Capítulo primero

Por Nicolás Gómez

REC 10 Relatos

Hace unos días conocí a un escribiente de museos. Este es un oficio reciente en los museos de arte. Los contratan cada tanto para redactar fichas técnicas de obras de arte, que luego son impresas en cartones, poliestireno o adhesivo y acompañan las obras de arte en las salas de exhibición —preferiblemente por debajo y a su lado derecho—. El escribiente que conocí me explicó que el formato más sencillo de una ficha técnica incluye necesariamente el título de la obra, su autor y el año en que fue realizada. A esta información puede agregársele la técnica o el medio con el cual ha sido hecha la pieza, alguna información sobre su origen, colección o donante, o quizás una mención a algún premio o mérito que ésta o su creador hayan recibido. Un nivel mayor de responsabilidad y proeza consiste en realizar para cada ficha técnica un párrafo, de no más de ochenta palabras (extensión suficiente para no aburrir al lector), que ahonde en aspectos biográficos o anecdóticos sobre el artista o la obra y que sean de posible interés para el visitante de la muestra. En ocasiones, el escribiente de museos se permite alguna licencia interpretativa para compartirle a su lector —espectador de la obra— una idea o sensación y ofrecerle una experiencia enriquecida. Son raros estos casos, puesto que prolongan el tiempo de trabajo y requieren mayor cuidado en la redacción y sintaxis. Para comenzar cierta cantidad de fichas, el escribiente debe acoplar muchos datos, requiere constantes consultas a Google o viejos catálogos que estén a la mano. Para redactarlas necesita mucho tiempo. Cuando este escribiente termina el encargo, olvida con facilidad las fechas y los nombres de lugares y personas que refiere. Tiene mala memoria. Cobra por cada ficha y el costo varía de acuerdo con la información que le soliciten redactar.

El escribiente me contó que una noche, en temporada de arduo trabajo para un museo de la ciudad, soñó que era artista. Cuando el escribiente despierta en las mañanas suele olvidar lo que ha soñado. Esta vez recordó todo —secuencia y diálogos—, salvo si reconocía a algunas personas que aparecieron. El sueño comenzaba en un taller estrecho donde el escribiente —ahora artista— se veía a sí mismo mezclando espesas pinturas de colores. Recuerda con entusiasmo el brillo y viscosidad de los pigmentos, la manera como se integraban, se transformaban al contacto con otros, escurrían autónomamente en un pincel largo que usaba para chorrearlos sobre telas. Al parecer, las obras de su sueño consistían en manchas abstractas, especies de amebas de color sobrepuestas a un fondo blanco, impecable. Muchas obras de la misma serie se veían en el taller, sobre el piso y las paredes. En cada obra se veía un único color: primarios, secundarios, terciarios, cuaternarios, etc. También era única la forma, todas eran diferentes entre sí, limitadas por los vericuetos y comisuras de la marca que dejaba el pigmento al caer sobre el soporte.

Como suele pasar en los sueños, de repente el escenario cambió. El escribiente se encontró luego en una de las salas de exhibición del museo para el cual estaba trabajando. Sentía movimiento, afán, oía gritos de mujeres, algún comentario sobre la falta de presupuesto, algo de unas invitaciones que no se habían repartido a tiempo, algo de unas botellas de vino que se demoraban en llegar, algo de un instalador de textos en vinilo que había dejado un texto sin tildes, algo de un escribiente (quizás él mismo) quien había olvidado hacer las fichas de las obras que se habían considerado poner en último momento. En el sueño sentía los pasos y roces de un pintor en overol que correteaba de aquí para allá — cargando simultáneamente una escalera, un plástico transparente enrollado, un galón de pintura, un frasco de estuco, un rodillo, una brocha, una espátula— resanando muros, lijando y pintando blanco sobre blanco. El escribiente se acercó a leer el texto en vinilo adhesivo que se veía al fondo. Además de la extrañeza que le causaba leerlo sin tildes, reconoció que trataba de su serie de pinturas abstractas, pues hacía referencia a la miscelánea de colores y a las formas informes. Al parecer, el escribiente se encontraba montando una exposición de su trabajo artístico, algo que nunca había hecho. Al girar su cabeza, las pinturas que invadían su taller ahora aparecían colgadas en línea y a la altura de sus ojos sobre uno de los grandes muros blancos de la sala, revestidas con marcos dorados que, según recuerda, le gustaron mucho y le iban bien a las obras. Perpendicularmente había otro muro, donde unos objetos irregulares —presuntamente también suyos— reposaban sobre una hilera de repisas organizadas a la altura de los ojos. Eran esculturas abstractas realizadas en gruesos cartones blancos doblados de forma improvisada. Parecían frustrados intentos de origami. Las repisas sobre las cuales las había dispuesto eran rectangulares y de madera clara. Según recuerda, también le gustaron mucho y le iban bien a las obras.

Cuando el escribiente se dio cuenta de que estaba presenciando el montaje de su exposición y de que pronto la inauguraría, sintió que el público iba a reprocharle la facilidad del método mediante el cual había hecho sus pinturas y esculturas. Hacer una exposición en la que sólo había tenido que chorrear pintura y doblar cartones le parecía demasiado cómodo. Esto lo asustó y lo obligó a replantear rápidamente su muestra. En un instante se vio de rodillas sobre la madera del suelo de la sala, armando un rompecabezas de mil fichas pequeñas, todas blancas. Recuerda que Tom Friedman hizo una obra idéntica. El escribiente armaba rompecabezas para descansar de las largas jornadas de redacción de fichas técnicas, y siempre decía que era como pintar, puesto que se trataba de un proceso meditativo de relación de formas y tonalidades cromáticas. El escribiente sentía que el rompecabezas salvaría la exposición, pues la dificultad y destreza eran valiosas para el público artístico en la ciudad. Dejándolo sobre el suelo como parte de la exposición de pinturas y esculturas podía demostrarle al público que sabía trascender la facilidad de sus otras piezas, y además, era capaz de apropiar el espacio de exhibición y romper la monótona disposición lineal.

Como suele ocurrir en los sueños, la situación cambió súbitamente. Recuerda que era de noche y veía muchas personas entrando a la sala. Reconocía los rostros de algunos, pero aun cuando no estaba seguro de conocerlos físicamente, identificaba el afecto que les producía su presencia y su voz. Cuando me relataba el sueño, el escribiente mencionó un grupo de personas: una pareja adulta, dos mujeres jóvenes, y un niño pequeño por quienes sentía especial apego, sin duda eran familia. También sintió cierto nerviosismo por su presencia, como si tuviera con ellos una deuda pendiente, como si debiera corroborarles algo. Pero el grupo fue muy cariñoso, lo elogiaron entre abrazos y tiernas carantoñas, parecían orgullosos de algún triunfo que él no asimilaba y entre sus palabras repetían:

No entendemos mucho, pero te quedó muy lindo todo, felicitaciones…el rompecabezas: impresionante.

Él sabía que el rompecabezas sería un éxito. La reacción del grupo lo hizo sentir más tranquilo, más confiado, le había comprobado que la pieza cumplía su función y que al resto del público iba a agradarle la exposición. Efectivamente, se le acercaron decenas de personas más y lo felicitaron con sonrisas y cachetes rojos por el calor del lugar, siempre elogiando el rompecabezas. En el sueño, el escribiente sintió que entre los asistentes se murmuraba sobre la presencia de unas personas importantes que visitaban la muestra por casualidad. El escribiente volvió a inquietarse. Una mujer de pelo rubio y revoltoso, leonesco, se le acercó a saludarlo, muy seria, como desconfiando de algo. Venía de la mano de un hombre de pelo negro largo y un bigote prominente que se extendía hasta la quijada, cuyo acento perceptible en su breve saludo dejaba en evidencia que era un mexicano extravagante… claro, otro artista. Entre los asistentes se decía que venían del exterior, que eran muy importantes en el mundo artístico, que era un lujo tenerlos allí. Pero además del saludo, la pareja no dijo más, quedaron callados, inmóviles. Su silencio aterrorizó al escribiente que también se paralizó y enmudeció. En tanto, dos hombres se le acercaron. Uno muy alto vestido con blazer de paño, otro no tan alto y vestido con blazer de imitación de piel de vaca. Ambos le hablaban simultáneamente muy cerca de su cara, despedían de sus bocas frenéticas un guirigay de términos filosóficos que se escapaban de su comprensión. Sólo oía que a su alrededor el público aplaudía la presencia de las dos personas, al parecer, también importantes críticos de arte. Luego un silencio amplificado. Vertiginosamente, ambos críticos sacaron sus respectivos celulares y le tomaron fotos al rompecabezas que yacía sobre el suelo de madera. Y sobre el rompecabezas se paraban dos jóvenes. Un no-sé-qué en sus poses los delataba como estudiantes de arte, y reían escabrosamente mientras dejaban las huellas de sus pesadas botas impresas sobre la blanca superficie, y los críticos de arte no paraban de hablar.

Divisó entre los asistentes a tres personas cuya presencia le complacía gratamente. Se acercó a ellos, flotando sobre las cabezas del público que sonreía y sudaba por el calor. Los tres eran artistas a quienes sabía que admiraba por lo que había visto de ellos en los museos. Sentía un gran alivio porque finalmente iba a poder oír comentarios edificantes sobre las pinturas y esculturas. Quizás divagaría sobre los métodos de chorreado de pintura y doblez de cartón; compartiría con alguien comprensivo la emoción que le genera un fluido que escurre y cubre superficies con color y unos planos ortogonales que al articular crean vacíos contenidos. El escribiente se acercó con inmensas expectativas de una intensa charla sobre su cometido artístico. Dos de ellos eran pareja, uno llevaba un pantalón rojo y el otro llevaba pantalón verde, eran sofisticados y amables.

¿Y, qué tal?

Preguntó el escribiente. A lo que ellos respondieron sincrónicamente:

Bien, felicitaciones. Estupendo el rompecabezas. Buenas las pinturas, lástima los marcos.

¿En serio? ¿Por qué?

No van bien, no van bien.

El escribiente quedó pasmado. No podía creer tal simpleza. Volvió al tercero de ellos, acreditado artista e influyente maestro universitario de quien siempre recordaba sus lecciones.

Y bien, ¿qué le pareció?

Preguntó el escribiente. A lo que él respondió con su difusa y tímida antipatía:

Bien, felicitaciones. Extraordinario el rompecabezas. Buenas las esculturas, lástima las repisas.

Gracias, pero ¿por qué?

No van bien.

A mí me gustaron.

No pueden gustarle.

¿Por qué?

Vea, Mateo París y Nicolás López ya han usado la madera en todas sus formas. Ellos son famosos, usted no. Sea original.

Mientras que me contaba el sueño, el escribiente paró un instante cuando llegó a este punto. Quizás no supo decirme qué había sentido con semejantes opiniones. En aquel instante llevó sus ojos detrás de sus cuencas como buscando palabras en su cerebro y sólo logró resoplar.

Luego continuó. El escribiente me contó que el mismo personaje hizo un giro y de repente puso sobre su mano una mano huesuda de una señora de pelo negro rizado y despeinado, con gafas de marco ancho negro y una voz avasallante.

Le presento a fulana (no recordaba el nombre), la galerista.

El público estaba estupefacto con la presencia de fulana. Parecía ser que era muy importante fuera de la ciudad. Fulana examinó al escribiente de pies a cabeza y le dijo:

Escribiente, ¿acaso no escribes? Dedícate a eso no más. Concéntrate en algo. ¿Quién te crees para hacer obras de arte? Eso lo hacen los artistas.

Ahí terminó el sueño. El escribiente me contó que despertó acelerado y pronosticando un día gris, en todos sus matices. Como el escribiente, tengo mala memoria y no recuerdo los sueños que tengo, y no puedo contarlos. Por eso cuento éste, como proyección de algo que me incumbe, como si yo mismo lo hubiera tenido. Quizás el sueño es profético y augura un anárquico mundo en el que los escribientes se creen artistas.