Aírtemis

Por María Eugenia Lombardo Franchini

REC 10 Relatos

A este ritmo, probablemente, la respiración me comprima el pecho del cansancio, la impotencia y la demencia. Me llama la atención este delirio, porque puede contribuir a mi imaginación (la mía, solamente la mía), y recrear esa imagen que ya veo ajena y que sigue siendo mi mismísimo igual, el hombre duplicado en invención propia y la auto-percepción, algo para completar el triunvirato divino: el real, el imaginado y el reflejo; pero no se pregunten, se los ruego, cuál soy yo, ni a quién pertenezco ni qué categoría me define, qué tipo de materialización me ha deshecho y vuelto a hacer.

Tengo el pecho hundido, quizás ya lo había mencionado. El esternón ya es inútil, la piel la tengo erizada como un animal al que lo están amenazando imparablemente, pero soy incapaz de describir las lágrimas de sangre que deben estar cayendo seguramente por mis ojos, porque el hacerlo implicaría levantarme e intensificarme frente a un espejo, el espejo aniquilador. Ahora estoy esperando otro escalofrío, otra descarga eléctrica para convulsionarme, pero ésta no llega, tarda demasiado y recae en la expectativa de sucumbir esta vez verdaderamente a la inconsciencia (el plano peligroso) y la auto-sanación del sueño.

Está ciertamente pensado que, si bien todo individuo puede ver lo que compone su cuerpo casi desde la base del cuello hacia abajo, incluyendo hombros, brazos, piernas y espalda (con la elasticidad suficiente), nunca, bajo ningún concepto, es capaz de apreciar lo que compone su cráneo, pómulos y globos oculares de la misma forma que ve todo el resto de su compostura. Sí, resulta fisiológicamente imposible removerse los ojos y ponerlos frente a la misma fuente de donde fueron quitados y ver, finalmente, cómo se ve el rostro propio en la realidad de la visión. Entonces, es curioso pensar que lo único que no podemos observar de la misma forma que todo lo demás, es la única fuente eléctrica que soporta todo lo que sí somos capaces de observar. Ahí entra el espejo a intervenir en la gran imposibilidad humana, convenciéndonos que la simetría inmaculada que existe entre imagen uno-yo e imagen dos-otro extermina esta duda sin haber sido expuesta jamás. Confío en la simetría, sí. Pero no confío jamás en la jerarquía de las imágenes ni de la imaginación que las produce, porque una vez me di cuenta de mis movimientos involuntarios frente al Simétrico. Bueno, lo demás vino solo.

No había ocurrido nada que alterase el estado natural de mis días, nada que me hiciera pensar con exactitud en este evento. La primera vez que creí haber visto una anomalía fue cuando salía del baño que está justo frente a mi cuarto, y (muy probablemente por el exceso de trabajo de la noche anterior, había pensado yo) observé cómo una cuarta parte de mi mano izquierda parecía dejar su rastro de reojo en el espejo, justo cuando ya había salido y apagado el interruptor de la luz del baño. Pasó el día universitario sin más juegos metarreales, y cuando volví a mi espacio en la pensión, la ilusión tampoco volvió a repetirse.

No fue hasta que reanudé mis periodos de encierro en el baño, donde una claustrofobia podría haberme invadido, pero pasó todo lo contrario, la cercanía de las paredes y la cerámica deshecha me comprimían el razonamiento y lo organizaban, como se desfragmenta una CPU, o algo así, algo parecido… Bueno, eso me pasaba en el cuarto de baño. Después de ese episodio me miré al espejo, me miraba las ojeras casi pintadas y la cabellera color mapache más descuidada que lo usual, y cómo las facciones se me habían venido pegando a los huesos en las últimas semanas. Anemia, insomnio, estos síntomas me eran desconocidos en su origen, pero no insistí en averiguarlo. Me saqué la camisa y procedí a salpicarme el rostro y la cabeza con agua tibia, y cuando levanté la mirada hacia el espejo, el sobresalto fue para los dos igual, las gotas se pegaron al vidrio y resbalaron sanguinolentamente de un lado y del otro. Fue este pánico de haberme encontrado tan cerca de mi otra imagen desprevenidamente, ese típico golpe que baja de la abstracción, el que me hizo disminuir el ritmo de mi respiración mientras aumentaba la agitación toráxica, el temblor de la mandíbula, mientras que la del otro no se alteraba a la par de mis transformaciones: continuaba agitado en su respiración, y un tic había comenzado a expandirse por su pecho y su cuello.

Yo me quedé inmóvil, quietísimo en la penumbra de lo imposible y del baño, y en mi anti-instinto (porque no podía correr del miedo, eso era algo muy banal para describir lo que estaba ocurriendo en aquél momento) tanteé la pared para alcanzar el interruptor y apagué la luz. Un eco de pasos, evidentemente no los míos, llenaron el claustro, y lo que ahora era lo ensombrecido de mi silueta ya se había acercado hacia el límite que nos separaba, e inmóvil, quietísimo, se quedó con el aliento pegado al vidrio. Hubo una pausa, inaguantable como era; con dedos temblorosos, al borde de las corrientes eléctricas, alcancé el interruptor y se rehízo la luz. El reflejo me observaba sin parpadear, sin respirar, sin ninguna acción, haciendo un tap-tap con la mano en el vidrio. Se prolongó el silencio, hasta que, sí, hasta que dijo:

No entiendo qué está pasando─.

.Y yo, sí, yo sí le respondí:

No creo que deberías─.

Me estás hablando─.

Y tú me contestas─.

¿Quién eres?─.

¿Qué eres?─.

Él no respondió entonces. Dudó un momento antes de bajar la mano del vidrio y ponerse a inspeccionar lo que podría haber sido el marco del espejo del otro lado, reafirmándome el hecho de que se encontraba inmerso en ese momento en la misma confusión que yo. Lo último que recuerdo de esa interacción fue que cuando él decidió ignorar mi presencia, salir de su baño y apagar la luz. Yo tuve que imitarlo inconsecuentemente.

A partir de ese día y por cinco jornadas continuas, la puerta del baño quedó cerrada estrictamente bajo llave; pero incluso el entrar al departamento me causaba una desconfianza inusual, similar al placebo implantado cefálicamente por una película de terror, que reinventa el área que se creía segura. Ahora de reojo parecían incrementarse el movimiento de las sombras y el sonido de las maderas contrayéndose por la humedad. Se preguntarán, quizás, cómo hacía para hacer lo que sea que hacía en el baño, desde necesidades básicas hasta implementos psicológicos, si no podía ni me permitía acceder al mío. La verdad es que aprovechaba las salidas para realizar todas estas actividades intrínsecas a mi biología y a mi personalidad; en mi pequeña residencia, todo me sonaba a desconocimiento, persecución y extrañeza.

Pero tras esa semana de enfrentamiento monótono con el olvido y la evasión de la puerta cerrada, una suavizada epifanía hizo que me obligase a preguntarme qué mierda estaba pensando al actuar de esta forma tan desbalanceada e irracional, cómo podía dejarme vencer por algo que seguramente no fue más que un síntoma de entre tantos que me estaban afligiendo fisiológicamente y, que entonces, me hicieron sentir como un total y verdadero tarado. Así que al quinto día, decidí reabrir la entrada a mi baño predilecto, prendí la luz y me volteé hacia el espejo, donde ningún otro más que yo me devolvía la mirada y los movimientos, y las cejas y las facciones alteradas. Una mano movía la otra, un fruncir de ceño fruncía el otro, una palabra formulaba la otra de igual manera, y un crack de los huesos era un sonido para las dos partes, todo en armonía simétrica, me atrevería a decir, para mi tranquilidad personal. En este creciente éxtasis, movía mis extremidades en una coreografía infantil y contenta de la que no quería escaparme, en tanto miraba cómo estaba al comando de lo que me reflejaba. El bailecito continuaba incesantemente, eufórico en la evasión de mis sospechas de los días anteriores, que ya no era propio, sino continúo e irrefrenable, contra mi voluntad, contra mi capacidad de detenerme, y al fijar los ojos nuevamente en el espejo vi que el otro sonreía, cuando yo ya no lo hacía más.

No he dormido en dos días. Pudieron haber sido tres y me hubiera importado un carajo, porque el tiempo ya no me acompaña y eso lo tengo claro. A veces me parece, me suena, a que el momento preciso en el que mis extremidades se niegan a responder y caigo en la vertiginosidad de lo onírico, el mismo vértigo me devuelve al mundo tangible en forma de electrochoques, esos escalofríos líquidos que bajan por la columna vertebral para no dejarte sucumbir, te devuelven a un cuarto capaz de ser tocado e incapaz de ser reflejado. Sin espejos: eso es lo que realmente me acaba de consolar, pero no lo suficiente, nunca lo suficiente como para mantenerme tranquilizado en el insomnio. Algo externo se la pasa electrocutándome y burlándose de mi tacto, y al no haber espejos en mi cuarto, esto es lo que anda ocurriendo: no hay nada que me refleje, pero todavía me persigue mi reflejo.

Desprenderme de su control me había costado un cierta parte de mis nudillos y la integridad del vidrio contra el que llegué a arremeter violentamente, infligiendo la misma cantidad de daño tanto en empleador como en lo que lo recibía. Así como el material obtuvo grietas y estallidos, mi mano sufrió la quebradura parcial de las articulaciones de los dedos, y obviamente el desgarramiento de la piel. No corrí hacia ninguna parte más que a la cocina para removerme las astillas cristalinas del músculo y envolverme la herida lo más fuertemente que podía con el primer pedazo de tela que tuve a mi alcance (el mantel de la mesa), y así iba arrastrando mi sangre y la tela por todo el espacio injurioso, entre temblores y tropiezos. Me consolaba vagamente la idea de que, ahora que la fuente de estas manifestaciones estaba quebrada, entonces debería estar imposibilitada precisamente por no ser completa. Ninguna máquina funciona apropiadamente si se encuentra desarmada o necesita reparación. Tenía sentido, todo esto podía haber resuelto la epidemia infame de las imágenes rebeldes. Con esto en mente, incrementó mi paranoia respecto a fotos y todo tipo de reproducción instantánea que pudiera estar simétricamente relacionada conmigo en cualquier punto del calendario, que diera fe de mi existencia y, por lo tanto, intentase de apoderarse de ella, suplantando su momento atemporal y repetitivo con la continuidad y el dinamismo humano. Algunos creen en la irrealidad, pero no se dan cuenta que la irrealidad es de todo el mundo. Que el tiempo pasa y lo único que hace eso es cagarse en lo real, y destruirlo.

No me moví. No me moví porque sabía que la única posibilidad que tenía de moverme había sido obstruida y si lo hacía cabían dos posibilidades: o me daba cuenta de que el ser locomotor ya no era consecuente con mi voluntad (esto ya era sabido, pero reiterarlo, no, reiterarlo no…) o tomaba el mantel y me lo pasaba por la tráquea y toda la cervical, y me colgaba de la viga más próxima. Había olvidado que superficies vidriosas tan banales como la puerta de un horno también existían. Y la voz, la voz que no había sido de ultratumba pero me transportaba a esas tinieblas (pues era mi voz, la que retumba en mi garganta cuando yo la oigo), no había provenido de mi vocablo. Claramente, no sé ni por qué lo reitero, puede que para convencerme yo sólo, puede ser…

¿Qué te hice?─ pregunté al aire.

¿Qué quieres hacerme?─. Pero el aire no respondió de inmediato. El pánico me había erizado la columna y agarrado por los huesos a través de la piel, me sostenía en la penumbra que había entre la mesita de la cocina y la mesada frente al horno diabólico. Me acurruqué en ese espacio mientras me vi capaz de hacerlo (para mi relajación ínfima). Había varias cosas que no había tenido en cuenta, como haberle hablado al vacío que yo respiraba y esperar que me contestase, cuando eso respirado se me filtraba por las vías respiratorias hasta el cerebro, donde habló, sí, pero en el pensamiento, y repetía la palabra “espejo” tantas y tantas veces que las sílabas se entremezclaban, pejoes, joespe, peesjo, ojepse, y todas las recombinaciones posibles ahí, taladrando y llamándome a la fuente principal de la desgracia. Tuve que hacerlo, tuve que ponerme de pie y trastabillar hasta la puerta satánica y abrirla. No hacía falta luz para ver la multiplicidad de ojos y bocas y manos de los desfragmentados intentando escapar hacia mí. Y en la oscuridad que no me había dignado a hacer desaparecer, ya era lo suficientemente tarde como para pensar que la deconstrucción suya tenía que significar la mía, y que cada movimiento de todos ellos, por lo tanto, tenía que ser imitado en todas sus posibilidades por los míos. Pero mi limitación no quiso limitarse más, porque caí, y en el frenesí de ellos me retorcía en el suelo en tanto el ardor de los órganos rozándose era lo único que suplantaba la falta de extremidades para suplir todos los gritos de aquellos espejismos.

Una gota de vómito cubre la última parte del párrafo anterior. El solo recuerdo de lo que acabo de redactar me dio esas náuseas y el papel no esquivó del todo el estallido. Pero ahora hablo desde el presente. Acabo de oír otro set de palabras: “No es mi culpa que existas, ¿o sí? ¿Puede que seas tú el que existe después de mí? Después de mí, sí, pero no antes, no te atrevas a decir que antes. Yo estaba acá primero”. ¿Quién estaba primero? En la oscuridad me movía al ritmo de él, y quizás la anemia pueda pasársela yo para que se consuma en sus cuestiones filosóficas, pero lo cierto es que yo ya estoy rendido y los músculos y la cabeza me están matando. Pero puedo entenderlo (¿por qué me atrevo a hacerlo?) porque ahora yo me pregunto, en la resaca de las convulsiones que no me dejan ponerme de pie, por la integridad de mis acciones, si mi mano atacó primero o fue la suya la que hizo que se atacara a sí mismo. ¿Reflejo? Sí, podría serlo. Pero como es a partir de él que saco las conclusiones de mi propia imagen, la que dije que residía en nuestras cabezas a partir de la simetría, y si no lo dije antes, entonces te lo digo ahora, lector impertinente y acosador, que mi imagen es a partir de él y la suya a partir de mí, así que habrá que coexistir, habrá que re-enfrentarnos. Desterraré el sueño para siempre.

Y ahí entra el espejo a intervenir en la gran imposibilidad humana, convenciéndonos que la simetría inmaculada que existe entre imagen uno-yo e imagen dos-otro extermina esta duda sin haber sido expuesta jamás. Confío en la simetría, sí. Pero no confío jamás en la jerarquía de las imágenes ni de la imaginación que las produce, porque una vez me di cuenta de mis movimientos involuntarios frente al Simétrico y su cadáver… ahora, después de la aniquilación, sólo queda una imagen.

El departamento está dado vuelta: hay sillas formando fortalezas, la mesa está patas arriba, la heladera quedó abierta y hay charcos invadiendo la cocina (ya me tocó pelear también con el agua), y restos cristalinos de vidrio y sangre por el pasillo. Algunos han llamado y tocado la puerta para reclamar por mi ausencia y el griterío general de estas noches, pero no he respondido. Todavía no puedo mover la mano correctamente, pero ya me es indiferente el hecho. La simetría en la que tanto confío me dice que al acercarme con la llave al cuarto de baño para encerrarme ahí para siempre el otro hará exactamente lo mismo, y al ver esto hecho, al vernos los dos (tres, cuatro, cinco, seis de nosotros, el espejo en fragmentos) enclaustrados en el mismo espacio, nos miramos con pena y rabia los cuerpos mutilados y las miradas inyectadas en sangre. Ahora lo único que queda, mientras escudriño las esquinas ensombrecidas del baño y si en alguna de ellas descritas por mi pensamiento albergan alguna autonomía todavía, es matarnos entre la multitud para sacarnos la duda de una vez por todas. El letargo no lo impedirá (no me lo impedirá) aunque la oscuridad nos nuble los ojos, a unos más que a otros… Se abalanzaron los puños, y las uñas desgarrando el vidrio y las pieles, y los vidrios encarnándose en el músculo, en los párpados traspasados por la ceguera, y el grito y el llanto de los siete nos redujo a nada. En la desesperación de nuestras biologías (ahora sí el miedo actúa verdaderamente, como debe hacerlo en todo animal) intentamos pasar la mano por debajo de la puerta y recuperar la llave perdida. Afuera resuenan los gritos de los vecinos, pero lejanos, como inconscientes.

Sólo queda una imagen.