Lentes de Contacto

Por Gabriel Rojas Andrade

REC 1 Cuentos

Se diga lo que se diga, sucesos por el estilo ocurren en el mundo.
Pocas veces, pero ocurren.
Nicolai Gogol

Jefferson Gutiérrez era miope y el veintidós de diciembre del año dos mil seis, recostado en un sillón de optometría en un local de la Avenida diecinueve con carrera novena en Bogotá, decidió que abandonaría las pesadas gafas que lo atormentaban desde su más temprana infancia para comprar, por fin, unos sutiles lentes de contacto. Jefferson trabajaba en la sala de cómputo de una biblioteca. Su silenciosa labor consistía en recibir las tarjetas de identificación de los usuarios de la sala, pasarlos por un láser registrador, luego tomar una ficha con un número que asignaba determinado computador, pasarla por el mismo registrador, y por último concedérsela a dicho usuario. Esta sencilla labor había llegado a despertar un pequeño brote de creatividad en Jefferson, pues mientras sus compañeros utilizaban las dos manos para realizar la operación, Jefferson conseguía hacerlo con tan sólo una mano ejecutando una complicada maniobra con el dedo índice y el pulgar. De tal manera, mientras observaba la pantalla del computador y tecleaba con la mano derecha, producía una leve y pasajera curiosidad en el usuario con el gesto prestidigitador en la mano izquierda.

El traje de Jefferson era de un azul impecable y conservaba reluciente el logo de la institución a la cual pertenecía su biblioteca. En cuanto a sus zapatos y camisa, los había comprado en un costoso lugar con la convicción de que verse bien vestido sugería que era un hombre interesante con el cual se podía contar. Y esto no era mentira, a sus veintinueve años Jefferson tenía un par de amigos entrañables, una novia bastante acostumbrada a la estabilidad que otorgaba su sueldo y un apartamento digno de una cuota de arriendo de estrato cuatro en el barrio Castilla.

Luchar por una estratificación había llevado a Jefferson a cortar su cabello como un militar, a dejarse crecer las patillas como un actor de televisión que observaba con detenimiento todas las noches en la novela de las diez; e incluso lo había conducido a escoger en el supermercado mantequilla con la etiqueta que decía libre de colesterol, libre de grasas Trans, Light y sin preservativos. Distinguir
la cadena de supermercados más idónea fue uno de los problemas involucrados con la aspiración de ser estrato cuatro; si bien El Éxito
y Súper Almacenes Olímpica eran instituciones Colombianas que consideraba de prestigio y sus productos eran más o menos igual de caros, para Jefferson, Carrefour representaba un paso más adelante en el prestigio, un acto que lo reconciliaba con un mundo Europeo al que algún día llegaría en unas vacaciones, durante quince días en un buen tour ofrecido por la agencia de viajes en la que trabajaba uno de sus dos amigos entrañables. De la mano de las difíciles decisiones que acompañaban su manera de entregar fichas de usuario en la biblioteca, estaba también el medio de transporte más conveniente para llegar a su trabajo a las ocho y treinta de la mañana y regresar a su casa a las 6:00 de la tarde. Hace unos tres años no escogía: era una buseta o no era nada, pero ahora había surgido, como un gigante rojo, la posibilidad de emplear un moderno transporte masivo. Entre el bus de mil pesos y el bus articulado de mil trescientos había un largo trecho y radicales diferencias en dignidad y calidad de vida. Aunque para un bogotano promedio dichas diferencias pueden desembocar en lo indistinguible que el tedio, el cansancio y la desesperación producen en ambos sistemas. Para Jefferson viajar de pie en Transmilenio, sostenido firmemente a una baranda, con el celular y la billetera en el bolsillo delantero para no ser robado; su maleta ejecutiva sostenida por una amable viejita sentada en una silla azul, y el inexcusable estrujamiento con desconocidos, era un paso digno de una ciudad en desarrollo. Desarrollo que creía bien encaminado durante el gobierno de los últimos cuatro años. Tenía el convencimiento de que tan pronto como llegara la paz todo sería mejor, y la mejor manera de llegar a ella era acabando con los terroristas y comunistas disfrazados que se escondían en las selvas y escritorios colombianos. Votó por el presidente de más prestigio y seguridad y estaba dispuesto a reelegirlo si era necesario.

Una de las cosas que más molestaba a Jefferson era el ruido, y más que el ruido, cualquier sonido que afectara la concentración de
alguien que no fuera él. Después de cinco años encerrado en una biblioteca había llegado a creer que el mejor estado para pensar era el silencio y que era su deber dejar que la gente pensara tranquilamente. Con una cortesía que lindaba con lo despectivo, Jefferson torcía levemente su cuello hacia la izquierda, fruncía apenas un poco el ceño y mientras indicaba con el índice la salida, decía:

- Si queremos hablar lo hacemos afuera por favor- o
- Contestamos el celular a fuera, es tan amable- o
- Es prohibido comer en la sala-

Referirse a la gente sin utilizar la segunda persona singular o plural era un acto inconciente que evitaba que Jefferson se comprometiera personalmente con los individuos que no dejaban pensar a los demás. Sin embargo, cuando una pareja de estudiantes se encontraba en la sala y comenzaba a mormurar muy levemente, Jefferson era invadido por una cólera incontrolable y tremendamente íntima, se sentía vulnerado personalmente, su pecho dejaba escapar un enrojecimiento que llegaba hasta su garganta encorbatada, se incorporaba solemnemente y con el ímpetu de un religioso a quien le ha sido irrespetado profundamente su ritual más sagrado, pronunciaba verazmente las máximas antes mencionadas. No sucedía lo mismo cuando por un capricho siniestro su novia lo obligaba a ir al cine. No sólo lo incomodaba el tener que presupuestar por lo menos cincuenta mil pesos para realizar tal hazaña, sino que no le cabía en la cabeza que uno pudiera ver una película sin unas crispetas, una gaseosa y una chocolatina; ni le parecía justo quedarse callado ante
un desenvolvimiento de la trama, ni creía apropiado hablar en voz baja para comentar lo que creía seguía a continuación en la historia. Eso sucedía los sábados en la tarde mientras pasaba la resaca de unos aguardientes que generalmente tomaba con sus dos amigos entrañables los viernes. Los domingos invocaba de nuevo al silencio pidiendo un arroz chino a domicilio.

Los lunes despertaba a las seis, tomaba sus gafas de grueso marco negro, se dirigía al baño, orinaba cuidando el limite redondo del sanitario, luego se quitaba las gafas, entraba completamente ciego a la ducha, salía, veía su imagen siempre borrosa en el espejo, se ponía de nuevo sus gafas, se quitaba las gafas para ponerse la camiseta debajo de su camisa blanca, se ponía las gafas de nuevo, desayunaba cereal con Kumis, arreglaba su cama, lustraba un poco sus zapatos, cerraba su puerta con seguro y caminaba durante diez minutos hasta la estación de transmilenio de Mandalay. Se bajaba en la Estación de las Aguas en el centro. Caminaba diez minutos de nuevo hasta la biblioteca, entraba al baño, se lavaba las manos, salía, se sentaba en frente del computador, y tenía que quitarse las gafas por última vez para limpiarlas, ponérselas y luego ver de cerca las fichas que organizaba en orden numérico ascendente.

El veintidós de diciembre del año dos mil seis, Jefferson salió a almorzar con uno de sus entrañables amigos, a diferencia del vendedor de paquetes completos a Europa, este se dedicaba a hacer tatuajes en un pequeño local sobre la Avenida diecinueve. El día había padecido, desde la madrugada, una fastidiosa llovizna de gotas muy pequeñas que lo tenían todo gris. Generalmente la luz que supone este clima deja casi en la ceguera a las personas que sufren de miopía y Jefferson no era la excepción En todo caso no consideró amenazante la sutil brizna y dejó su paraguas en la biblioteca. Mientras caminaba sus gafas comenzaron a llenarse de gotitas que
dificultaban su visión, se detuvo, las secó con el borde de su saco, se las puso otra vez, dio doce pasos y sus gafas volvieron a llenarse
de gotitas. Jefferson sintió una leve molestia, un bus ruidoso pasó a su lado salpicándole el pantalón. Jefferson se irritó un poco más y le fue imposible ver tan siquiera el color del vehiculo que lo había incomodado. Limpió sus gafas de nuevo, pero esta vez había ocurrido una de las cosas que consideraba más insoportables con sus gafas: se empañaron y no había forma de quitarles el vapor. Se las puso, el mundo era difuso. Sabía, por la última mirada nítida que había dado, que el local de su entrañable amigo quedaba a dos cuadras de distancia. Creyó que con algo de suerte llegaría. El ruido de la ciudad era confuso, no sabía que estaba adelante ni qué detrás, acostumbrado al silencio de la biblioteca, distinguir entre un vendedor de películas piratas y un taxi resultaba difícil. Se estrelló con una
persona que pedía limosna, se excusó, el hombrecillo lo injurió y le pidió una moneda, Jefferson dijo que no tenía pero no fue capaz de moverse, el hombrecillo percibió cierta indefensión en el ciego y pidió una moneda otra vez. Jefferson comenzó a angustiarse, se quitó las gafas rápidamente y con disimulo intentó limpiarlas otra vez con el saco, pero nada pasaba, el mundo seguía difuso, no sabía si los ojos del hombrecillo lo estaban mirando o estaban buscando un reloj o una billetera. Jefferson le dio la espalda e intentó caminar, pero lo detuvo una bocina estridente y un insulto desde una camioneta que casi lo atropella. Jefferson se dio cuenta que su situación era algo grave, con afán tomó sus gafas de nuevo, pero sus habilidosos dedos, que generalmente despertaban una leve curiosidad en los usuarios de la biblioteca, lo traicionaron, y en medio de la delicada llovizna dejaron caer las gafas al suelo. Sintió pánico, el hombrecillo se le acercó y le exigió que le diera una moneda. La angustia de la ceguera lo hizo gritar y empujar al hombrecillo quien al perder el equilibrio calló.

El frágil sonido del cristal diseñado para una miopía de siete puntos en el ojo izquierdo y otros seis en el derecho, dejo escapar un sonidito triste al romperse bajo el codo del hombrecillo. Eso sí lo pudo escuchar Jefferson que comenzó a pedir ayuda, pero era el centro de Bogota a la una y catorce de la tarde, nadie quería detener su afán para ayudar a un hombre de corbata que parecía en perfectas condiciones sostenido de un bolardo. El hombrecillo estaba iracundo, se incorporó ágilmente y para callar a Jefferson sacó un puñal oxidado lo bastante largo como para atravesar el saco, la camisa, la camiseta y algo de la piel de Jefferson. Pero el miope no vio nada, sino que se desplazó hacia el filo del cuchillo. El hombrecillo amenazó, pero el bibliotecario sólo escuchaba una amalgama de sonidos chillones que no le permitían pensar, -¡para pensar se necesita silencio!- Gritó. El hombrecillo miró a ambos lados de la acera para cerciorarse de que nadie se hubiera dado cuenta de la locura de su víctima, cuando se vio seguro tomó a Jefferson por la espalda y se lo llevó detrás de un parqueadero en la carrera novena. Jefferson no luchó, no podía reaccionar, su cuello estaba pálido y los dedos tiesos. El hombrecillo comenzó a buscar algo de valor en Jefferson pero descubrió, con rabia, que no había nada; resolvió entonces darle una profunda puñalada a la altura del hígado y partir con pasitos rápidos sin que nadie se diera cuenta.0:45Jefferson sintió un pellizco en la parte baja de su espalda, creyó que el hombrecillo tan sólo lo había empujado después de decepcionarse por su carencia de cosas de valor. La calma volvió lentamente a él. Estaba recostado contra una pared, miró hacia el cielo gris, y la mancha difusa que se le mostró en las nubes junto con unas góticas de lluvia en los labios lo impulsaron a seguir hasta donde su amigo entrañable que seguramente lo ayudaría. Esperó a sentir a alguien que pasará a su lado, preferiblemente una mujer que quizá era de más confianza. Los sonidos comenzaron a aclararse al fin. Escuchó la voz de una joven que daba papelitos de promoción:

-¡la gafa, la gafa, la gafa! ¡Examen, lentes, montura y estuche por treinta y cinco mil!-

Jefferson se sintió iluminado, recordó que desde la novena hasta más o menos la carrera veinte, había toda la variedad de ópticas y almacenes de gafas que puede ofrecer Bogotá. Llamó a la joven y le dijo que lo llevara a la óptica que estaba promocionando, que necesitaba urgentemente unas gafas. La joven, que tenía una bata blanca para mostrar que el lugar que representaba era serio, se desconcertó un poco, pero lo condujo unos metros hasta el local y luego explicó su situación a quien atendía detrás de un mostrador. Mientras era guiado Jefferson sintió un ligero dolor en la cintura, pensó que era consecuencia del estrés que acababa de sentir o tal vez de empujar al hombrecillo que casi lo roba. La joven no se dio cuenta de que el impecable sacó azul de Jefferson estaba bastante húmedo pues lo llevaba de la mano; además la lluvia los tenía húmedos a todos. Al llegar a la óptica Jefferson preguntó qué tan rápido podían tener unas gafas listas. El hombre que atendía le contestó que aproximadamente tres horas. Al escuchar la respuesta el bibliotecario pensó en su trabajo y luego en la cita con su amigo entrañable, pero no podía hacer nada, todo el mundo tendría que entenderlo, estaba casi discapacitado, no se podía mover. Buscó su celular para llamar a la biblioteca y a su amigo, pero en seguida se percató que gracias a que lo había olvidado en su cubículo, no lo habían robado. -Lo haré después, ellos entenderán- pensó. Le dijo al hombre de la óptica que iba a tomar la promoción de examen, lentes, estuche y montura por treinta y cinco mil pero que no se podía mover del local hasta que le dieran las gafas pues después de que se le habían caído había quedado prácticamente ciego. Dicho esto sonrío para significar que compartía lo insólito de su condición con el hombre de la óptica, pero que al mismo tiempo reconocía que lo inusual de la situación podía causar gracia. El hombre de la óptica no se inmutó y le pidió que esperase a la doctora en un cuarto que quedaba detrás de un mostrador.

Jefferson entró a un diminuto espacio de cuatro paredes que formaban un rectángulo, todo era borroso para él, pero alcanzó a divisar una larga silla de cuero con un complicado artefacto sostenido por un brazo metálico cuya función debía ser examinar ojos. El lugar parecía un consultorio, en la pared había algo así como un cuadrado que, pensó, era un diploma que acreditaba a la persona que el hombre del mostrador había llamado “doctora” como tal. Se sentó con dificultad, y le dolió aún más la espalda, luego se recostó para esperar. Su saco azul estaba muy mojado, le dio algo de frió y se acurrucó un poco. En posición fetal, acostado en la elegante silla de consultorio, Jefferson pensó que había acabado de tener una experiencia cercana a la muerte y que no era correcto dejar pasar el evento desapercibido. Imaginó que su vida de ahí en adelante tendría que ser distinta, siempre se había reprochado, en silencio, trabajar en una biblioteca y sin embargo nunca haber leído un libro, se prometió que al día siguiente sacaría una novela y la acabaría antes del próximo año. Luego, en un ataque de iniciativa se dijo que el episodio que acababa de vivir lo debía impulsar a hacer cambios realmente radicales: terminar con su novia y las aburridas y costosas idas a cine, dejar de emborracharse los viernes con sus entrañables amigos e incluso buscar un trabajo más alegre, de pronto barman, un trabajo en donde su habilidad con las manos fuera apreciada y no tuviera que pelear contra el ruido y la imposibilidad de pensar sin él. Llegó a sospechar que dada la inseguridad a la que había sido sometido en su ciudad, el gobierno nacional por el que había votado era cuestionable y decidió que la próxima vez analizaría mejor su sufragio. Por último resolvió dejar de comprar en el almacén europeo y cambiarse a una cadena colombiana, quizá más económica. Ahorraría, dejaría de viajar en transmilenio y se iría en buseta, guardaría todo el dinero suficiente para llevar a cabo una locura que se le acababa de ocurrir, un capricho antes no permitido que cambiaria su apariencia física, su comodidad, su vida: ya no pediría la promoción de treinta y cinco mil pesos en la óptica, decidió que abandonaría las pesadas gafas que lo atormentaban desde su más temprana infancia para comprar, por fin, unos sutiles lentes de contacto. Unos segundos después murió.