pero no se detiene en el cierre de la escuela en los años setenta. Es probable que por tratarse de un episodio en cierta medida traumático en la historia de la relación de la universidad con el arte y además, por ser un hecho que requería un estudio complejo, el asunto desbordaba los propósitos que trazaba en su investigación.

R.—Y es que no da detalles de los acontecimientos que llevaron al cierre: dice que había una crisis y enuncia tres componentes de esa crisis, pero ¿qué podría ser una causa económica?, ¿una política? y ¿a qué podría referirse con cambio de sistema y costumbres de vida?

J.—Miremos esas tres preguntas, una por una.

R.—Listo. En cuanto a lo económico, esto es lo que yo he mirado: la escuela de Bellas Artes hacía parte de la Facultad de Arquitectura y tenía diez estudiantes nuevos al semestre frente a 493 que, en promedio, entraban a la universidad. La presencia de esta escuela en la Facultad no podía ser vista con buenos ojos debido a su desfavorable tendencia en los indicadores de participación porcentual en el gasto total de la universidad y en el total de puestos-estudiantes atendidos.

Mire los datos de una tabla presupuestal que encontré en el Archivo Institucional: los datos del cuadro muestran la “relación entre la participación porcentual en el gasto y en el total de puestos-estudiante atendidos (1967-1970)3.

La relación entre ambos indicadores presentaba una tendencia muy desfavorable para Bellas Artes, de ahí que se hubiera tildado como una de las carreras “menos rentables”. En otras palabras, lo que ingresaba por matrículas de estudiantes del programa no era suficiente para tener equilibrio entre gastos e ingresos y, como la Escuela tampoco atendía un número significativo de estudiantes de otros programas, como sí podía suceder con otros departamentos como Matemáticas y Física, no alcanzaba a cubrir ni siquiera sus propios gastos.

J.—Lo de la rentabilidad sí fue una discusión y las cifras demuestran eso como una realidad pero es bien raro de todas formas que el cierre se justifique de esa manera porque el concepto de rentabilidad es bien problemático; el caso de Bellas Artes no era equiparable al de Ingeniería. Precisamente en una carta que se publicó el 2 de abril de

1971 en El Tiempo bajo el título de “Bellas Artes contra Laserna en Uniandes”, los estudiantes cuestionaban las declaraciones de Mario Laserna quien, como miembro del consejo directivo, utilizaba el término “carreras menos rentables” para referirse a los programas de Bellas Artes y Filosofía. Los estudiantes afirmaban que la pertinencia de estos programas no debía ser evaluada únicamente desde consideraciones de tipo económico. Se trataba de un asunto que así no representara ingresos para la universidad, hacía aportes culturales significativos con repercusiones más allá del campus.

Leamos la carta mencionada porque me parece muy importante tener presente la posición de los estudiantes y los términos que utilizaban:

Estimado doctor:

Después del debate llevado a cabo el día 23 de marzo, en el cual usted tomó parte, acompañado por el doctor Enrique Santos Calderón y el estudiante Francisco Valderrama, pudimos comprobar su criterio, como miembro del consejo directivo de la Universidad, respecto a las carreras “menos rentables”. Consideramos necesario aclarar ciertas ideas que según parece, a pesar de la “madurez y experiencia en la vida” (que, como usted aclaró, eran las cualidades principales de los miembros de este consejo), están bastante confusas.

De un modo lógico y amplio, aceptamos la necesidad de carreras técnicas dirigidas al desarrollo de un país, pero en ningún momento se puede
excluir de este desarrollo el aporte cultural de personas menos tecnificadas, pero que están desempeñando un papel importante dentro y fuera de la universidad, ejerciendo una función cultural y contribuyendo positivamente al desarrollo del país. En el momento histórico en el que vivimos, nuestro país está subdesarrollado técnica y culturalmente. Culturalmente lo está, puesto que se ha dudado sobre la importancia de estas carreras y se ha pensado anularlas con base en que no son rentables. Según usted, cualquier carrera que no sea productiva, económicamente hablando, debe desaparecer. Sin embargo, estamos conscientes de que el problema de facultades como Filosofía y Letras y Bellas Artes no es un problema de financiación, como pretenden hacernos creer.

Quizás sea muy cuestionable esta “rentabilidad”, puesto que en muchos países el arte contribuye al desarrollo económico y por lo tanto, sí es “rentable”.

Las palabras del doctor Laserna que califican a los estudiantes de Bellas Artes y Filosofía (el doctor Laserna estudió filosofía en la Universidad de Berlín), como las señoritas (señoritos) “que vienen a la universidad mientras tanto…”, demuestran no solo un profundo desconocimiento de los trabajos realizados dentro de dichas facultades, sino también un estrecho criterio en cuestiones culturales.

Concretamente, hay alumnos que salieron de la escuela y están desempeñando cargos de importancia como, por ejemplo, el de directora de la Extensión Cultural de la gobernación de Cundinamarca, y en Artesanías Colombianas. Algunos han ganado becas para el exterior, han sido profesores de la universidad y han hecho exposiciones donde han ganado premios de importancia.

En 1968, la escuela hizo una exposición colectiva en el Colombo Americano. En el mismo año algunas de las estudiantes de esa escuela participaron en un concurso de grabado en la Universidad de Antioquia.

Varias alumnas que actualmente están estudiando en la universidad han participado en bienales, salones de artistas nacionales, y exposiciones de dibujantes jóvenes, donde han ganado premios y menciones. También se han hecho exposiciones colectivas e individuales y se han mostrado dibujos, pinturas y grabados en publicaciones de revistas e ilustraciones de libros infantiles.

Hasta 1961 no se había graduado nadie de la escuela; actualmente cada año aumenta el número de graduados de Bellas Artes en la universidad. Sus opiniones nos dejaron perplejos por la fragilidad en la continuidad de nuestros esfuerzos y deteriora la imagen y por ende el éxito de esta facultad en la universidad.

Nosotros consideramos que en la manera en que exista la continuidad, está el aporte cultural.

Al ingresar en la escuela se supone que hicimos un contrato, en el hecho de exigir su completo funcionamiento y de dar rendimiento como estudiantes. Este contrato por parte de los profesores consiste en su apoyo y sus conocimientos, pero los medios que necesitan para ejercer su profesión han sido restringidos.

Sin embargo, nosotros estamos pagando lo mismo que cualquier estudiante de otra facultad, el cual recibe todo el apoyo y la financiación de la universidad. La reducción del espacio físico y el poco interés que se presta a la Facultad, se hace patente día a día.
¿Cómo poder subsistir, sin un medio adecuado para nuestras labores? La falla, pues, no viene del alumnado ni del profesorado. Viene del compromiso roto por las directivas de mantener vivo y completo el funcionamiento de la escuela.

Se está ignorando el respeto que nos deben como estudiantes y facultad, respeto que no se le ha dado tampoco al profesorado; por lo tanto exigimos que continúe, con los medios que se requieren para ejercerla y para que subsista adecuadamente.

La formación de un universitario debe ser integral y todas sus partes y miembros son igualmente importantes, no se puede decir que un miembro sea más importante que otro; además, cuando una parte está funcionando bien el cuerpo no la rechaza. Nos parece acertada esta analogía, pues la universidad depende del buen funcionamiento de todas sus facultades.

Se diría que pretenden callar cualquier voz que vaya contra unos intereses a los cuales usted llama nacionalistas, vetando toda expresión que cuestione un sistema ya establecido, pero que comienza a derrumbarse por sus bases; con miras a impedir cualquier manifestación de la iniciativa estudiantil y su posible influencia en las decisiones académicas. O es que toda la disciplina que deje un margen al pensamiento y a la crítica, hay que cortarla de raíz.

Si se ha comprendido la función del artista en la sociedad, se entenderá por qué es difícil terminar de un momento a otro una función, que consigo misma lleva la transformación, la ideología y el aprendizaje que se logra lentamente, es decir a largo plazo. El artista no se logra completamente al cabo de cinco años como ingeniero, se forma en cada momento de su vida y es en la universidad donde está adquiriendo las bases y la formación de una disciplina personal y artística.

Culturalmente está tan despoblado este pequeño mundo universitario que un miembro del Consejo Directivo piensa en que lo más importante son las carreras rentables, desconociendo que el dinero no es el único metro con que se mide.

Por último queremos recordarle que como parte integrante de la Universidad no seguiremos aceptando actitudes como ésta. Esperando contestación, quedamos de usted atentamente.

Escuela de Bellas Artes

Un dibujo de una silla

R.—Vea que los estudiantes reconocen que hay un asunto económico en juego.

J.—Sí, pero están desplazando la discusión a un terreno que tiene que ver más con su aporte cultural. Fíjese en los dos párrafos que intentan justificar la producción de los estudiantes desde ese aspecto. Además, en una entrevista a Roda publicada por El Tiempo el 30 de julio 1971, él mismo reconoció públicamente que el programa de Bellas Artes sí era un gasto para la universidad pero no era relevante con respecto al total de gastos de la institución.

R.—Usted me ha argumentado la irrelevancia del asunto económico desde el punto de vista de estudiantes y profesores, pero es que ellos no son los que toman la decisión de cerrar un programa, es el consejo directivo. Lo digo porque en la carta de los estudiantes, Laserna queda pintado como un ogro insensible, pero miremos una declaración pública de la posición del consejo.

Hernán Echevarria, entonces presidente del consejo directivo, declaró en El Tiempo, el 7 de julio de 1971, como respuesta a una carta de los profesores que denunciaba el cierre de la escuela:

En mi calidad de presidente del Consejo Directivo de la Universidad de los Andes y en su nombre, me refiero a su carta del 2 de julio de 1971.

Lamentamos que ustedes hayan optado por hacer públicos los desacuerdos en ella consignados, contrariando así una de las más claras tradiciones uniandinas, cual es la de tramitar dentro de nuestra propia institución las naturales diferencias que surgen en la vida universitaria. El respeto a esta tradición es aun más imperioso en estos momentos, cuando este tipo de actitud beligerante contribuye, ella sí, “del modo más deliberado a intensificar el actual problema universitario nacional”. Esta circunstancia nos obliga a hacer públicamente una serie de consideraciones necesarias para que la opinión disponga de suficientes elementos de juicio.

Desde hace varios semestres el Consejo Directivo viene preocupándose por la Escuela de Bellas Artes. Este programa cuenta con 13 profesores que dictan 32 cursos para 38 alumnos propios de la Escuela. Desde 1964 hasta la fecha se han graduado 30 alumnos como Maestros de Bellas Artes, adjunta a la Facultad de Arquitectura, puede facilitar y complementar la enseñanza de esa profesión, pensamos que frente a los graves y difíciles problemas de crecimiento urbano hay que dar prelación a los estudios tendientes a buscarles soluciones eficaces. De ahí la idea del Consejo de re-orientar la Facultad de Arquitectura dándole énfasis al planeamiento urbano.

La propuesta de re-estructuración de la Facultad, presentada por el decano saliente, que crea grados de cinco años en Artes Gráficas y Diseño Industrial, ha sido controversial en el seño del Consejo Directivo por no ser concordante con la orientación antes expuesta, pues lejos de inclinarnos a estudiar los problemas del desarrollo explosivo de nuestras ciudades, nos enruta, claramente hacia disciplinas artísticas, a las que no queremos restar importancia, aunque pensamos que no son las que pueden contribuir eficazmente a solucionar los problemas nacionales. Al analizar estas cuestiones aparentemente de carácter exclusivamente académico, hay que tener cuidado de que intereses profesionales no confundan y lleven a soluciones que no están de acuerdo con los mejores intereses del país.
El Consejo no ha descuidado la re-estructuración de la Facultad, como ustedes afirman, pero sucede que la creación de nuevos grados implica no solo nuevas orientaciones fundamentales que el Consejo debe considerar detenidamente, sino compromisos financieros a largo plazo. Por ese motivo antes de tomar una decisión final el Consejo ha estado pesando las opiniones a favor de un programa de Arquitectura y Desarrollo Urbano, contra las de mantener la situación actual con énfasis en las Bellas Artes. Por lo tanto no se están rompiendo supuestos compromisos cuando se toma el tiempo necesario para estudiar y aprobar o improbar proyectos y programas. Esto es evidente cuando hay otras alternativas y propuestas en consideración—algunas ya aprobadas por el Consejo Académico—, tales como el Programa de Administración de Empresas, el Centro de Estudios de Bio-Ingeniería, la Licenciatura en Artes Liberales, el Centro de Recursos para el Aprendizaje, el Programa de Post-Grado en Matemáticas y el mismo Proyecto de Estudios Urbanos y Regionales. Las decisiones que se tomen sobre estas iniciativas tienen necesariamente que obedecer a una concepción integral del problema educativo colombiano y atender a un elemental orden de prioridad, dados los escasos recursos humanos y financieros disponibles.

Ahora, la decisión de no aceptar alumnos en Bellas Artes para este semestre ha afectado solamente a ocho solicitantes, y la universidad claramente ha establecido que continuará cumpliendo el programa para los alumnos ya matriculados, hasta la culminación de sus estudios, lo mismo que los cursos de Bellas Artes indispensables al programa de Arquitectura propiamente.

Nos sorprende y nos preocupa la actitud irreflexiva y contradictoria asumida por ustedes, pues no entendemos cómo quienes afirman ser parte integrante de la universidad puedan pretender mirarla por su base, al desconocer sus estatutos, asumiendo una actitud destructiva con detrimento grave del prestigio de la Institución. Esto es más inconcebible si se tiene en cuenta que tal posición está siendo asumida precisamente por un grupo de educadores cuya responsabilidad fundamental es abordar estos problemas con sinceridad y generosidad, especialmente cuando ellos afectan no sólo sus intereses particulares sino los de un vasto e importante núcleo de estudiantes, los de la universidad y los de la comunidad en general.

El Consejo Directivo no ha estado ajeno a los problemas de la necesaria actualización de la universidad ni a los anhelos de los distintos estamentos que la integran. Los dos últimos rectores han recibido encargo expreso de estudiar nuevos sistemas y posibilidades acordes con los principios que han inspirado a nuestra universidad desde su fundación.

Aclarados los anteriores puntos es evidente que para contribuir a la búsqueda de soluciones a los problemas de la universidad todos estamos en la obligación de reflexionar y abandonar toda actitud que dificulte la posibilidad de diálogo, factible sólo dentro de un clima de mutua confianza y deferencia, libre de suspicacia.

Acá vemos, en primer lugar, que lo económico sí es el argumento de los directivos y, por otra parte, que es una apreciación ligera el considerarlo como una supuesta insensibilidad de la universidad frente a las necesidades del país: claramente acá se está interpretando el bajo índice de inscritos como un síntoma de que el país no necesitaba artistas; o, mejor dicho, no era que no se necesitaran artistas, lo que pasaba era que en ese momento había otras prioridades: la demanda de arte era baja y la de soluciones urbanas alta y apremiante.

J.—Bueno, pero ahí dice que esas declaraciones son en respuesta a una carta del 2 de julio redactada por los profesores —la primera que leímos era del 2 de abril y era de los estudiantes—. Miremos ahora esa carta:

Dentro de este clima de colaboración, y a raíz de dificultades de orden administrativo surgidas recientemente, la Facultad con participación de: estudiantes, profesores e investigadores, procedió al espíritu de un programa de reestructuración que fue aprobado por el Consejo Académico de la universidad según acta que reposa en archivo.

Sin embargo, a partir del nombramiento del doctor Álvaro Salgado como rector de la universidad se ha agudizado en ésta la tendencia a tomar decisiones que ignoran y violentan la labor e intereses del sector académico, así como a la creación de un clima de inseguridad e inestabilidad académica que afecta gravemente al profesorado y estudiantado de la universidad. Algunas de estas medidas consisten en la insólita dilación por parte del Consejo Directivo en considerar el programa de reestructuración académica de la Facultad, lo cual entraña la ruptura unilateral del compromiso celebrado al respecto y la consiguiente suspensión de matrículas en el Departamento de Bellas Artes, para la cual se hizo uso de procedimientos que motivaron la renuncia del Decano de la Facultad, arquitecto Ernesto Jiménez, la cual fue seguida en un lapso sospechosamente corto por el nombramiento de un nuevo Decano.

R.— Y ¿ la carta de los profesores aparece firmada?

J.—Sí, todo el mundo la firma:

Germán Téllez, Director Centro de Investigaciones Estéticas; Jacques Mosseri, Director CPU —Centro de Planeación Urbana—; Juan Antonio Roda, Director de Bellas Artes; Rafael Sanín R., Director de Estudios; Santiago Cárdenas Arroyo, profesor; Benjamin Barney Caldas, profesor de Taller; Humberto Giangrandi, profesor; Galaor Carbonell, profesor Historia del Arte; Víctor Montes, profesor; Rafael Gutiérrez Patiño, arquitecto de Planta Física y profesor; Carlos Rojas, profesor; Nicolás Rueda, profesor; Nirma Zarate, profesora; Jaime Valenzuela, profesor; Carlos Morales, profesor; Francisco Bocca, profesor; Enrique Gómez Grau, profesor; Luis E. Torres, profesor; Jorge Madriñán Caldas, profesor; Alfredo de Brigard, profesor; Juan Cárdenas, profesor; Jorge Pinyol, profesor; Lorenzo Fonseca, profesor; Jaime Guzmán, profesor; Absalón Saavedra, profesor; Diego Suarez, profesor; Hernán Sandoval, profesor; Gabriel Anzola, profesor; José Leopoldo Cerón, profesor.

Y los investigadores: Hernando Téllez, Óscar Mendoza, Carlos Castillo, Benjamín Barney Caldas, Guillermo Bayona, Ignacio Gómez P., Julio Abel Sánchez, Andrés Escobar, Ricardo L. Castro, Ernesto Moore y Víctor Montes.

R.—¿Y es que había investigadores de Arte?

J.—No, los centros de investigación eran únicamente de Arquitectura, la carta era firmada por gente de Arte y de Arquitectura.

R.—¿Cuáles eran los artistas de esa lista?

J.—Eran: Roda, Juan y Santiago Cárdenas, Giangrandi, Carbonell, Rojas, Zárate y Madriñán.

R.—Ahí hablan de un programa de reestructuración académica de la facultad. Yo había encontrado en el Archivo Institucional un documento titulado “Proyecto de reforma para la Facultad de Arquitectura y Artes” y no le había puesto mucha atención porque el documento no tenía fecha pero, después de leer todo esto, no me cabe duda de que se trata del documento del que se está hablando, sobre todo porque se trata de propuestas que no se aplicaron y porque Bellas Artes nunca volvió a hacer parte de la Facultad de Arquitectura.

Vea lo que dice el documento bajo el subtítulo de “Los programas académicos actuales”:

Los programas vigentes actualmente en la Facultad responden en forma indiscutible a una problemática muy distinta a la que hoy en día nos vemos obligados a abocar. Su objetivo primordial se dirige a la “producción de diseños”, resultantes de decisiones tomadas en forma intuitiva, desconociendo en gran parte las determinantes impuestas por situaciones sociales, económicas y tecnológicas muy precisas. En el programa de Arquitectura, la mayor intensidad horaria corresponde a los cursos de Taller, que constituyen el “eje” del programa, si se tiene en cuenta que ellos se “producen de diseños”. Las áreas de estudio, tanto teóricas como técnicas, se tratan en su mayoría en forma de materias aisladas, donde el estudiante se limita a ser receptor de conocimientos. Este hecho sumado a la poca intensidad horaria, coloca estas materias en un plano de segunda importancia. El desequilibro resultante de esta distribución del tiempo de trabajo y del grado de participación activa del estudiante, produce una total descoordinación en el funcionamiento del programa. El trabajo de Taller tiene muy poca relación directa con el resto de los cursos, los que tienden a convertirse en forma paradójica en “obstáculos” que impiden un trabajo continuo en el proceso de “producir diseños”. Dentro de este sistema, es fácil deducir que actualmente el estudiante no tiene alternativa diferente a la de ser diseñador. La estructura del programa no permite formar profesionales que centren su interés en la construcción o en problemas urbanos, áreas que dentro del ordenamiento del medio ambiente físico son tan importantes como el diseño arquitectónico.

El programa de Bellas Artes adolece de fallas similares. El desarrollo tecnológico y la industrialización han abierto numerosos caminos que permiten al artista contribuir en una forma directa y efectiva en el proceso de desarrollo. En la misma forma en que el programa de Arquitectura limita alternativas, el de Bellas Artes se dirige primordialmente a la formación de pintores, colocando en plano secundario áreas hoy día tan importantes como el diseño gráfico y el diseño industrial.

De acuerdo con esto, se replanteaban los programas existentes. Más adelante, se explica que también se planeaba abrir los programas de Diseño Industrial e Ilustración y Diseño Gráfico.

J.—¡Si ve! según eso, la facultad sí respondió a los problemas de orden económico e incluso fue más allá, adelantándose a la pregunta por sus alcances tangibles dentro de la sociedad; para entonces ya se preguntaban por la pertinencia de todo eso que, a la larga, fue el argumento que se esgrimió desde el consejo directivo para el cierre de la escuela.

R.—Desde el discurso suena bien, se ve que reflexionaron respecto a las necesidades de la sociedad y supusieron que respondiendo a ellas podrían obtener una mayor demanda por parte de futuros estudiantes. Pero lo que se debió considerar en los consejos de la universidad debió ser el riesgo económico de invertir en la creación de dos programas nuevos que para entonces no existían en ninguna universidad del país y en un momento en el que no existía ningún estudio de mercado al respecto.

J.—Puede ser, pero yo sería partidario de sospechar que la coyuntura del cierre de Bellas Artes estaba viciada por algún aspecto político que le incomodaba a los directivos de la universidad. Y es que, como yo vengo diciendo, nada de esto se puede desvincular del contexto donde se manifestó.

R.—¿Cómo conecta usted lo político con el cierre?

J.—Los aspectos políticos son muchos y complejos; en términos generales, podríamos definir tres ejes: el movimiento estudiantil, la politización del arte en el ámbito nacional, y el lugar del arte en las políticas institucionales de la universidad.

Comencemos en orden; en cuanto al movimiento estudiantil, podemos tratar de determinar las inquietudes que lo motivaban y las esferas donde se desenvolvía. No se pueden considerar las manifestaciones de este movimiento en la Universidad de los Andes al margen de lo que ocurrió en otras instancias. Las manifestaciones estudiantiles fueron una práctica recurrente y los hechos que ocurrieron en todo el mundo desde la década de 1960, aunque puedan considerarse dentro de un marco común, se trataban más de ideologías compartidas que de alguna especie de articulación.

El contexto internacional estaba marcado por manifestaciones similares promovidas por estudiantes de universidades de todos los países; en el contexto latinoamericano, una particularidad que se sumaba a las protestas similares a las del resto del mundo era la inconformidad con las propuestas del norteamericano Rudolph Atcon, quien en 1963 había publicado el escrito “La universidad latinoamericana” un texto conocido popularmente como “El informe Atcon”, y el caso colombiano no era una excepción; los universitarios de las principales ciudades del país se solidarizaron con los problemas que amenazaban las libertades y la participación; en Bogotá, los acontecimientos más significativos tuvieron lugar en la Universidad Nacional que desde 1967 comenzó a tener esporádicas incursiones de unidades militares, lo cual, cada vez que ocurría, agitaba los ánimos, ocasionando el cierre de la Universidad Nacional durante el año 1970.

R.—¿Y los estudiantes de los Andes también participaron en el movimiento estudiantil?

J.—Algunos estudiantes se solidarizaron con las protestas pero, al mismo tiempo, respondieron a sus problemas particulares dentro de los cuales se destacaba su interés por participar en los consejos de la universidad.

R.—Es importante tratar de esclarecer cuál fue la participación de los estudiantes de Bellas Artes en todos estos eventos. Hasta donde yo he alcanzado a averiguar, por las entrevistas, ninguno de los principales líderes estudiantiles estaba matriculado en Bellas Artes, los líderes provenían, en cambio, de carreras como Ingeniería Industrial y Filosofía y Letras.

J.—Pero, aparentemente, sí había una mayoría de estudiantes de Bellas Artes que participaban en las manifestaciones y muchos de ellos, incluso, reconocían una fuerte simpatía con los planteamientos del movimiento estudiantil. Muchas personas conservan en su memoria la idea de que uno de los focos principales que movilizaba las protestas era el grupo de teatro.

R.—Es fácil sostener esa creencia porque el nombre del director del grupo (hasta 1971), Ricardo Camacho, estuvo vinculado al moiR; sin embargo, de acuerdo con una conversación que tuve con él, su afiliación al movimiento político fue posterior y, en aquellos años, el grupo de teatro no respondía, necesariamente, a una agenda política. Sin embargo, sí existían simpatías con el marxismo y, por iniciativas individuales, algunos de los miembros del grupo acolitaron la realización de happenings que, en los momentos de agitación, ayudaban a movilizar a las masas de estudiantes.

El grupo de teatro estaba conformado por estudiantes de toda la universidad, sus integrantes no estaban matriculados en un programa específico; Camacho, por ejemplo, estudiaba Filosofía y Letras. Los estudiantes y profesores de Bellas Artes se asociaban al grupo con frecuencia, especialmente para ayudar con el diseño y la producción de escenografías, vestuarios y afiches, pero el grupo funcionaba como una unidad organizada por estudiantes que dependía financieramente de Bienestar Universitario y no estaba vinculado administrativamente a Bellas Artes.

El carácter colectivo bajo el cual se desarrollaron muchas de las protestas, impide rastrear con facilidad los orígenes de estas. La multiplicidad de posiciones políticas individuales que se aglutinaban para responder a inconformidades comunes frente a situaciones específicas, se disipaba al final, haciendo difícil poder señalar algún autor intelectual responsable.

Algo que llama mi atención es el hecho de que, en cualquier caso, no había suficientes estudiantes matriculados en Bellas Artes, para que una fracción de ellos, por grande que fuera, pudiera parecer significativa durante cualquier protesta estudiantil masiva. En este orden de ideas se dificulta, en alguna medida, comprender el cierre de la escuela como una represalia directa contra alguna protesta. Pero no por eso se descarta que existiera alguna relación causal entre estos eventos.

J.—Y no se puede negar que el arte, al inicio de la década de 1970, se constituía como una plataforma donde se presentaban, en ocasiones de manera agresiva, posiciones políticas abiertamente marxistas, contrarias al clima imperante de los últimos años del Frente Nacional. Qué mejor ejemplo que el de Umberto Giangrandi y Nirma Zárate, quienes pertenecieron al Taller 4 Rojo, un colectivo de artistas de abierta postura maoísta.

R.—Sí, pero lo de ese taller fue posterior. Se fundó en 1972 y por esa razón no se puede entender el cierre de la escuela como una represalia contra esa iniciativa. Es imposible negar que algo de eso se estuviera gestando, pero sería difícil conectarlo con la escuela porque en ese momento ellos no eran propiamente reconocidos como artistas de tendencia política.

J.—Como sea, los del Taller 4 Rojo no fueron los únicos que militaron dentro de estas tendencias. Pensemos en Clemencia Lucena y en Amalia Iriarte que trabajaron precisamente dentro de las agendas del moiR; Iriarte fue profesora de Filosofía y Letras de los Andes y le cancelaron el contrato poco antes del cierre de Bellas Artes. Eran tantas las manifestaciones políticas marxistas que se reflejaban en las tendencias artísticas del momento, que es fácil pensar que alguien ajeno al mundo del arte, como podría ser cualquier directivo de la universidad, identificara al artista con el revolucionario.

R.—En cuanto a lo de Iriarte, yo hablé con ella y me explicó que cuando ella dejó de trabajar en la universidad, todavía no militaba en el moiR, y lo que usted dice respecto al panorama artístico nacional es un poco simplista pero cierto; habría que hacer un trabajo riguroso para relacionarlo con lo que ocurría en la universidad, pero eso sería cosa de otro momento.

J.—Entonces hablemos del punto que nos falta respecto a lo político, el lugar del arte dentro de las políticas institucionales de la Universidad.

R.—Bueno, eso nos devuelve a la tercera pregunta que nos hacíamos sobre el párrafo de María Teresa Guerrero: ¿a qué se refería ella al decir que una de las causas de la crisis que motivó el cierre tuvo que ver con un cambio de sistema y costumbres de vida?

Entre todo lo que hemos hablado, este tema ha salido a flote varias veces en los diferentes documentos. Tal vez solo podría añadir uno que me parece importante que se refería al tema del “clima” de forma explícita: se trata de un documento del 24 de noviembre de 1970 de Arturo Infante Villarreal, dirigido al rector de entonces, Hernando Gómez Otálora, con el título de “Consideraciones sobre la problemática de la Universidad de los Andes”. El documento fue escrito como respuesta a los problemas que se estaban dando entre los miembros de la comunidad. Profesores, estudiantes y directivos tenían diferentes sentires y algunos estaban siendo señalados y despedidos de la universidad por sus ideas.

El documento decía que el enfoque moderno del desarrollo organizacional debía tener en cuenta aspectos psicológicos de los individuos en la organización. Así las cosas, se interesaba por analizar como elemento primordial de la administración: la creación y el mantenimiento de un clima de trabajo “psicológicamente saludable”. En torno a esta idea central la metodología proponía revisar cómo influía el esquema de la organización en las relaciones entre las personas y su desarrollo, cómo fomentaba la madurez psicológica y cómo influía en los procesos de cambio de las actitudes humanas, y en síntesis proponía que no era ni adecuado ni relevante hacer tanto énfasis en la productividad o en la eficiencia; sino que lo más importante eran las personas.

El autor proponía que la universidad debía analizar sus problemas actuales no a la luz de considerar que respondían a un asunto de estructura administrativa, sino a entender que eran causados porque el clima de la universidad no era compatible con los objetivos que se había planteado la institución y su comunidad. La universidad, para Infante Villarreal, era una organización en la cual todos los agentes involucrados eran personas, desde el insumo básico hasta el producto final personificado en los estudiantes y, por esa razón, las consideraciones de tipo psicológico y las características emocionales debían tomarse en cuenta. Y por supuesto, todo esto resultaba bastante pertinente en medio de un ambiente organizacional en el que se respiraba falta de confianza entre las dependencias, fallas en los canales de comunicación entre las diferentes instancias, actitudes de hostilidad y fallidos intentos de profesores y estudiantes por organizarse socialmente en sindicatos y senados, alta rotación de los profesores, una estructura salarial confusa, cargas académicas arbitrarias, autoritarismo e inequidades entre otros problemas de clima interno.

La gestión organizacional, decía Villareal en su propuesta, debía dirigirse a que la dirección de la institución, lejos de mantenerse en una posición aislada y antagónica a la parte académica, trabajara con ella en un equipo que facilitara la satisfacción de las necesidades de los miembros de la comunidad, no solo de los estudiantes sino también de los profesores, investigadores y empleados.

Este proceso de cambio en los individuos, que conducía a facilitar un mejor clima organizacional, era un proceso relacionado con los valores y los sentimientos, y no era un cambio que se daba desde lo intelectual sino desde lo emocional, de ahí que se llamara coloquialmente un “cambio de costumbres”. El asunto era delicado y debía realizarse de forma cautelosa, sin menoscabar la autoimagen que tenía cada individuo, y para no enfrascarse en una lucha de egos. Así las cosas, el autor del texto afirmaba que no se debían utilizar métodos y herramientas tradicionales para la problemática específica de la universidad. Debía haber un cambio de perspectiva. El método que proponía Infante Villareal era el de Edgar Shein y comprendía tres fases: descongelamiento, cambio y recongelamiento —fases que Villareal describe en su propuesta—.

En la primera se cambiaban las condiciones del entorno de la persona para que su equilibrio emocional se alterara y se mostrara deseosa de un cambio. Se podía alterar el ambiente del individuo aumentando la presión en el entorno de la persona o todo lo contrario, reduciendo las amenazas y resistencias a este. Por ejemplo, alterando la rutina individual del individuo, modificando sus fuentes de información, cambiando su equipo de trabajo, dejándolo en condiciones de vulnerabilidad.

La segunda fase empezaba cuando el individuo se motivaba con algo, se identificaba con el modelo que se quería que adoptase y se sugería que este nuevo individuo mejorado era obra solo de sí mismo y de su autosuperación y no un reflejo del modelo que se quería imponer. En ocasiones algunos individuos eran propensos a un cambio a partir de la mirada de los problemas de otros, lo cual les permitía mejorar sin identificarse con otros; este otro grupo de personas era más tolerante a comportamientos distintos y manejo de conflictos.

Ambas fases del cambio eran efectivas y se consolidaban en la tercera etapa: el recongelamiento. Esta se daba cuando esas nuevas actitudes se asumían en la organización y en las personas como propias, era una fase muy delicada porque todo lo anterior podía echarse a perder si la “reinserción” no era apropiada por los pares4.

Esto, a la luz de los factores políticos y económicos, parece llevarnos a concluir que no hay una motivación significativa, como si todas se hubieran unido en una coyuntura que al final resultó en el cierre de la Escuela.

J.—Pero si usted revisa el enfoque de las administraciones posteriores, incluso la actual, parece como si aún la universidad no hubiera entendido qué significan las artes, como si no tuvieran idea de lo que hace esa gente.

R.—¿Y es que usted si sabe?

 

Bibliografía

  • Calderón Schrader, Camilo (compilador). 50 años. Salón
  • Nacional de Artistas, Colcultura, Bogotá, 1990. Guerrero, María Teresa (compiladora). Catálogo, “Tres décadas de arte uniandino 1948–1988”, de la exposición del mismo nombre, editado por la Universidad de los Andes, producido por el Banco de la Republica, Bogotá, agosto–septiembre de 1989.
  • Lucena, Clemencia, Anotaciones políticas sobre la pintura colombiana, editorial Bandera Roja, septiembre de 1975, Bogotá.
  • Varios autores, Universidad de los Andes, Teatro Libre de Bogotá 1973–2005, Editorial Planeta, octubre 2005, Bogotá.
  • Varios autores, Universidad de los Andes 1948-1988, Ediciones Uniandes, noviembre de 1988, Bogotá.

Publicaciones periódicas

  • El tiempo, “Bellas Artes contra Laserna en Uniandes”, abril 2 de 1971.
  • El tiempo, “Cómo actúa la mujer en el movimiento estudiantil”, marzo 14 de 1971, p. 11.
  • El tiempo, “Crisis en los Andes denuncian profesores”, julio 2 de 1971.
  • El tiempo, “Exposición de pintura en U. Andes”, octubre 28 de 1972.
  • El tiempo, “Los Andes explica el caso de Arquitectura”, julio 7 de 1971.
  • El tiempo, “Otra vez el Salón Nacional de Artistas”, septiembre 22 de 1974.
  • Serrano, Eduardo, “Arte y política”, catálogo de la exposición Arte y política, Museo de Arte Moderno, octubre 22 – noviembre 22 1974.
  • Serrano, Eduardo, “Fe de erratas”, El Tiempo, diciembre 6 de 1972.
  • Steger, Hanns-Albert, “El movimiento estudiantil revolucionario latinoamericano entre las dos guerras mundiales”, Revista Eco, 1966.
  • Steger, Hanns-Albert, “Posibilidades de una critica de la universidad latinoamericana”, Revista Eco, Tomo XIII, octubre 1966.
  • Memorando, para: Hernando Gómez Otálora, de: Arturo Infante Villarreal, Bogota, Noviembre 24 de 1970, páginas 8-10, Archivo Institucional, Universidad de los Andes, Bogotá.
  • Proyecto de presupuesto, julio 1 de 1970–junio 30 de 1971. Bogotá, septiembre 26 de 1970. Código de referencia 0576/013 Unidad Vicerrectoría Académica, serie proyectos 1968–1991. Archivo Institucional, Universidad de los Andes.
  • Proyecto de Reforma para la Facultad de Arquitectura y Artes, Código de Referencia: 0671 / 007.07, Vicerrectoría General, Proyectos, Archivo Institucional, Universidad de los Andes, Bogotá.
  • Reflexiones sobre la participación de los estudiantes en la Universidad de los Andes, Noviembre 6 de 1972, Código de referencia: 1063 / 002.02, rectoría, serie informes técnicos, Archivo Institucional, Universidad de los Andes.
  • Ruiz Gómez, Darío, “El camino de un realismo en Colombia”, catálogo de la exposición Arte y política, Museo de Arte Moderno, octubre 22-noviembre 22 1974.

Entrevistas

  • Camacho, Ricardo, Bogotá, julio del 2008. Cuellar, Teresa, Chía, julio del 2008. Giangrandi, Umberto, Bogotá, julio del 2008.
  • Guerrero, María Teresa, Bogotá, junio del 2008. Iriarte, Amalia, Bogotá, julio del 2008. Monsalve, Margarita, Bogotá, julio del 2008. Montaña, Antonio, Chía, julio del 2008. Sánchez, Julio Abel, Bogotá, agosto del 2008.
  1. En 1989 dicho programa fue aprobado por el ICFES para otorgar títulos profesionales, haciendo que se creara el Departamento de Arte, del que Guerrero siguió siendo directora hasta 1996.

  2. Para 1958, dicha escuela ofrecía títulos profesionales pero desde entonces dejó de pertenecer a la Sección Femenina, que desapareció. Fueron muy pocos los hombres que se matricularon en el programa y, aparentemente, de los pocos que sí lo hicieron ninguno llegó a recibir el título.

  3.  Proyecto de presupuesto, julio 1 de 1970 – junio 30 de 1971. Bogotá, septiembre 26 de 1970. Código de referencia 0576/013 Unidad Vicerrectoría Académica, serie proyectos 1968–1991. Archivo Institucional, Universidad de los Andes. Germán Téllez reafirma esta tendencia en su texto sin título, incluido en el libro “Tres décadas de arte uniandino” de María Teresa Guerrero, donde se pregunta: ‘¿Cuál es el déficit nacional de pintores y filósofos?’, decía un exaltado rector uniandino de entonces (Álvaro Salgado Farías), esgrimiendo lo que resultó ser la (solución final) para los artistas en ciernes: la proporción profesor-alumno y el consiguiente costo educativo por estudiante. La primera, de 1 a 35 en ingenierías, era apenas de 1 a 6 en Bellas Artes, de donde el corolario era que a la universidad le costaba casi seis veces más, cada año, la formación (totalmente incierta y posiblemente innecesaria para el país) de un artista que la de un ingeniero” (34–35).

  4. Memorando, para: Hernando Gómez Otálora, de: Arturo Infante Villarreal, Bogota, noviembre 24 de 1970, páginas 8-10, Archivo Institucional, Universidad de los Andes, Bogotá.