Crónica del hambre

Por Sofía Villa Boy

REC 8

Para María de Jesús García, una mujer admirable que me comparte su vida entre sacudidas y lavadas desde hace diez años. Porque cada conversación es una lección de vida.

 

La banda tocaba. Los invitados bailaban. María, de unos cincuenta y seis años de edad, contemplaba la escena con total satisfacción. Andrés, el menor de sus tres hijos, se casaba al fin después de cinco años de vivir con su novia. Habían decidido tirar la casa por la ventana: se rentó un salón, se contrataron meseros, se mataron dos becerros para los mixiotes y se prepararon cerca de mil tamales para el desayuno de los invitados. Sí, todo había salido como ella esperaba, a pesar de todas las habladurías y los chismes en torno a la boda. No había faltado nadie, si no por el gusto de la unión, por lo menos para tener qué comentar durante las siguientes semanas.

Mientras sus hijos bailaban con sus parejas y sus nietos jugueteaban alrededor, María estaba segura de que lo había hecho bien, a pesar de haber pasado gran parte de su vida lejos de su madre, de tener que trabajar desde niña y de criar a sus hijos sin un padre, al que corrió de la casa por su ligereza de cascos. A pesar de todo lo que le costó salir adelante, ahí estaban los frutos de su esfuerzo. Y era feliz, completamente feliz.

María estaba sentada en la mesa principal junto a sus consuegros cuando Erick, su nietecito de nueve años, le llevó un vaso con refresco por si tenía sed. Ella le dio un beso y lo mandó de regreso con sus primos para que pudiera hacer diabluras, sin darse cuenta de lo que estaba tomando. Al dar el primer trago al refresco de manzana, todo lo demás se desvaneció. No había música ni invitados, nadie bailaba. Era medio día, hacía calor y ella se sentía diferente. Ya no tenía puesto el vestido de fiesta que se compró tras dudarlo por semanas enteras. En cambio, llevaba la ropa que usaba de niña, un vestidito deshilado y zapatos con más agujeros de los necesarios. Y no estaba en el pueblo de Santa Bárbara sino en la ciudad de Oaxaca.

Era un día de abril de ésos en los que el calor no permite pensar y las ideas se evaporan como el agua del ambiente. María tenía siete años y aún vivía con su madre en la casa de adobe que se habían construido en un terreno cercano al centro de la ciudad. Estaba agotada de correr, pues en Oaxaca durante la primavera el sol no quema, derrite. Había pasado toda la mañana afuera de casa, ganándose algunos pesos gracias a los trabajos que las señoras del mercado le permitían hacer. Sin embargo, era casi medio día y ella ya tenía que llegar a su casa a preparar la comida si no quería otra de las tundas que le daba su madre bajo cualquier pretexto.

Dio vuelta en la esquina y llegó a su casa, sin aliento pero con algo de dinero en la bolsa para ver qué se iba a poder comprar para comer. Al cruzar la puerta se dio cuenta de que su mamá otra vez había faltado al trabajo. Su hermana Jacinta había salido a la tienda y su hermano tampoco estaba. Caminó un poco más hacia el único cuarto de la vivienda donde estaba su madre con una expresión de angustia indescriptible, inolvidable. Había tristeza, dolor y preocupación en sus ojos y definitivamente les faltaba esperanza. Estaban llenos de nada y vacíos de todo mientras contemplaba a la menor de sus hijas. Teresita tenía varios días en cama, víctima de la epidemia de cólera que azotó la ciudad esa primavera. Por supuesto no habían podido llevarla al médico, no tenían para pagarlo y no estaban asegurados. Fue la vecina quien les dijo cómo cuidarla, pero a pesar de todos los esfuerzos, Teresita iba de mal en peor. No quería tomar agua y no toleraba la comida. Con los días, Jacinta y María se habían percatado de que las cosas no iban bien. Su madre nunca se había dado el lujo de no ir a trabajar porque le pagaban por día y, sin su salario, no había comida para ninguno. Esta vez llevaba dos días en casa, dos días en los que con suerte pudieron comer frijoles una vez. Teresita, su “Gatita”, ya no las perseguía en el patio, ya no sonreía y tampoco cantaba. En la casa se respiraba tristeza y se vivía hambre, por eso María había decidido ir al mercado a ver qué podía conseguir para comer.

Llegó al lado de la cama y le ofreció a su madre los pocos pesos que había ganado. Sin un “gracias”, sin siquiera mirarla a los ojos, su mamá la mandó por media pechuga de pollo y un refresco de manzana, el famosísimo Sidral, que se utilizaba para mantener hidratados a los enfermos de la panza. Se le consideraba casi milagroso.

María no dudó. Salió corriendo y en menos de media hora estaba de vuelta. Puso a cocer el pollo y le llevó el refresco a su mamá en un vaso. A sus siete años se moría de hambre y tenía que preparar comida que sabía que no era para ella, pero no le importó. Jacinta llegó de la tienda con menos de medio kilo de frijoles, porque no había alcanzado para más. Otro día que les iba a doler la panza, otro día de dormir con hambre.

En fin, María puso a remojar los frijoles y le llevó el caldo a su mamá. Por más que se esforzaron, Teresita no probó bocado. No estaba bien y todas en casa lo sabían, sabían que las cosas no iban a mejorar, que todo estaba perdido. Se sentaron en un silencio sepulcral, anticipando lo que era inevitable. El aire seguía caliente y denso. Teresita no se tomaba el refresco, no comía y ardía en temperatura. Jacinta se encerró en sí misma, ignorando el hecho de que la vida de su hermana menor se apagaba con cada segundo. Su hermano no había regresado y quién sabe si volvería esa noche. María daba vueltas llenas de impotencia por la casa. Revisaba los frijoles. Abría las ventanas para que entrara el aire. Las cerraba al minuto para que las moscas no entraran. Le dolía la panza y no sabía qué hacer para cambiar la escena, para ayudar a su hermanita a salir adelante. Nadie hablaba, sólo se oía la pesada respiración y las quejas de la chiquilla que estaba en la cama, luchando contra la muerte. Su mamá observaba callada a su bebé mientras la mecía en los brazos, sin esperanza, sin lágrimas. Estaba resignada a la pérdida como se había resignado a la pobreza.

Pudieron haber pasado cinco horas o solamente media, que a María le supieron a eternidad. De pronto se dejaron de oír las quejas y la respiración. Todo había terminado. Afuera el ruido de la vida que seguía, adentro el silencio de la muerte que paralizó la casa. No hubo lágrimas, no hubo abrazos ni lamentos. No había nada más que hambre. En cuanto Jacinta y María se dieron cuenta de que Teresita ya no iba a comer su caldo ni tomar el refresco que no logró ni medio milagro, se dieron cuenta de que no habían comido desde el día anterior y morían de hambre. Sin siquiera contemplar el cuerpo inerte de su “Gatita”, se abalanzaron sobre el plato con comida fría y el refresco tibio. Se olvidaron de su hermana y se acordaron de su hambre. María jamás olvidaría ese momento, estaba asqueada por no poder sentir dolor, únicamente sentía la panza llena, como hace mucho tiempo no le ocurría. El refresco sabía a culpa y el caldo a traición, pero no pudo detenerse y junto con Jacinta terminó el plato. Ése fue el momento en que María se juró que nunca más iba a pasar hambre, sin importar a quién tuviera que enfrentar.

La banda tocaba. Los invitados bailaban. María abrió los ojos y alejó de sí el vaso, detestaba el sabor del refresco de manzana. Miró a su alrededor y estaba satisfecha. Lo había logrado, no volvió a tener hambre y sus hijos jamás conocieron el vacío en la panza. Se habían convertido en personas de bien y estaban haciendo su vida. Con las lágrimas que no salieron hace cincuenta años le dio un minuto a su “Gatita”, ese pensamiento que aquel día no le dedicó. Y sonrió una vez más, era feliz y estaba en paz.

FIN