Raag Estrio and his Hot Five

Por Rodrigo Atuesta

REC 8

En una entrevista transmitida en vivo por WTF Broadcast, un conocido periodista e historiador de jazz le preguntó al legendario trompetista antillano qué había hecho para conformar uno de los quintetos de jazz más geniales que ha conocido el mundo. Raag respiró hondo por sus amplias fosas nasales, se quedó un momento en silencio y luego respondió con su característico discurso arrítmico:

—Es que no se trata de hacer algo. Las cosas hechas no se pueden capturar y guardar para observarlas luego. Existen sólo cuando se están haciendo, como cada palabra que estoy pronunciando y cada sonido que sale de mi trompeta. Existen sólo cuando se están haciendo; después son sólo un recuerdo, un sentimiento, una representación sintética, ¿ya ves? Lo mismo pasa con la banda. Llegamos a estar juntos por una serie de hechos concretos que se hicieron en su momento, y de los cuales sólo tenemos representaciones que articulan la realidad de hoy en día. Yo no hice nada. Por eso llegamos a ser lo que somos; porque somos como el jazz que jugamos. Se va construyendo sobre la marcha, sin partitura, tejiendo los sonidos y dejando espacio para la genialidad de cada uno.

En otra ocasión le preguntaron al contrabajista de la banda, Sttuarg Leador, el motivo por el que se llamaban Raag Estrio and his Hot Five, siendo que eran sólo cinco incluyendo a Raag.

—La verdad, ni yo lo sé. Tú sabes que Raag siempre responde diciendo que suena bien así. Pero estoy seguro de que ése no es el motivo. Él siempre hace ese tipo de cosas. Le atribuye significado personal a pequeños detalles y se excusa explicándolos con un sentido puramente práctico, o hasta dice que no tienen sentido alguno. Gogô dice que es porque una vez hizo mal la cuenta y es tan testarudo que prefiere decir que five suena mejor que four, a admitir que contó mal. Rigot dice en broma que es porque se refiere a los cinco dedos con los que toca su trompeta y no a nosotros. Oudri sigue convencido de que es porque está tan obsesionado con las meseras de cualquier bar en el que tocamos que al ser su fuente de inspiración se convierten en un miembro temporal de la banda. Yo creo que tiene más que ver con la personalidad disyuntiva de Raag. Cada vez le cuesta más conciliar sus yos.

Pasarían cuatro semanas de espera antes de que Godtrust Auteori, más conocido como Gogô, diera a sus papás por muertos. Habían salido navegando en su Swan 44 a dar un paseo de cuatro días a las islas Berlengas. El capellán del internado que lo adoptó, quien siempre simpatizó con él por su nombre, impulsó su talento hasta que ya no hubo espacio para él en el internado. Luego vivió con el poco apoyo de su contable apadrinado en una pensión con prostitutas e inmigrantes africanos. Ocasionalmente tocaba en el Lady Bird un blando be-bop, con un blando trío.

Aunque francés de nacimiento, Oudri Tautarseg vivió en el Bronx desde que en una madrugada, a sus catorce años, su madre empacó dos livianas valijas y huyó con él de su esposo alcohólico. Tenía la esperanza de que en América algún cazatalentos descubriera la destreza de su prodigioso hijo. Varios años después, frente a un seco pancake apenas humedecido por la tacaña cajita de syrup que habían puesto al lado del plato, Oudri recordaría nítidamente su llegada a Nueva York. Su mamá, con un inglés muy primitivo y todo tipo de gesticulaciones manuales, pidió a la mesera eggs and bacon. Minutos después la mesera regresó mencionando unas palabras que ninguno de los dos entendió y puso frente a él un plato con dos huevos fritos y un par de tiras de tocineta encogidas. Él se quedó hundido en el sofá rojo, ligeramente inclinado sobre la mesa, con los hombros descolgados, las manos en los bolsillos del pantalón y con una expresión tan plana como la de los huevos que lo observaban con sus dos yemas.

—Ya conseguiremos un saxo nuevo para ti —le dijo su mamá mientras despelucaba su pelo negro y alambrazo—. Ahora come un poco.

En su primer día de escuela Oudri conoció a Rigot. Le agradó mucho desde el principio porque también hablaba francés y porque los profesores creían que eran hermanos, gracias a las marcadas facciones árabes que ambos tenían.

Rigot Sad Eutaro había venido con su padre marroquí y su madre lituana huyendo de un régimen que él no entendía. Su segundo nombre en realidad era el apellido de su papá. Originalmente tenía dos aes en el medio, pero un oficial de inmigración lo modificó y después no hubo remedio. Alguna vez tuvo intenciones de cambiar en sus papeles este medio-nombre, medio-apellido que dio lugar a muchos chistes que, quienes los contaban estaban convencidos de ser muy originales y creativos. Mr. Sad sólo sonreía con el lado derecho de su cara para no ser descortés.

A menudo, especialmente al final de largas sesiones de grabación que tendrían lugar muchos años después, recordaban los full day passes a Bongo-Bowling que ganaron en el talent show que organizaba anualmente el colegio. Fue la primera vez que tocaron jazz juntos en un escenario. Escogieron West End Blues porque era la única canción que se podía reproducir entera, de un acetato que robaron en sociedad en una tienda de baratijas en Liberty Boulevard. Tendrían que pasar muchos años hasta que Rigot dejara de sentir la misma sensación de desnudez que sintió esa noche, cuando se abrieron las cortinas de terciopelo rojo y los reflectores inundaron de luz pálida el escenario. De manera instantánea, Rigot llevaba su mano a la frente a modo de visera y apretaba un gesto facial hasta que su pudor escénico se diluía en una lluvia de aplausos. Hizo cuatro golpes con sus baquetas asimétricas y comenzó el show. Oudry tocaba concentradamente el saxo y Rigot lo seguía con un bombo, un redoblante, un hi-hat oxidado y scat, a falta de más.

Era extraño para un baterista de jazz hacer scat. Siempre que se hablaba al respecto, Rigot Sad Eutaro argumentaba que tener la lengua ahí guardada era un desperdicio, siendo que la podía utilizar para hacer música al igual que sus otras cuatro extremidades. Una creencia que hace parte de la figura casi mitológica con la que Mr. Sad pasó a la historia es que cuando se dormía con hambre gesticulaba improvisaciones oníricas de scat, moviendo perezosamente sus labios carnosos y morados.

Sttuarg Leador conoció a Mr. Sad cuando soñaba con hacer millones con las cuatro cuerdas de su contrabajo, pero sólo poseía los hilos de tabaco que dejaban sus hechizos cigarrillos en sus labios. Sttu es uno de los pocos que ha dado fe del fenómeno de scat en sueños de Mr. Sad. Fue en un vuelo desde su natal Belgrado a Londres donde se iba a encontrar con un productor sueco que nunca apareció.

—Hay mínimo veintiocho filas en este avión. Cada fila tiene dos hileras de tres sillas. Entonces hay 168 sillas en el avión. Una vez sentado yo, hay dos entre 167 sillas en las que se podría sentar este árabe obeso que “scatea” dormido para quedar sentado al lado mío —pensaba Sttuarg con los ojos entornados hacia arriba como si leyera la pantalla de una calculadora incrustada en sus cejas, y apenas musitaba números en serbio para obtener una estadística final con la que le daba sentido a todas las situaciones que le perturbaban o agradaban mucho.

—Entonces son 2/167, y tengo que tener en cuenta que si hubiera alguien en la silla del medio, esta incompetente aerolínea no hubiera sentado a sus dos pasajeros más gordos juntos. La probabilidad de eso es de 1/3, entonces el desgraciado escenario inverso son 2/3. Entonces 2/167 por 2/3 son 4/501, o 1/125… es decir… 0,8%. Casi lo mismo que jugar al rojo siete veces seguidas y no perder todas las veces. ¡Me lleva el diablo!

En ese momento despertó Mr. Sad con el olor a café caliente que servía una azafata a su gordo compañero de silla. Ordenó uno para él y vació las dos bolsitas de azúcar que le había tendido la azafata. Cuando se percató de que le hacían falta dos para sus tradicionales cuatro, el carrito de café se encontraba unas filas más atrás.

—¿Vas a usar eso? —Preguntó Rigot con su exagerado acento neoyorquino. Sin decir palabra Sttu entregó sus dos bolsas de azúcar—

Sttu odiaba a todas las personas a las que no quería. Sobre todo, odiaba a los recostados que le pedían su tabaco, a los que pronunciaban su nombre como Stewart y a las personas de un auditorio que seguían el ritmo de su contrabajo moviendo la cabeza de un lado a otro. También odiaba a los gordos, incluidos él mismo y su vecino.

Lo hubiera odiado el resto de su vida si no fuera porque se encontraron coincidencialmente cuatro días más tarde en un jam session en Candem, al norte de Londres. Fue el mismo día en el que Raag Dout Estrio y Gogô conocieron al baterista y al contrabajista. Raag estaba en una esquina del salón frotando, con un trapo rojo untado de whisky, el pabellón de su trompeta y hablando exageradamente con el portugués, a quien había conocido semanas antes una noche en Túnez.

—Nunca volveré a Georgia. Allá me crió una Big Band, pero no volveré —Sostenía Raag abriendo exageradamente su boca grande y negra con dientes más blancos que las teclas del piano que acariciaba Gogô con sus dedos desnutridos—.

Raag siempre hacía amistades rápidamente, una vez que su música se entendía con la de otra persona. Tenía la costumbre de contarles a sus nuevos amigos sus intimidades y problemas personales. Sentía que así las amistades se creaban más rápido.

—¡Todavía no puedo creer esa camarera amiga tuya del Lady Bird! —Seguía diciendo Raag con las piernas cruzadas e inclinándose hacia delante como si le diera un retorcijón de estomago.

—Puede no ser tan guapa en realidad… ¿cómo era que se llamaba? Cintia, ¡eso! Bueno, como te decía, puede que no sea tan guapa en realidad pero mi viejo amigo Nodico Nasbral ya lo descifró por mí hace rato. Se llama síndrome de Helsinki, ¿has oído? Muchos hombres sufrimos de esto. Consiste en que nos enamoramos perdidamente de las camareras, baristas y azafatas, en especial —para ese momento no sólo Godtrust lo escuchaba, sino todos los presentes en el salón, incluyendo a Sttu que inspeccionaba el contrabajo y a Mr. Sad que escuchaba con su sonrisa de media cara—.

Según mi amigo, que de hecho es psiquiatra o algo así, algunos hombres nos sentimos especialmente atraídos hacia estas mujeres por el hecho de que en la relación entre nosotros y ellas ya está implícito el que en algún momento tendrá que existir trato, y hasta contacto. Síndrome de Helsinki, recuerda.

Y era verdad, Raag desarrolló desde joven una extraña obsesión por las camareras. Cada molécula de aire que expulsaba por los 180 centímetros de metal cilíndrico de su trompeta estaba dirigida a ellas. Dicen que el motivo por el que siempre pedía cerveza en copas de vino no era para conservar mejor el gas y la temperatura, como él insistía, sino para tener constantemente una excusa para llamar a la chica que lo atendía y aprovechar para hacer algún gesto seductivo.

Poco más de un año después, en un húmedo sótano de Nueva Orleans los cinco integrantes de Raag Estrio & his Hot Five se reunieron por primera vez. El jam de Candem fue excepcional. Tanto que los cuatro tocaron juntos varias ocasiones en los días siguientes. Raag estaba nervioso de conocer a este saxofonista francés que tanto le insistía Mr. Sad que sería lo único que le faltaba al cuarteto para pasar de cool a hot.

—Nunca he encontrado un saxo con el que pueda tejer mi trompeta. Además, los franceses… tú sabes. ¿Cómo se llamaba este guitarrista gitano francés, Gogô? ¡Ése! Belga, es lo mismo. Es que los franceses y yo, tú sabes. ¿No, Gogô?

Cuando le preguntan a Raag sobre esa noche se limita a cruzar los brazos y decir:

—Jamás había tenido esa particular sensación de manosearme con alguien por medio de nuestros instrumentos. Además, digámonos la verdad, Oudri ni siquiera es francés.

Oudri por su lado dice que sus sonidos se funden en una aleación de madera y metal que puede ser hecha únicamente en hot; necesitan de altas temperaturas síncopas y polimelódicas, ser martilladas polirrítmicamente y se le saca brillo frotándola con disonancia. El producto es una aleación densa, amorfa y atópica tan caliente que despide humo, con alta conductividad emocional y soluble únicamente en adrenalina.

Yo no había logrado comprender plenamente el sentido de lo que dijo Raag en la entrevista de WTF Broadcast hasta la única vez que los vi en vivo en el Palau de la Música Catalana en Barcelona, en uno de los últimos conciertos que dieron. Recuerdo en especial la canción con la que cerraron el concierto Sweet-bitter-sweet blackberry. Gogô, encorvado sobre su largo piano de cola como si no quisiera que nadie viera las teclas que tocaba, ponía los primeros bloques. Lo acompañaba Mr. Sad iluminando con los platillos y oscureciendo con el redoblante y el bombo la melodía de Gogô. Al lado opuesto del escenario, Sttu ponía orden a todo con sus cuatro cuerdas, como si manejara unas marionetas con el contrabajo. Luego entró explosivamente Raag con su potente sonido metal, cortando el viento como una navaja, improvisando de la mejor forma que él sabía hacer, yendo con sus trompetas a todos los lugares imaginables. Cuando ya no hubo más posibilidades entró Oudri con su obeso saxo tenor, llevando la construcción con sus sonidos madera a lugares inconcebibles. Cuando dejaron a un lado toda estructura original fue cuando se fundió el sonido en hot; Oudri y Raag se manoseaban y desgarraban lo que quedaba del papel de las partituras, Sttuarg los perseguía muy de cerca con sus cuatro cuerdas, disparando intempestivamente semicorcheas acentuadas y agrandadas o completamente ignoradas por la batería de Rigot, que martillaba de manera polirrítmica, todo esto contenido por los riff de Gogô, que parecían represarlo todo para que no explotara, llegando con sus acordes y desacordes a llenar cualquier espacio vacío.

Eso era a lo que se refería Raag. A lo sublime y efímero de la construcción, del ensamble, de la puesta en escena. Existen sólo cuando se están haciendo. El proceso creativo sobre la marcha, la improvisación constructiva. Lo que queda después son significados y representaciones. Por eso Raag tenía la manía de atribuirle furtivamente significado a cada detalle. Como una manera de capturar el mundo, de no dejar que lo efímero de la construcción se desperdiciara; una manera de estirar lo inelástico de los momentos y apoderarse de lo que construía día a día.